La gran epopeya árabe en ultramar aún late en el corazón de América Latina

Foto: familia palestina Yarur Lolas en Belén antes de emigrar a América Latina. Los hijos Juan y Nicolás Yarur Lolas, según recoge el blog www.enterreno.com, hicieron una gran fortuna en el rubro textil y posteriormente en la banca.

14 de enero de 2022

Por Aristóteles Moreno 

La emigración masiva de sirios, libaneses y palestinos huyendo del imperio Otomano a finales del XIX y principios del XX constituye hoy una influyente comunidad de casi 20 millones de personas. 

Justo antes de embarcar con dirección a Latinoamérica, Rahme se dirigió a la Iglesia de la Natividad, en Belén. De la gruta mítica donde la Biblia asegura que nació Jesucristo extrajo un trocito de roca y se lo metió en el bolsillo. Era el año 1920 y Palestina vivía bajo dominio otomano. Rahme tenía 19 años de edad. Acababa de casarse con Jalil Daccarett y pocos días después tomó un barco rumbo a Bolivia para trabajar en las minas de estaño. Nunca más regresó a su tierra. Y aquel fragmento de piedra la acompañó durante toda su vida como un hilo invisible que la unía eternamente a su pueblo. Hoy, un siglo después, la reliquia descansa celosamente guardada en algún cajón de la madre de Jorge Daccarett, embajador de Chile en Emiratos Árabes Unidos. 

Los Daccarett ya habían emigrado años antes a París, donde regentaban un próspero negocio. Y desde allí tejieron redes comerciales por América Latina. A Khalil Daccarett, el hermano menor, le tocó Cuzco. Allí se instaló hasta que volvió a Palestina para contraer matrimonio con Rahme y reiniciar su proyecto migratorio, en Bolivia primero y en Chile años después. El padre de Jorge Daccarett nació en Cochabamba en 1936 y ya en Santiago su abuelo abrió un negocio de telas y una fábrica de caucho, que llegó a ser de las más prominentes del país. 

La de los Daccarett es la gran epopeya de cientos de miles de árabes que emigraron desde Siria, Líbano y Palestina a finales del XIX y primera mitad del XX buscando un horizonte mejor en las emergentes tierras de Sudamérica. Hoy sus descendientes rozan los 20 millones de personas, muchos de ellos ya entrados en la cuarta generación. La inmensa mayoría abandonó la lengua árabe materna, pero muchos mantienen su conciencia identitaria casi intacta tantas décadas después. 

Los palestinos querían ir más allá. Alcanzaron Mendoza y cruzaban la cordillera a lomo de mulas, hasta que llegaban a los Andes en Chile

Jorge Daccarett es descendiente de palestinos, pero también de sirios, por parte de su madre. Ha investigado el fenómeno migratorio y dispone de un extraordinario caudal de información. “El apogeo de la emigración llegó con la Primera Guerra Mundial. La mayoría eran cristianos y estudiaban en colegios de curas. Para protegerlos y evitar que fueran movilizados por el imperio Otomano, los sacerdotes los mandaban a Francia. Luego, desde allí, partían a América. Muchos no tenían ni idea de donde iban. Primero llegaban a Brasil, donde se quedaron los libaneses. En Buenos Aires, se instalaron los sirios. Y los palestinos querían ir más allá. Alcanzaron Mendoza y cruzaban la cordillera a lomo de mulas, hasta que llegaban a los Andes en Chile”. 

La mayor comunidad árabe en Sudamérica se concentra en Brasil: casi 12 millones de personas. En Argentina se calculan 3,5 millones, gran parte de ellos sirios descendientes de las migraciones del XIX y XX. Chile cuenta con cerca de un millón, la mitad de los cuales son de origen palestino. Representan la colonia palestina más importante fuera del mundo árabe. Le siguen Honduras (250.000), El Salvador (150.000) y Perú (50.000). A lo que habría que sumar cientos de miles de descendientes de sirios y libaneses establecidos a lo largo y ancho de todo el continente americano. 

