Agresión israelí a Palestina: los niños como objetivo y no como daño colateral

01 de junio de 2021

Foto: niños de Gaza luego de los bombardeos, mayo 2021

Por Rafael Araya Masry*

Cuando cada vez que la información nos trae las duras imágenes de niños palestinos muertos o heridos o siendo rescatados desde los escombros de un edificio, producto de los bombardeos israelíes contra la Franja de Gaza, o cuando son reprimidos por la policía y el ejército israelí en Cisjordania y Jerusalén, o son encarcelados por arrojar una piedra o por simple sospecha, podemos entender que esta política no es azarosa, sino, es parte de un proyecto de enajenación, desposesión y expulsión de habitantes originarios palestinos que sigue vigente hasta nuestros días.

Tal vez por la cotidianeidad de imágenes de niños palestinos siendo reprimidos o arrestados y llevados por un grupo de soldados para ser encarcelados, la mayoría de las veces sin que esto se asocie siquiera a una acusación formal, podemos entender el cómo, en tanto humanidad que somos, hemos llegado a adormecernos y a incorporar como un hecho natural la indefensión de la niñez palestina ante la ocupación. Es como si la propaganda continua del régimen israelí hubiera logrado adormecernos al punto de perder nuestra capacidad de asombro ante la crueldad y la impiadosa persecución que padecen los infantes en Palestina, sometidos al desamparo, a la incertidumbre, a la tortura física y moral por parte de las fuerzas del ejército ocupante, cuando no el asesinato liso y llano.

¿Significa esto que los israelíes odian a la niñez? No, en absoluto. El perverso sentido que tiene esta política cuasi infanticida, es actuar coercitivamente sobre los padres, sobre los seres queridos. Nada es casual viniendo del régimen israelí. Atacar el punto más débil de cualquier núcleo familiar, sus niños, es una apuesta a silenciar la denuncia de los mayores, sus parientes y amigos, es pretender inhibir la manifestación por el descontento y la angustia opresiva que implica el ser un pueblo bajo ocupación militar. Y en último término, presionarlos para que se marchen de su patria, que se vayan, que despejen la tierra para dejarla liberada para sus propios colonos continúen sin prisa pero sin pausa usurpando un territorio que no les pertenece. Ni legal ni legítimamente. Porque la premisa fundacional del Estado de Israel sigue vigente: capturar la mayor cantidad de territorio posible, con la menor cantidad de habitantes originarios posible.

Todo esto, con el trasfondo trágico que significa que 2.103 niños palestinos han sido asesinados a manos de las fuerzas armadas y policiales de Israel desde el año 2000, según el informe de la prestigiosa institución de DDHH de Israel, B´tselem, tanto en los territorios de la Ribera Occidental Cisjordania (incluida Jerusalén Oriental) como en la Franja de Gaza producto de los indiscriminados bombardeos de la aviación israelí sobre los centros más densamente poblados en ese territorio palestino costero. Recordemos que la Franja de gaza es un enclave de 362 km2 donde habitan más de 2 millones de seres humanos, cuya gran parte de la población son a su vez refugiados de otras regiones de Palestina desde 1948, cuando Israel comenzó a implementar un verdadero proceso de limpieza étnica que persiste hasta nuestros días.

Si a esto agregamos, por ejemplo, que Gaza tiene una de las tasas de cáncer infantil más altas del mundo, producto del uso de munición de guerra aérea y de tanques y blindados terrestres cuyas cabezas están dotadas de uranio empobrecido, usado como elemento de penetración en estructuras sólidas que luego permanecerá en la superficie del territorio, generando el daño de mediano plazo antes descrito y, por otra parte, el uso de fósforo blanco, elemento prohibido por las convenciones internacionales para ser utilizado contra seres humanos,  y usado por Israel contra escuelas y dependencias de la ONU que sirven como refugio a civiles, entendemos y podemos reafirmar que no existe inocencia en la agresión ni que los niños son un simple “daño colateral” en el afán de Israel de combatir el “terrorismo palestino”. Es el modo israelí de decir: “váyanse de aquí”.

El dolor y las secuelas del trauma en la niñez tienen consecuencias tal vez irreversibles. Niños que ven morir a sus padres y a sus hermanos, y muchas veces como únicos sobrevivientes de toda una familia asesinada en un bombardeo son una imagen demasiado frecuente en Palestina.

Para ilustrar aún más todas estas afirmaciones, solamente durante el transcurso de este año 2021, 230 niños palestinos han sido arrestados por las fuerzas de seguridad israelíes, la mayor parte de ellos en la ciudad de Jerusalén, según publica la Sociedad Palestina de Prisioneros. Es decir, las Declaración de los Derechos del Niño y todas las convenciones de protección a la infancia, para los niños palestinos que viven bajo ocupación en la Ribera Occidental o en la cárcel a cielo abierto más grande del mundo en la Franja de Gaza, son letra muerta para el Estado de Israel, responsable último del bienestar de la población palestina, de acuerdo al IV Convenio de Ginebra, otra de las tantas convenciones internacionales que ese país ignora de manera deliberada.

Son muchos los informes que describen y tipifican minuciosamente la persecución y el sufrimiento de los niños en Palestina, cada uno de ellos es lapidario.

Pero si buscamos un significado empírico a esta actitud de la potencia ocupante, podemos concluir que la infancia es un objetivo político-militar estratégico para el estado ocupante, porque ataca directamente al futuro de un pueblo que lucha porque se respete su legal y legítimo derecho a la autodeterminación, al pleno ejercicio de su soberanía y a construir su propio futuro en su propia tierra.

Palestina ha resistido heroicamente durante 73 años y seguirá resistiendo por los que sean necesarios hasta conseguir la plena independencia que por la razón y el derecho le corresponde.

La comunidad internacional tiene el deber de proteger a este pueblo heroico para resguardar a que su niñez sea salvaguardada de la brutalidad y la barbarie.

Los niños palestinos tienen, al igual que cualquier niño en cualquier país del mundo a crecer en paz, con seguridad y haciendo valer en plenitud los derechos que los protegen de la crueldad y de la muerte.

*Rafael Araya Masry es Presidente de la Confederación Palestina Latinoamericana y del Caribe y Diputado Miembro del Consejo Nacional Palestino.

El presente artículo fue publicado por el Centro de Estudios del Desarrollo Miguel d’Escoto Brockmann de la República de Nicaragua.

Fuente: https://www.unan.edu.ni/index.php/cedmeb/semanario-no-50.odp

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