Miss Jerusalén: más de lo mismo en el relato sionista

10 de junio de 2022

MONTEVIDEO (Uypress/Miguel Ibarlucía*) – Netflix ha estrenado una nueva serie de producción israelí: Miss Jerusalén o The Beauty Queen of Jerusalem. A lo largo de diez interesantes episodios se narra la historia entre 1917 y 1939 de una familia judía sefardí residente en Jerusalén y su relación con el entorno. (Quienes no deseen conocer el argumento antes de verla, absténganse).

La descripción de los entramados familiares conforme a los valores de la época sumada a la riqueza dramática del argumento y las excelentes actuaciones torna a la serie en atrapante y de alta calidad artística. Pero como en el cuento del escorpión que cruza el río sobre el lomo de la rana, el relato sionista y la consecuente deformación histórica, hacen su aparición repentina al final en toda su magnitud.

Lo primero que salta a la vista es la absoluta invisibilización de los palestinos -«árabes», como se les llamaba y se continúa haciendo- durante al menos los siete primeros episodios. Casi no existen pese a que en 1917 eran el 90 % de la población. Apenas un empleado de los mandados y algún que otro transeúnte callejero, aun cuando parte del argumento se desarrolla en 1937, plena época de la insurrección armada palestina contra el dominio británico y la inmigración sionista. El conflicto se circunscribe al conflicto de un sector de la comunidad judía -los alineados con el partido revisionista- con las autoridades británicas, contra la que ejecutarán actos terroristas. El argumento se alinea con el relato histórico del sionismo: Palestina era una colonia inglesa habitada por judíos que más tarde lucharán para independizarse en 1948, en vez de una colonia sui generis -el Mandato británico de 1922 de la Sociedad de las Naciones- habitada principalmente por palestinos de habla mayoritariamente árabe. Durante ese mandato la autoridad británica colaboró con los sionistas favoreciendo su inmigración. No eran enemigos sino aliados políticos.

El capítulo ocho nos trae una novedad. Un grupo armado revisionista -llamado Etzel, pero en realidad el Irgún o la Banda Stern- asesina vilmente a un campesino palestino pacífico en represalia por el asesinato de un judío en otro lugar del territorio. La serie parece condenar la violencia terrorista de un sector del judaísmo contra los habitantes nativos. Algún sector de la sociedad israelí actual aparenta horrorizarse de su pasado. Pero el escorpión no puede con su genio. Llega el último episodio, situado temporalmente en 1929, y aparecen por primera vez los «árabes» como sujetos históricos, no simples transeúntes. Hordas «árabes» asaltan las casas de los judíos, las saquean y violan a las mujeres. El terrorista judío, hasta ahora un personaje deleznable, se redime salvando a su hermana de ser violada. Esto es poco tiempo antes de incorporarse al grupo terrorista con lo que los motivos de su proceder posterior quedan de algún modo justificados o explicados.

Lo que nunca se explica es por qué motivo y en qué contexto histórico se produjeron los enfrentamientos de 1929 entre palestinos e inmigrantes judíos de los que resultaron muertos 116 de los primeros y 133 de los segundos más centenares de heridos. No me refiero al detonante religioso inmediato relativo al acceso al Muro de los Lamentos, sino a la percepción que los palestinos tenían desde mucho tiempo antes -pero incrementada en 1917 a partir de la ocupación británica- de que los inmigrantes judíos venían a robarles su país, lo que finalmente ocurrió. Es que ese tópico mal puede aparecer en una historia que no rompe con el relato sionista sobre los orígenes del Estado de Israel y su constitución. Como en la primer temporada de Fauda, los judíos son presentados al principio como violentos y condenables pero al final todo se invierte y quedan virtualmente justificados frente a la barbarie palestina.

La serie es pues una brutal falsificación histórica. Y lo es principalmente porque en lo primordial reproduce un relato según el cual los judíos residentes en Palestina constituían una comunidad étnica sujeta al dominio colonial británico mientras que el enfrentamiento con los palestinos ocupa un segundo lugar, casi secundario cuyos motivos no se conocen. De ahí a llamar Guerra de la Independencia a la conquista por las armas del territorio palestino en 1948 -limpieza étnica de dos tercios de los no judíos mediante- hay sólo un paso, que suponemos hará su arribo en la siguiente temporada.

Como dije antes, los sionistas fueron aliados y no enemigos de los ingleses. El Reino Unido emitió la Declaración Balfour proponiendo la creación de un hogar nacional judío en Palestina, propició la inmigración contra la voluntad de sus habitantes, reprimió brutalmente la insurrección de 1936-39 en alianza con los sionistas y finalmente entregó servido la mayor parte del territorio en 1948, todo ello con independencia de que grupos extremistas del sionismo hayan practicado el terrorismo contra su administración colonial. Todo ello está sobradamente probado históricamente pero el inmenso poder mediático del movimiento político que fundó el Estado de Israel continúa exitosamente imponiendo una versión de los hechos a su medida que le permite ocultar o justificar el despojo de los derechos del pueblo nativo de Palestina.

* Abogado. Licenciado en Historia. Autor de libro Israel, Estado de Conquista. Editorial Canaán, Buenos Aires, 2012.

Fuente: https://www.uypress.net

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