Jalil Daccarett Tueme y Rahme Rock SelmanJalil Daccarett Tueme y Rahme Rock Selman. (Cedida por Jorge Daccarett)

Alberto Benjamín López es arabista y autor de una tesis doctoral sobre la prensa árabe publicada en Chile por la comunidad palestina. En Latinoamérica se editaron centenares de periódicos en árabe a finales del XIX y principios del XX, la mayoría de los cuales acabaron renunciando al idioma originario para publicarse finalmente en español. Alberto Benjamín centró su investigación en el periódico  chileno ‘Al Islah‘ [La Reforma], publicado en formato bilingüe entre 1930 y 1942. Muchos han desaparecido ya, pero otros, como es el caso del ‘Diario Sirio-Libanés‘, con sede en Argentina, siguen activos desde hace casi un siglo. 

La causa principal de las migraciones era de índole religiosa, debido a la presión del imperio Otomano sobre los cristianos, aunque también económica

“En Chile la primera oleada comienza en torno a 1880. La causa principal de las migraciones era de índole religiosa, debido a la presión del imperio Otomano sobre los cristianos, aunque también económica. Muchos eran comerciantes y agricultores”. En los primeros años, la integración fue conflictiva. Fueron apodados despectivamente como “turcos”, ya que todos viajaban con pasaporte otomano. Tras el crack del 29, según explica Alberto Benjamín, la comunidad árabe orientó sus inversiones hacia la industria textil y su paulatino ascenso económico fue favoreciendo su integración social. 

Los matrimonios mixtos empezaron a fraguarse con más frecuencia, lo que aceleró la aceptación de la población nativa, a la vez que extendió el temor a la pérdida de identidad. Se produjo un proceso, en cierta forma, paradójico. “Debido al racismo que sufrió la primera generación, los emigrantes intentaron que sus descendientes tuvieran una integración más exitosa”, explica el arabista de la Universidad de Granada. Por esa razón, escondían la lengua árabe y matizaban muchos de sus signos identitarios. Por ejemplo, modificaban sus nombres. Khalil, el abuelo de Jorge Daccarett, mutó a Carlos. Y Rahme empezó a ser conocida como Carmen

Diana Cahuas es peruana de origen palestino. “Mi familia es una de las dos primeras que llegaron desde Belén. Aproximadamente en 1908”, asegura en videoconferencia desde Lima con EL CORREO DEL GOLFO. Belén, Beit Yala y Beit Sahur constituyen un triángulo clave del proceso migratorio árabe hacia América Latina. “La primera oleada se produjo entre 1885 y 1914. Llegaron principalmente a Lima, Arequipa y Cuzco. Con el auge de la revolución industrial de Gran Bretaña a finales del XIX, muchas empresas inglesas y francesas se instalaron en Perú. ¿Y quién estaba allí? Los palestinos. Muchos se dedicaron a la industria textil, como mi papá y mi abuelo”. Una buena parte de la inmigración se asentó en las zonas montañosas, de tal forma que aprendieron el quechua antes que el español para poder hacer negocio con los comerciantes locales. 

La diáspora en América Latina tiene una identidad mixta. Nos sentimos cien por cien peruanos y cien por cien palestinos

Cahuas dibuja un proceso migratorio similar al descrito por Daccarett y Alberto Benjamín. Los árabes disponían de evidentes habilidades mercantiles y pronto prosperaron en términos económicos, lo que acabó propiciando un relativamente rápido acogimiento social. La pérdida de la lengua árabe fue “el sacrificio que se tuvo que tomar”, asegura Diana Cahuas, hoy diplomática palestina. “La diáspora en América Latina tiene una identidad mixta. Nos sentimos cien por cien peruanos y cien por cien palestinos”. De hecho, muchas personas de origen árabe conservan sus tradiciones familiares y hasta optan por matrimonios endogámicos para preservar su identidad. “Siempre que entras en casa de una familia vas a ver los bordados, la típica decoración y el mapa de Palestina. Yo conservo un rosario de nácar de mi abuela. Es muy importante para mí”. 

