9 de Noviembre – Nuestro tiempo de convertirnos en una semilla real de justicia

Mientras los gobiernos se reúnen en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático COP26 en Glasgow – Escocia, nosotras y nosotros reunidos en Un Mundo Sin Muros nos hacemos eco de las personas y movimientos alrededor del mundo que demandan soluciones reales y urgentes, basadas en el entendimiento de que la crisis climática no puede ser abordada sin justicia climática, social y económica.

La crisis climática es el resultado de siglos de conquistas coloniales y de la explotación capitalista de los pueblos y el planeta que han permitido que las naciones desarrolladas y las corporaciones transnacionales acumulen riquezas, influencias, y un nivel desastroso de emisiones de gases de efecto invernadero.

En vez de corregir estos males, dichos poderes pretenden evadir su responsabilidad promoviendo “falsas soluciones” que perpetúan un mundo de desigualdades, opresión, destrucción, y finalmente, muerte. Como movimientos unidos en torno a la iniciativa Un Mundo sin Muros, denunciamos estas falsas soluciones.

A nivel global, las respuestas de los gobiernos a la crisis climática no se han basado en la justicia climática. Estas han profundizado las divisiones globales existentes y justificado todavía más la existencia de cada vez más muros para proteger el mismo sistema que nos ha traído al borde del colapso ecológico.

Desde que Israel empezó a construir el Muro del Apartheid en 2002, regímenes a lo largo del mundo – desde Estados Unidos, pasando por Europa hasta África y Asia – han construido en forma creciente sus propios muros físicos. Muchos de los cuales han sido levantados como un ataque hacia las personas migrantes: para detener el movimiento de ellas e impedir que los derechos más elementales de los refugiados sean respetados. A medida que cada vez más personas se ven forzadas a huir de la destrucción causada por la crisis climática, los muros brotan como falsas soluciones a las consecuencias devastadoras del colapso medioambiental – consecuencias sentidas desproporcionadamente por las comunidades más pobres y marginadas del mundo.

Siete países en particular, – responsables de casi la mitad de la emisión histórica de gases de efecto invernadero (GHG) – colectivamente gastan por lo menos dos veces más en políticas fronterizas y de inmigración que en el apoyo a países en desarrollo para la mitigación del cambio climático y su adaptación a esta. Estos “muros climáticos” son cruciales para la militarización de territorios y fronteras para proteger los privilegios y el poder en contra de las víctimas de nuestro devastador orden mundial. El militarismo no sólo es esencial para la defensa del sistema que destruye nuestro planeta y la vida en este; aunque resulta difícil de calcular la escala real de las emisiones militares, queda claro que son altas: según el Observatorio de Conflictos y Medioambiente, hasta el 15% del total de la contaminación por CO2 de la aviación global deriva de actividades militares. Aun así, las emisiones militares de GHG están notoriamente ausentes en los ya deficientes objetivos de reducción.

Las fuerzas armadas y las industrias militares y de seguridad, en vez de asumir su responsabilidad de revertir la destrucción de la tierra y la humanidad, tratan de capitalizar con el cambio climático y el desplazamiento forzado. Enmarcando ambos temas predominantemente como problemas de seguridad, impulsan lobbies exitosos para incrementar los gastos militares y de seguridad y la militarización de las fronteras, de la cual el boom de muros y vallas es una de las representaciones más visibles.

Los pueblos indígenas a lo largo del sur global siguen afrontando el impacto de la expansión colonial e imperial, que roba sus riquezas, destruye su medio ambiente y niega su derecho a la autodeterminación. Corporaciones transnacionales apoyadas por los Estados continúan saqueando sus tierras en busca de combustibles fósiles o transformando sus ecosistemas naturales en terrenos rentables, donde las transnacionales y sus aliados locales puedan construir sus minas o las agroindustrias puedan plantar monocultivos en tierras deforestadas. Los efectos de esta interminable ́comodificación´ de la tierra y la vida es sentida por todxs nosotrxs, incluídas las comunidades urbanas marginalizadas de todo el mundo.

En forma creciente, estas actividades devastadoras están supuestamente al servicio de la acción climática, cuando las compañías de combustible fósil y los regímenes represivos pretenden realizar un lavado de imagen verde de sus ganancias. La transición hacia lo renovable más promocionada en el Norte global se basa en la minería insostenible de “minerales de transición” utilizados en tecnologías como paneles solares y vehículos eléctricos. Se fundamenta en la explotación y la extracción infinita, y está destruyendo comunidades y el medio ambiente alrededor del mundo.

En el Sahara Occidental, Marruecos está construyendo granjas eólicas sobre tierras robadas, perpetuando la ocupación militar bajo la bandera de la “energía verde”. Por no mencionar los llamados “Megaproyectos“ en México, que están amenazando tanto a las comunidades Zapatistas como la vida de los pueblos indígenas en general; o la campaña racista y colonial en Wallmapu tanto en Argentina como en Chile contra el pueblo Mapuche-Tehuelche para calificarlos de enemigos internos y justificar sus prácticas de desposesión , explotación y muerte.

Hasta el acto mismo de sembrar árboles se ha convertido en un epítome de ´falsa solución´.

No podemos compensar las devastadoras huellas de carbono basadas en paradigmas de crecimiento insostenible y el robo de tierras plantando árboles u otros intercambios de carbono sofisticados. El monocultivo de árboles de eucalipto en territorios amazónicos deforestados o el reemplazo por el Fondo Nacional Judío de árboles nativos con pinos no nativos sobre aldeas palestinas destruidas son parte del problema, no una solución.

No puede haber nada verde o sostenible en la violación de los derechos de los pueblos, en ninguna parte del mundo.

No sólo reclamamos nuestros derechos y nuestras tierras, también reclamamos el acto profundamente simbólico de plantar árboles, enraizado en muchas historias de lucha y culturas. Nosotros, los pueblos, siempre hemos plantado árboles capaces de curarnos y hacernos prevalecer, a nosotros y a la Tierra.

Inspirados por la práctica en Palestina de plantar árboles para proteger la tierra y la cultura, en los barrios populares de Nairobi donde se siembran árboles como memoriales por aquellos asesinados por la brutalidad policiaca o en rituales memoriales ancestrales en América Latina y en otras partes,

Les animamos a todas y todos ustedes a unirse a nosotras en el simple acto de plantar un árbol memorial por alguna de aquellas personas que fueron asesinadas y que sacrificaron sus vidas por curar el planeta y los pueblos.

Los árboles que plantemos no repararán los crímenes, pero reflejarán nuestra determinación, solidaridad y capacidad por hacer crecer la justicia. Nos recordarán la sabiduría del pueblo Lenca en Mesoamérica de que quienes han sido asesinados no mueren, sino que son semillas de justicia. Nuestros árboles nos permitirán respirar esperanza y libertad, justicia e igualdad.

Campaña por un mundo sin muros
Stopthewall.org
Noviembre 2021

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