Así se utilizan la arqueología y la historia como arma de conquista en Palestina

Foto: un trabajador arqueológico israelí limpiando un hallazgo de un jarrón de monedas de oro (EFE/Heidi Levine)

Por P. J. Armengou. Jerusalén

30  de octubre de 2022

israel utiliza yacimientos y monumentos como herramienta para legitimar su propiedad sobre la tierra, para expulsar a vecinos árabes y para ocupar más territorio.

La conquista de Tierra Santa también se juega en los libros y en el subsuelo. En Israel y Palestina, la historia y la arqueología son clave para legitimar la posesión de la tierra, y cada piedra, cada yacimiento y cada ruina es motivo de lucha. Tanto judíos como árabes utilizan el pasado como argumento para defender su presencia en el territorio, pero son los primeros quienes dominan esta trinchera. Los israelíes tienen el control político y militar sobre la práctica totalidad del territorio e imponen sus proyectos arqueológicos tanto en Israel como en los territorios ocupados. Diversas organizaciones en Israel han denunciado reiteradamente cómo se están utilizando los yacimientos en Tierra Santa para expulsar a palestinos de sus casas, para demostrar la presencia primigenia de los judíos en la tierra prometida y para borrar el pasado árabe. “La arqueología pertenece a todos y debería servir y presentarse a todo el mundo. No debería tomarse como una herramienta para la batalla política, para promover políticas discriminatorias o para ocupar tierras”, afirma Alon Arad, director de la ONG Emek Shaveh, especializada en combatir estos “malos usos de la arqueología”.

Emek Shaveh fue creada en 2009 por un grupo de arqueólogos alarmados por el “cínico” uso de su disciplina en Israel. Les preocupaba el trato que se daba a los restos arqueológicos no judíos, las excavaciones en territorio ocupado, las prácticas discriminatorias en aras de la ciencia, o el uso nacionalista y parcial del pasado. “En Jerusalén, por ejemplo, se está construyendo un Museo de la Tolerancia encima del cementerio de Mamilla, y para hacerlo tuvieron que excavar y quitar muchas tumbas musulmanas”, explica el arqueólogo. «Durante la construcción del muro de separación en Cisjordania, también se excavó en lugares de interés que luego quedaron cubiertos por la barrera», añade. Pero si hay un caso que concentra un mayor número de malas prácticas es el de la Ciudad de David. Situado a pocos metros de las murallas de la Ciudad Antigua de Jerusalén, en medio del barrio árabe de Silwan, este espacio arqueológico y museístico está gestionado y promovido por la organización colonial y de derechas Elad, que busca legitimar la presencia judía en la ciudad encontrando el palacio del Rey David. Arad explica que los arqueólogos aún no han encontrado ningún vínculo concluyente con el rey bíblico, pero que eso no ha sido un obstáculo para expulsar vecinos árabes, primero comprando casas, y luego recalificando el terreno de parque nacional. Tampoco les ha impedido construir casas para colonos o apropiarse del último espacio abierto del barrio, un parking en el que se hacía un mercado y que hoy es una enorme zona de excavaciones.

Sin embargo, una de las cosas que más preocupa al experto es la manera como se está investigando en el yacimiento. «Que el pasado sirva para una narrativa nacional no está mal… El problema es el precio que se está pagando por ello aquí», dice. Arad cuenta que, en las excavaciones de la Ciudad de David, se obvia e incluso oculta cualquier hallazgo no judío, ya sea otomano, árabe, cruzado o mameluco, y que a los turistas solo se les muestra parte de la historia. «Están intentando crear una situación en la que los componentes no judíos de la Ciudad Antigua sean considerados extraños», afirma el arqueólogo, «En los últimos siglos esto ha sido siempre una ciudad árabe, musulmana o cristiana, pero en ningún caso judía. Pero eso no se explica».


Una historia parcial y adulterada
Para afianzar esta narrativa, concreta Arad, la fundación Elad evita cualquier mención a otro pasado del lugar que no sea judío y ha creado itinerarios que ocultan la realidad actual del entorno: con un espacio cerrado separado del barrio, con túneles en el subsuelo para visitar los restos judíos de época herodiana y, pronto, con un teleférico que conectará la parte judía de Jerusalén con el yacimiento y la Ciudad Antigua. «Aquí hay una sola historia, la judía. No ves casas, no ves gente, no oyes al muecín, no escuchas árabe… Te ofrecen una manera ‘pura’ de experimentar el sitio, con una historia controlada y parcial», se queja. «Están intentando crear una aventura turística y una narrativa que olvida por completo que aquí hay un barrio palestino. Sea yendo por encima o por debajo. Los turistas no tendrán que ver el presente. Solo el pasado y el futuro».

