El mito de la coexistencia en Israel

25 de mayo de 2021

De Diana Buttu

Diana Buttu es abogada, exasesora del equipo negociador de la Organización para la Liberación de Palestina y ciudadana palestina de Israel.

Antony Blinken, el secretario de Estado, está de visita en Israel y tiene en mente visitar Cisjordania en un intento de brindar apoyo al alto el fuego del viernes, que detuvo la campaña de bombardeos en Gaza y los ataques con cohetes de Hamas. El martes, Blinken habló en Jerusalén de su intención de “reunir el apoyo internacional” para ayudar a Gaza y reconstruir lo que se ha destruido.

A pesar del alto el fuego, las protestas de los palestinos en Jerusalén y en otras zonas han continuado, la policía israelí ha arrestado a decenas de palestinos en Cisjordania y Jerusalén Oriental y los colonos israelíes han seguido con sus provocaciones.

La división en la sociedad israelí nunca ha sido tan clara y Jerusalén sigue siendo el polvorín que podría provocar otro incendio catastrófico a menos que se aborden las causas subyacentes: la ocupación israelí de los territorios palestinos y sus políticas sumamente discriminatorias.

Hace dos semanas, estaba en la casa de mi familia en Haifa, una ciudad en el norte de Israel donde viven tanto palestinos como israelíes. Vi grupos de chicos jóvenes que llevaban banderas israelíes y barretas al grito de “¡El pueblo de Israel vive! y “¡Muerte a los árabes!”

Mi padre y yo vimos por televisión en directo cómo una multitud de hombres judíos en Lod, otra ciudad mixta, preguntaban a un hombre si era árabe y después lo sacaban de su coche y lo agredían. Algunos ciudadanos palestinos de Israel descargaron su frustración y su rabia contra los israelíes judíos y los símbolos del Estado judío que los oprime quemando una sinagoga en Lod.

Haifa, donde el 85% de la población es judía y el 15% es palestina, se ha mostrado durante mucho tiempo, junto con Lod y otras ciudades mixtas de Israel, como un modelo de coexistencia, y es por eso por lo que las últimas semanas se ha estado repitiendo la misma pregunta: ¿Cómo es posible que de repente estas ciudades se hayan transformado en lugares de violencia multitudinaria?

Lo cierto es que los ciudadanos palestinos y la mayoría judía del país nunca han coexistido. Nosotros, los palestinos que vivimos en Israel, “subexistimos” viviendo bajo un sistema discriminatorio y racista con una legislación que recoge nuestra condición de población de segunda clase y con políticas que garantizan que nunca seremos iguales.

No es un accidente, ya está diseñado: era de esperar la violencia contra los palestinosde la que hemos sido testigos las últimas semanas, en Israel y con el respaldo del Estado israelí.

Los ciudadanos palestinos representan alrededor del 20% de la población de Israel. Somos los que sobrevivieron a la Nakba, la limpieza étnica de los palestinos en 1948, cuando expulsaron de sus casas a más del 75% de la población palestina para dejar paso a los inmigrantes judíos durante la creación de Israel.

Mi padre forma parte de ese 25% de la población palestina que se quedó. Tenía 9 años cuando lo expulsaron de su casa en Al-Mujaydil, un pueblo palestino cerca de Nazaret. Mi padre y su familia se mudaron a Nazaret, a menos de 3 km de distancia, y debido a ello, la legislación israelí los declaró “presentes ausentes”, lo que significaba que Israel podía arrebatarles sus bienes.

Y así lo hizo: Israel destruyó su casa, su colegio y toda su comunidad para dar paso a los inmigrantes judíos. En sustitución de Mujaydil, Israel creó una ciudad exclusiva de judíos llamada Migdal Haemek. Se le declaró como un no-judío al que no querían en el “Estado judío” de Israel, en lugar de un ciudadano igual al resto en su país natal.

Entre 1948 y 1966, él y otros palestinos de Israel vivieron bajo un gobierno militar, muy similar a lo que existe hoy en día en Cisjordania, en una situación en la que se les habían arrebatado la mayor parte de sus tierras y necesitaban permisos para viajar de un sitio a otro. Mi padre tuvo que esperar años para poder hacer un corto viaje para ver qué había sido de su casa y su colegio.

