Palestina: «Armados con cámaras»

Foto: familiares y amigos de la reportera de ‘Al Jazeera’, Shireen Abu Akleh, llevan su féretro en Jerusalén. — REUTERS/Ammar Awad

14 de mayo de 2022

Por Jorge Ramos Tolosa, profesor de Historia Contemporánea de la Universitat de València

El 11 de mayo de 2022, el ejército israelí asesinó a la periodista palestina Shireen Abu Akleh en el campo de refugiadas y refugiados de Yenín. Trabajadora de Al Jazeera, era una profesional de la información muy conocida y respetada en Palestina y en el resto de países de mayoría árabe. Las imágenes de su asesinato dieron la vuelta al mundo. Tras el crimen, Ran Kochav, portavoz del ejército israelí, justificó el asesinato de Shireen de la siguiente manera: «Si se me permite decir, [es que] están armados con cámaras».

Por si no fuera suficiente, agentes armados israelíes atacaron a personas que asistían al funeral de la periodista asesinada, provocando una nueva ola de indignación mundial. Una de las cuestiones más importantes aquí es que lo ocurrido con el asesinato y el funeral de Shireen no es un caso aislado. Fuerzas israelíes han asesinado impunemente a más de medio centenar de periodistas desde el año 2000 –y, por cierto, también a más de 2.000 niñas y niños palestinos en los 20 primeros años del siglo XXI–. La prensa libre es un objetivo de las autoridades e instituciones israelíes. Además, la censura militar existe. También se intenta que no fluya la información, ya que como sabemos quienes hemos ido a Palestina y hemos tenido que pasar por los interrogatorios del aeropuerto de Tel Aviv, Israel intenta que el menor número posible de personas vea con sus propios ojos y luego difunda lo que allí ocurre. Por el contrario, las personas que viven en la Palestina histórica nos suelen pedir dos tipos de acciones para cuando volvamos a los países de origen: que contemos lo que hemos visto y que practiquemos el BDS.

Acabar con una vida humana y más tarde atacar e incluso asesinar en su funeral también es una práctica frecuente israelí. Lo hicieron en julio de 2021, por ejemplo, cuando asesinaron en Beit Ummar a Mohammed al-Alami, un niño palestino de 12 años, y no solo atacaron a las personas asistentes a su funeral, sino que asesinaron a otro joven de 20 años, Shawkat Awad. Por último, también es un procedimiento habitual «secuestrar» durante días, semanas, meses, años o incluso décadas el cadáver de persona asesinada y reclamar un pago por su «rescate», todo para hacer sufrir más a las familias palestinas. A esto se le ha llamado necropolítica o tanatopolítica. Y siempre se realiza con total impunidad.

La total impunidad ante los crímenes contra la humanidad y los crímenes de guerra sionistas-israelíes es algo que se repite en Palestina desde 1948. Estos días se conmemora el Día de la Nakba, la fecha más importante en la memoria colectiva palestina. Recuerda cómo el Estado de Israel se fundó en 1948 sobre las ruinas de Palestina. Recuerda cómo en los meses anteriores y posteriores a mayo de aquel año las fuerzas sionistas-israelíes perpetraron una limpieza étnica –un crimen contra la humanidad según el Tribunal Penal Internacional– que expulsó a unas 750.000 personas palestinas de sus casas. En diciembre de 1948 la Asamblea General de la ONU reconoció en su Resolución 194 que las y los palestinos expulsados, convertidos en refugiados, tenían el derecho al retorno a sus hogares y tierras. Es un derecho inalienable y es el derecho más sagrado del pueblo palestino. Sin embargo, durante 74 años, el Estado de Israel ha impedido y sigue impidiendo el retorno de las y los descendientes de las personas expulsadas durante la Nakba, que ahora son millones. Cuando hablemos de personas refugiadas de otros territorios, no podemos olvidar que la cuestión de las personas refugiadas palestinas es la más prolongada desde 1948. Y como se está demostrando otra vez más estos días, no podemos olvidar que la Nakba no ha acabado. La Nakba es un presente eterno para el pueblo palestino.