El proyecto del teleférico de Jerusalén ha generado una gran polémica en el país en los últimos años. Tras un largo periplo judicial, y pese a las abrumadoras críticas de arquitectos, paisajistas, arqueólogos y activistas, el plan recibió luz verde por parte del Tribunal Supremo israelí el pasado mes de mayo. Costará unos 200 millones de shékels (55,5 millones de euros) y tardará unos 18 meses en construirse. Conectará puntos de interés turístico y religioso para los judíos, sobrevolando los barrios árabes de Abu Tor y Silwan, y violando la frontera invisible que marca la separación entre Jerusalén Oeste y Jerusalén Este, ocupada por Israel desde 1967 y anexionada en 1980, la Línea Verde. «Estas operaciones, de hecho, buscan mover la Línea Verde para cualquier futura solución del conflicto», asegura Arad. Para los promotores del proyecto, el telecabina descongestionará el tráfico en la zona, supondrá una alternativa de transporte verde, incorporará un nuevo atractivo turístico para la ciudad y servirá de revulsivo económico, también para los árabes. Calculan que lo utilizarán unos 3.000 visitantes cada hora y que incrementará la afluencia de visitantes en el Muro de las Lamentaciones y la Ciudad de David. Pero para los habitantes árabes del barrio, la realidad será otra: «Los cimientos de este proyecto se construirán en nuestra tierra y las cabinas pasarán por encima de nuestras casas», dice el activista Khaled Al-Zeer, vecino del barrio, «Este teleférico dará la sensación de que esta es una ciudad judía y eliminará a los palestinos. Están forjando una nueva historia, ya sea bajo tierra, como encima, como en el cielo». No son los únicos que lo piensan. Los mismos promotores del telecabina y las excavaciones en la Ciudad de David reconocen que todo esto sirve para legitimar la posesión judía del territorio. «La ciudad de David es la prueba definitiva de nuestra propiedad sobre esta tierra», afirmaba en 2019 el exalcalde de Jerusalén Nir Barkat en una entrevista en The New York Times, «este es el camino por el que los peregrinos judíos venían a adorar a Dios en la ciudad antigua, cuando no había ni cristianos ni musulmanes». Elad, que significa literalmente «hacia la Ciudad de David», tiene muchos amigos en el parlamento israelí, un presupuesto anual de 100 millones de xéquels (27,8 millones de euros) y propiedades por valor de 300 millones (83,4 millones de euros).

La conquista de Cisjordania
En los territorios ocupados de Cisjordania, las tácticas son parecidas a las de Jerusalén Este. Los métodos son diversos: catalogar la zona como parque natural o arqueológico con la ayuda del Gobierno, comprar casas y terrenos, retorcer la ley para expulsar a sus propietarios palestinos, construir viviendas para los colonos… En Hebrón, la única población palestina con asentamientos judíos en su interior, las colonias (consideradas ilegales por la comunidad internacional) se legitiman con argumentos arqueológicos y religiosos. Es el caso del yacimiento de Tel Rumeida donde, según los colonos, vivieron judíos –dicen tener pruebas de propiedad anteriores a la creación del estado de Israel– y también existe un vínculo bíblico: cerca está la disputada Tumba de los Patriarcas, donde están enterrados, según la tradición judía, cristiana y musulmana, Abraham, Sara e Isaac.

«Los colonos israelíes están utilizando los sitios históricos para justificar la ocupación y la incautación de tierras», denuncia el activista palestino Issa Amro, «Tel Rumeida es un terreno privado palestino e Israel lo está intentando confiscar usando el Ejército, la violencia de los colonos y las excavaciones, aprobadas por el Gobierno israelí». Con la excusa del yacimiento, se queja Amro, los colonos han construido un edificio de apartamentos para judíos y el ejército ha bloqueado el acceso a los palestinos, argumentando que deben proteger a los colonos en medio de un barrio árabe. De hecho, los palestinos tienen prohibido el acceso a buena parte del barrio desde 1994 con la misma excusa. «Más excavaciones y más turismo colono significa más violencia colonial, más restricciones militares y mayor extirpación de la identidad palestina», afirma Amro. La búsqueda de yacimientos y restos que legitimen la posesión judía de Tierra Santa continúa día a día. La ONG israelí Breaking the Silence, que recoge testimonios de soldados críticos con la ocupación y los asentamientos, recoge en su base de datos un caso de mala praxis de un investigador israelí, “considerado como uno de los principales eruditos del Israel histórico”. Según explicó un sargento anónimo a la ONG, oficiales del Ejército israelí le ordenaron acompañar al experto –que también era colono– a diversas mezquitas del área de Hebrón en busca de restos judíos. “La idea es probar que hubo presencia judía en ciertas mezquitas, o que fueron construidas sobre algo judío”, relata el militar. “Para mí, y para muchos, podría parecer que estaba tratando de justificar la presencia judía en Judea y Samaria. En efecto, sirve a su objetivo político”. La visita se saldó con un pequeño tumulto en el que los soldados tuvieron que huir escoltando al investigador. La siguiente visita a otra mezquita se hizo de noche.

Fuente: https://www.elconfidencial.com

 

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