La de origen árabe es una comunidad floreciente en Latinoamérica. Jorge Daccarett presenta datos concretos sobre Chile que ilustran perfectamente su peso económico y social. En el país andino, representan el 3,5% de la población y, sin embargo, su aportación al PIB supera el 50%. “Muchos líderes empresariales en América Latina son de origen árabe. Y en política te encuentras a bastantes ministros y altos cargos, así como a médicos, arquitectos y artistas. Al árabe le fue bien, aunque pasaron penurias”, subraya. En efecto, la lista de personalidades de todos los ámbitos con ascendencia árabe es larga. Desde la cantante Shakira al actor Ricardo Darín, pasando por el magnate Carlos Slim, la actriz Salma Hayek o el político Carlos Menem. “Tenemos un ex vicepresidente peruano de origen árabe, Ómar Chehade”, recuerda Cahuas. “Pero también está el presidente de El Salvador, Nayib Bukele; el ministro de Salud, Francisco Alabi; o el secretario presidencial de Ecuador, Ómar Simón. Es una comunidad muy fuerte”. 

Club de futbol palestino de Chile, fundado en 1920. (Cedida)Club de futbol palestino de Chile, fundado en 1920. (Cedida)

Muchos nietos de la diáspora han tenido la oportunidad de viajar a Oriente Medio para conocer sus países de origen. Es el caso de Jorge Daccarett. “La primera vez que fui a Belén fue como si hubiera vivido allí. Mi abuela me había hablado siempre como si nunca se hubiera ido. Ese era su nivel de conexión con Palestina. Y cuando yo llegué iba de aquí para allá con toda tranquilidad. No me sentí un extraño. La gente me preguntaba por mi apellido y me decían: “Claro, eres el hijo de tal”. Me sacaban el parentesco y me invitaban a comer en su casa”. Su abuela le hablaba en árabe, razón por la cual el embajador chileno en Emiratos comprende la lengua aunque tenga más dificultades en la pronunciación. 

Jorge Daccarett colabora activamente en una fundación sobre estudios de la diáspora palestina, que logró rescatar todas las partidas de nacimiento de la Iglesia de la Natividad en Belén. “Hemos recuperado todos los registros desde 1632. Y hemos conseguido trazar todas las raíces de las familias de Belén. Cualquier hijo o nieto que quiera investigar sus orígenes puede consultarlo en nuestros archivos”. Ha sido un trabajo ingente y sumamente útil para recomponer líneas de parentesco esparcidas por toda América. “Nosotros tenemos primos en Honduras, El Salvador, Colombia, México y hasta en Francia. Hemos creado grupos de Whatsapp y de Facebook y queremos hacer una gran reunión”. 

La primera vez que fui a Belén fue como si hubiera vivido allí. Mi abuela me había hablado siempre como si nunca se hubiera ido. Ese era su nivel de conexión con Palestina

El suyo es un caso familiar paradigmático. Sus abuelos maternos son sirios procedentes de Homs. Tenían un negocio en Senegal y emigraron a Tenerife en el primer tercio del siglo XX. La guerra civil española (1936-1939) empujó a la familia a emigrar nuevamente, esta vez a Brasil y posteriormente a Chile, donde fundaron una fábrica de calcetines. “Todos mis tíos son hoy profesionales. Porque los árabes eran muy emprendedores. Y cada peso que ahorraban lo dedicaban a generar un negocio. La planta baja la reservaban para tienda y en la de arriba tenían la casa. No dilapidaban sus recursos, sino que los gastaban para que sus hijos fueran a los mejores colegios y las mejores universidades”. 

Randa Hasfura nació en El Salvador y es nieta de un palestino que llegó al país centroamericano en 1917 con tan solo 17 años de edad. Su padre ya abrió los ojos a orillas del Pacífico. Estudió Ingeniería Civil y en 1960 viajó a Palestina para inspeccionar las tierras que la familia aún mantenía en la comarca de Belén. Casualidades del destino, en esa breve estancia conoció a la madre de Randa y en solo tres meses se casó y regresó con ella a El Salvador. “Mi madre no sabía una palabra de español cuando vino”, asegura en conversación telefónica. Parte de las tierras familiares fueron vendidas poco a poco y otras acabaron confiscadas por Israel, como les ha ocurrido a otros muchos inmigrantes palestinos. 

Randa Hasfura lamenta la apatía de no pocos salvadoreños de origen palestino. “Aquí no hay el sentimiento de orgullo que hay en Chile. Quizás porque en El Salvador los inmigrantes fueron maltratados y la mayoría evitaba hablar en árabe. La identidad para muchos era un signo de vergüenza”, asegura. Con todo, existen algunas asociaciones de descendientes palestinos, organizadas no hace más de 15 años bajo el impulso de la última intifada.  

Fuente: https://www.elcorreo.ae

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