La cuestión de Palestina-Israel no es de índole religiosa ni se retrotrae a 2.000 años atrás. Es una cuestión colonial que empezó a finales del siglo XIX, cuando surgió el movimiento sionista en Europa. Como una de las propuestas para escapar de la discriminación y hostilidad contra comunidades judías europeas, el movimiento sionista inició la colonización de asentamiento de la Palestina otomana. Este movimiento, que no era una rama del judaísmo ni representaba al judaísmo –al igual que el Estado de Israel no representaba ni representa al judaísmo–, buscaba crear un Estado en el máximo territorio posible con el mínimo de población no judía. Pero a finales del siglo XIX Palestina tenía menos de un 5% de población judía. Por tanto, aunque nada estaba predeterminado, la historia no es lineal y siempre está sujeta a variables abiertas, es obvio que difícilmente se podía conseguir este objetivo del movimiento sionista sin la expulsión y/o la segregación masiva de al menos la mayor parte de la población nativa no judía.

Y, en efecto, dentro del marco de proyecto histórico sionista de colonialismo de asentamiento, en el siglo XX la limpieza étnica y el apartheid –y, desde 1967, la ocupación militar– han sido claves en la construcción del Estado de Israel. Solo entre 2021 y 2022 las dos ONG más importantes del mundo en materia de Derechos Humanos, Human Rights Watch y Amnistía Internacional, han declarado que las autoridades israelíes cometen sistemáticamente el crimen de apartheid. Así pues, entendiendo el pasado y el presente y en términos del Estatuto de Roma del Tribunal Penal Internacional, Israel se creó en 1948 a través de crímenes de guerra (como la «destrucción y la apropiación de bienes» o la «deportación») y crímenes contra la humanidad (como el «traslado forzoso de población», es decir, la limpieza étnica). Pero no solo se creó, sino que Israel también que se sostuvo, se ha sostenido y se sostiene gracias al mantenimiento de más crímenes contra la humanidad contra la población palestina como el apartheid y la persecución.

Por otro lado, recientemente la Guerra en Ucrania ha mostrado no solo la doble moral y la hipocresía de las grandes potencias mundiales, sino también cómo el racismo continúa siendo uno de los pilares del sistema-mundo. Las personas refugiadas ucranianas merecen ser acogidas y apoyadas. Pero también las que no son blancas ni «rubias de ojos azules», como las palestinas o las de cualquier otro lugar del mundo. Las palestinas llevan 74 años esperando. Es imposible no preguntarse: ¿Y si Shireen hubiese sido blanca, rubia y de ojos azules? ¿Y si su asesinato se hubiese cometido en Ucrania o lo hubiese cometido el ejército ruso?

Estos días Eurovisión atrae la atención mediática. La Unión Europea de Radiodifusión tardó solo un día en expulsar a Rusia de Eurovisión tras invadir Ucrania. Mientras tanto, Israel se creó y se mantiene desde hace 74 años a través de crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad pero participa en Eurovisión desde hace décadas. Igualmente, nos parezca mejor o peor, desde los primeros días de la Guerra en Ucrania se han aplicado boicots, desinversiones y sanciones contra Rusia. Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS) a Israel es lo que lleva pidiendo el pueblo palestino desde 2005. Inspirándose en la propia experiencia palestina en estrategias noviolentas de boicot y en la campaña similar que fue fundamental para la caída del régimen de apartheid sudafricano, el BDS constituye la mayor coalición de la sociedad civil palestina. Ya que las colaboraciones académicas, culturales, económicas, institucionales, militares y políticas con Israel son las que permiten mantener su apartheid, el BDS solo reclama acabar con estas complicidades para que se cumpla el derecho internacional y los Derechos Humanos.

De hecho, todo esto es inseparable de episodios como el de Pegasus. Se trata de un «arma», según la terminología israelí, que el Estado de Israel solo permite vender a aliados. Pegasus es un dispositivo del apartheid israelí posible gracias a todo un entramado biopolítico colonial que prueba en cuerpos y territorios palestinos armas, programas de vigilancia y tecnologías represivas que luego exporta a todo el mundo. Los cuerpos y territorios palestinos son un laboratorio mundial de la industria militar y tecnológica. Asimismo, Israel se ha considerado el mayor exportador de armas per cápita del mundo. Cada vez que el ejército israelí bombardea masivamente Gaza, como en mayo de 2021, numerosas empresas armamentísticas multiplican sus ventas y suben en bolsa, ya que se comprueba en tiempo real que sus armas funcionan, están «tested in combat». Lo que se prueba allí luego se aplica en otros lugares del planeta; como las técnicas policiales que aprenden fuerzas de seguridad del Estado español con israelíes, las tanquetas de agua israelíes que reprimen manifestaciones en Barcelona o Santiago de Chile o los drones israelíes que luego vigilan la Frontera Sur de la UE o los campos saharauis. Todo está interconectado. No es solo por el pueblo palestino, sino también por los movimientos sociales, pueblos y Estados de todo el mundo. En definitiva, como se ha demostrado con fenómenos como este y con el contexto actual de la Guerra en Ucrania, el BDS es posible. Y no solo es posible, sino que es más necesario que nunca y es la máxima esperanza internacional para que el pueblo palestino tenga derecho a tener derechos.

