Los 4 jinetes del apocalipsis sionista

28 de abril de 2022

Por Rafael Araya Masry

Nada es azaroso en el devenir del proceso de colonización del territorio palestino por parte de Israel. Porque no hablamos de una situación que se genera de manera espontánea por parte de personas que, al no poder acceder a una vivienda en territorio israelí, buscan en el territorio palestino bajo ocupación la posibilidad de instalarse a vivir allí, como si esa tierra estuviera a su libre disposición.

Para llegar a esto, se necesita de un proyecto y de un engranaje que pueda dar sustento a una política prolijamente elaborada y cuyo propósito es –precisamente- seguir tragándose las tierras palestinas en beneficio de la propia expansión del Estado de Israel.

Y entonces la imagen y el modelo se repiten hasta la majadería conjugando los 4 factores que impulsan, respaldan y posibilitan este proceso constante de desposesión, de demolición, de usurpación y de instalación de nuevas colonias, eufemísticamente llamadas “asentamientos” por el Estado de Israel, como si se tratara de la simple construcción de nuevos barrios donde habitará solamente población judía, con sus casas, sus caminos de acceso segregados y prohibidos para la población originaria reafirmando su política de apartheid, como si en esos lugares o en su entorno no existiera nada que pudiera ser llamado “Palestino”. Es por ende, la continuación y perpetuación de uno de los mitos fundacionales del Estado de Israel que sobre Palestina dice que es “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”.

Y es aquí donde el poder real del sionismo juega sus cartas. Al no existir ningún tipo de reconocimiento israelí del derecho inalienable palestino de construir su propio estado en suelo palestino con su capital, Jerusalén, el sionismo denomina a la extensión geográfica de Palestina como “territorios en disputa”, es decir, tierras que podrían están en posesión de unos u otros porque no existe demarcación, porque se trata de la “tierra histórica regalada por Dios al pueblo judío”, proclamando de esa forma otro de los mitos fundacionales del Estado de Israel: Dios nos dio la tierra por ser su pueblo elegido.

Como decía antes, eso es producto de los 4 factores que confluyen metódicamente para ejercer el robo del territorio: El gobierno israelí y la ideología sionista que lo sustenta, la policía y las fuerzas armadas, los colonos en sí y el poder judicial israelí.

¿Cómo actúa cada uno de ellos y cuál es la mecánica? El gobierno autoriza la expansión de colonias ya existentes o la construcción de nuevos enclaves en otras tierras palestinas. Los colonos concurres allí bajo resguardo militar o policial y se instalan con una construcción precaria para “plantar bandera” y erigirse como una nueva referencia colonizadora. Por supuesto, allí está el poder militar israelí para protegerlos de cualquier intento de resistencia palestina a la ocupación. Luego vendrán las denuncias palestinas ante la llamada “justicia israelí”, cuya Corte Suprema terminará, en el 95% de los casos, por convalidar la ocupación ilegal y la expansión de las colonias, todas ilegales de acuerdo a la ley internacional.

Luego, el gobierno israelí otorgará créditos a baja tasa de interés para la edificación de viviendas, centros comerciales, sinagogas, colegios, etc. consolidando en los hechos un nuevo acto de usurpación y ocupación de una tierra que no les pertenece, ni legal ni legítimamente.

Esta conjunción de factores que promueven las colonias, es el factótum del plan originario del sionismo en Palestina: ocupar la mayor cantidad de tierra posible, con la menor cantidad posible de habitantes originarios. Es decir, el proceso de limpieza étnica que comenzó en 1948, continúa hasta nuestros días de manera brutal y sistemática, mostrando al mundo que no hay ni casualidad ni improvisación alguna para llevar a cabo el plan original, que es la apropiación y la usurpación de todo el territorio palestino y la expulsión de todo o la mayor parte de su población originaria palestina.

Y como corolario de toda esta nefasta política, nos encontramos ante una comunidad internacional impasible, incapaz de reaccionar ante la barbarie, la opresión y la brutalidad israelí. A la extorsión permanente por parte del estado sionista para demonizar la crítica, recurrir al manoseado concepto de “antisemitismo” para neutralizar cualquier crítica a una política aberrante, inhumana y violadora de los más elementales derechos que atañen a todo un pueblo. Como alguien dijo alguna vez, “antisemitismo es todo aquello que los sionistas odian”.

En resumen, una comunidad internacional que creó el conflicto, ha sido incapaz, después de 74 años de hacer valer la ley y las disposiciones del más grande organismo multilateral que existe: la Organización de las Naciones Unidas.

En estos días, en que conmemoramos el Día Internacional de Al Quds, venimos a honrar a todos los mártires palestinos caídos a lo largo de 74 años en defensa de sus inalienables derechos. Venimos a rendir homenaje y a renovar el compromiso de lucha y solidaridad con quienes en la Ciudad Santa de Jerusalén y en todo el territorio bajo ocupación, sostienen una heroica protesta y resistencia a la ocupación criminal, a la violencia y al crimen impune..

Porque palestina y su pueblo han decidido sostener y profundizar su propio proceso de resistencia, a pesar de la oprobiosa orfandad en que, salvo honrosas excepciones, le ha dejado el concierto de las naciones.

 

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