En Israel, la Nakba se niega y se desestima de forma rutinaria, y se prohíbe la financiación estatal a organizaciones que la conmemoran. En el colegio, los libros de Historia nos hablan del apego que le tienen los judíos a nuestra tierra, pero no dicen nada de la Nakba; es como si fuéramos intrusos en nuestro propiopaís natal.

Cuando el gobierno militar terminó en 1966, Israel difundió el mito de que los ciudadanos palestinos de Israel eran ya ciudadanos completos, puntualizando que podemos votar a los miembros de la Knéset y que también tenemos diputados en ella. Sin embargo, desde su creación, Israel ha promulgado más de 60 leyes que garantizan nuestra condición de ciudadanos de segunda clase. En muchas ciudades, una de las leyes permite que los judíos israelíes nos denieguen a mí y a otros palestinos el derecho a vivir junto a ellos, ya que no somos “socialmente aptos”.

De manera rutinaria, los tribunales defienden esas leyes discriminatorias y, año tras año, los legisladoreshan bloqueado los intentos de aprobar una legislación que garantice la igualdad de palestinos y judíos. El racismo y la discriminación institucionalizados contra los ciudadanos palestinos nos ha arrastrado al menos a la mitad de nosotros a la pobreza y nuestra tasa de desempleo asciende al 25%.

Prácticamente todos los políticos y partidos principales israelíes incitan y abusan del racismo contra los palestinos (la única excepción es el Partido Laborista, que solo tiene 7 asientos en la Knéset). Incluso los “moderados” como Yair Lapid, líder del partido YeshAtid, al que se le ha encargado la formación de un gobierno tras las elecciones parlamentarias no concluyentes de marzo, declaró que quiere “librarse de los árabes” y que su mayor prioridad es “mantener una mayoría judía en el territorio de Israel”.

Los políticos exigen que se nos revoque la ciudadanía, o peor, como Avigdor Lieberman, exministro de Asuntos Exteriores, que dijo que había que cortarnos la cabeza; o Naftali Bennet, exministro de Educación, que declaró que había matado a muchos palestinos y no tenía ningún problema con ello.

Desde 2019, Benjamin Netanyahu, primer ministro, ha pactadoen dos ocasiones con el partido Poder Judío, abiertamente racista, formado por seguidores del conocido Meir Kahane, a cuyo partido, Kach, y sus derivados Estados Unidos calificó como organizaciones terroristas. Poder Judío está dirigido por Itamar Ben Gvir, quien dice que su héroe es Baruch Goldstein, que mató a 29 palestinos mientras rezaban en Hebrón en 1994.

Todo esto no hace que Netanyahu simplemente gane votos, sino que además normaliza el odio hacia los palestinos. Los jóvenes judíos son más radicales que sus padres y las encuestas muestran que no quieren vivir junto a los palestinos y que apoyan que se nos revoque la ciudadanía.

Estos prejuicios, racismo y violencia dirigidos contra los palestinos no se limitan a lo alternativo en la sociedad, sino que se ha convertido en algo común. Solo en el mes de mayo, el gobierno de Netanyahu ha permitido las marchas de judíos supremacistas y violentos por los barrios palestinos de Jerusalén y en la mezquita de Al Aqsa. Se le ha ofrecido a los policías israelíes y a los ciudadanos judíos inmunidad de facto por atacar a los palestinos.

De hecho, nuestra mera existencia molesta a la élite dominante de Israel, que insiste en preservar el carácter judío del Estado. Mi padre, que tiene 82 años, todavía espera que llegue el día en el que no tenga que vivir con miedo de ser expulsado de nuestro país natal. El hecho de ser palestino en Israel significa esperar el día en el que Israel decida deshacerse de ti para siempre.

¿Cómo le explico a mi hijo de 7 años lo que significa ser un ciudadano palestino en Israel? ¿Qué clase de futuro puede esperar si los líderes del gobierno incitan el odio hacia él? ¿Qué clase de esperanza atrevida puede tener si se ve obligado a lidiar con el racismo y la discriminación en la educación, en el trabajo y al buscar una vivienda?

Por ahora, intento protegerlo de las imágenes que salen en la televisión y en nuestros móviles, pero sin duda pronto llegará un momento en el que no lo pueda proteger de la realidad: que esta rodeado de personas que lo consideran un ciudadano de segunda clase.

Traducido para la Misión Diplomática de Palestina en España,

por Laura Hernández García.

 

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