Día a día, desde hace años, desde hace décadas, ocurren asesinatos como el de Shireen. La inmensa mayoría de las veces no reciben la atención de los medios de comunicación de masas. Pero cabe señalar que Israel es el Estado del mundo más condenado oficialmente por el Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Numerosos años, el régimen sionista recibe más condenas de la Asamblea General de la ONU que el resto de Estados miembro juntos. Recientemente, solo en las primeras dos semanas de abril de 2022, fuerzas israelíes asesinaron a 14 palestinas y palestinos, incluyendo a menores. Solo en el pasado mes de abril, Gaza y Siria fueron bombardeadas por la aviación israelí. Solo en el pasado mes de abril, en pleno mes de Ramadán, fuerzas israelíes atacaron la Mezquita de al-Aqsa (el tercer lugar más sagrado para el islam y patrimonio de la humanidad) hiriendo a cientos de personas. Y cada vez que vuelve a pasar, y que vuelve a ser impune, perdemos la confianza en gobiernos e instituciones que continúan colaborando con el apartheid israelí. El modus operandi siempre es similar: en primer lugar, asesinato o asesinatos israelíes. En segundo lugar, indignación generalizada. En tercer lugar, tibias y tímidas respuestas gubernamentales («conmoción», «contención», «preocupación», «rebajar la tensión»…) mientras empresas, Estados o instituciones como la UE continúan siendo cómplices del apartheid israelí en múltiples ámbitos académicos, culturales, económicos, militares, políticos… En cuarto y último lugar, las autoridades israelíes vuelven a comprobar su impunidad, sienten que puede hacer lo que les plazca, todo sigue igual y vuelve a empezar la rueda de la Nakba eterna del pueblo palestino.

Ante el asesinato de Shireen, incontables personas de todos los continentes mostraron su indignación ante el crimen y se convocaron innumerables homenajes a la periodista asesinada. Por el contrario, no se convocaron actos para respaldar al ejército israelí. Mientras que las autoridades israelíes son expertas en el espionaje, la lawfare y la propaganda, así como en aliarse con elites de la derecha política y neofascistas, la causa palestina es la causa o una de las causas internacionalistas por excelencia en el mundo. Desde hace décadas incalculables organizaciones y movimientos sociales la apoyan y luchan día a día por una Palestina libre. Mientras, el apartheid israelí no está respaldado por ninguna lucha popular, ninguna lucha por los Derechos Humanos, ninguna lucha por la justicia social. Y aquí, las personas «armadas con cámaras» que no aceptan difundir la propaganda sionista-israelí tienen una función clave que cumplir, ya que las grandes agencias internacionales siguen dominadas por la perspectiva oficial israelo-estadounidense, como se ha comprobado con la cobertura del asesinato de Shireen.

Han pasado casi tres cuartos de siglo desde que el movimiento colonialista y racista sionista consiguió establecer el Estado de Israel, un régimen de apartheid construido y sostenido sobre las ruinas de Palestina a través de crímenes de guerra y contra la humanidad. Pero el apartheid israelí caerá. Y la historia no olvidará a quienes fueron cómplices y a quienes se pusieron de lado ante la infamia que supone décadas y décadas de asesinatos, bombardeos, crímenes y despojos sionistas-israelíes bajo todo tipo de lavados de imagen o washings. Por el lado contrario, tampoco olvidará a quienes creen esta frase del escritor palestino Ghassan Kanafani: «La causa palestina no es la causa del pueblo palestino solamente, sino la causa de cada revolucionario/a, dondequiera que esté, por ser la causa de las masas explotadas y oprimidas de nuestro tiempo». Y es que el propio Kanafani, asesinado por el Mossad en Beirut un 8 de julio de hace justo 50 años, enseñó que «en este mundo se puede arrebatar y robar todo excepto una cosa: el amor que emana de un ser humano hacia el compromiso sólido con una convicción o una causa».

Fuente: https://blogs.publico.es

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