La “santa” alianza israelo-estadounidense

Foto: Alfredo Jaar, «A Logo for America», 1987. Animación en Spectacolor, Times Square, Nueva York, 1987.

26 de febrero de 2021

Por: Rodrigo Karmy Bolton

1. Tríada

En un reciente y penetrante a artículo del investigador Joel Beinin titulado “La alianza EEUU-Israel” se interroga en torno a la materialidad económica que sostiene a dicha “alianza”. Ninguna “alianza” constituye una invariante histórica sino más bien responde a un proceso de ensamble cuya complejidad se traza desde el relevo de Gran Bretaña como potencia colonial hasta finales de la Segunda Guerra Mundial por los EEUU como nueva potencia   después de 1945 en el nuevo marco de la “guerra fría”.

Desde ese momento los EEUU, en especial desde la guerra de 1967 (guerra de los 6 días) en que Israel domina Cisjordania y Gaza en Palestina, las Alturas del Golán en Siria y el Sinaí en Egipto (esta última conquista será revocada por los Acuerdos de Camp David de 1979 pero las otras dos se mantendrán hasta la actualidad en contra de los propias resoluciones de NNUU), han tenido una participación cada vez más hegemónica en la región consumándose en la reciente administración Trump al propiciar los Acuerdos del Siglo (entre EUA e Israel) o el traslado de la embajada de EEUU a Jerusalen Este (que actualizó un plan que ya estaba presente para los EEUU desde 1995). En este escenario, pensar la cuestión Palestina implica necesariamente analizar en qué consiste la “alianza” entre EEUU e Israel (más allá de la noción de “lobby” que frecuente se usa) y proyectarla en el contexto de la nueva administración liderada por Joe Biden y Kamala Harris.

Más allá del optimismo desatado inicialmente por el estrecho triunfo de Biden en las frágiles y complejas elecciones contra Trump (donde Trump terminará un poco mal, pero no necesariamente el trumpismo que seguirá dando que hablar), es menester subrayar la histórica relación que se ha ido consolidando con los años, entre EEUU e Israel. Una “alianza” que, me parece, es preciso analizar en base a tres dimensiones que articulan la precisión de una misma maquinaria de poder: el mito excepcionalista, el complejo industrial-securitario de tipo trasnacional y, a partir de esas dos dimensiones, la articulación del famoso “lobby” sionista que opera tanto en los EEUU como en el resto del mundo.

Las tres dimensiones de la maquinaria han convertido esta “alianza” en una de las mayores productoras y distribuidora de armas del planeta al articular un circuito “virtuoso” entre producción de armas y capital. El “mito excepcionalista” ofrece la performatividad de la liturgia (las narrativas que configuran al imaginario sionista), el “complejo industrial-securitario de tipo trasnacional se ocupa de la producción económica del capital (las la industria armamentista gestada por corporaciones y firmas diversas); el lobby sionista termina siendo un efecto propiamente político de las dos dimensiones previas al sellar dicha “alianza” en un conjunto polimorfo de acciones que diversas agrupaciones hacen para presionar en la prensa, partidos u organizaciones hasta llegar a “donar” grandes sumas de dinero a los dos partidos políticos más importantes de EEUU.

a) El mito excepcionalista de la “Tierra prometida”: tanto EEUU como Israel comparten el imaginar un territorio inicialmente habitado (en el caso de EEUU por miles de nativos indios, en el caso de Israel por múltiples comunidades palestina) como si fuera un territorio vacío que solo ellos, los “elegidos”, pueden volver a poblar. Cuando los EEUU se plantean como la “más antigua democracia del mundo” o Israel se plantea a sí mismo como la “única democracia en Medio Oriente” no están sino actualizando dicho mito. Pero, sobre todo, las nociones protestantes acerca de la necesidad de restitución de Sion resultan “endémicas” a la cultura estadounidense que, a su vez, fue heredada del sionismo británico, tal como ha mostrado Sand. Es clave a este respecto, lo que ha considerado la investigadora Roxanne Dunbar-Ortiz al subrayar el tipo de colonialismo implicado aquí: el “colonialismo de asentamiento” consiste en “negar” la presencia del otro, arrasarlo en una guerra de exterminio permanente para volver a poblar dichos territorios que han sido “vaciados” con nuevos “colonos” (que son para sí los “elegidos”). Hamid Dabashi ha puesto el acento en que esa lógica no es otra que la que el propio filósofo Gilles Deleuze –a propósito de haber sido uno de los únicos intelectuales europeos de la segunda mitad del siglo XX en entender la profundidad de la cuestión palestina y la crudeza del sionismo al establecer sus diálogos con el intelectual palestino Elías Sanbar- identificó bajo la lógica del capitalismo: según Deleuze este último opera en base a la desterritorialización y territorialización permanentes y, en este sentido, encontrará su cristalización en el “colonialismo de asentamiento” que configura tanto la estructura de la colonización estadounidense del territorio desde la llegada del Mayflower en 1620, hasta la israelí cuando se asientan las primeras comunidades de colonos sionistas a principios del siglo XX  y sus fuerzas paramilitares (Haganá, Stern, Irgun) asolan a la población árabe. El mito excepcionalista opera aquí de una forma similar a partir: sea la “Tierra prometida” ofrecida a los “elegidos” (colonos protestantes en el caso de EEUU o colonos sionistas, en el caso de Israel). De mas esta decir que, por cierto, algunos países del cono sur americano como Argentina y Chile gestaron sus respectivas “pacificaciones” durante el siglo XIX contra los pueblos nativos a partir de la incorporación del colonialismo de asentamiento como lógica de conquista y por tanto, como forma de expansión territorial del Estado capitalista. A esta luz, el mito excepcionalista permite comprender el racismo estructural presente en el proyecto de los dos países (las dos “democracias”): porque hay “elegidos” el proyecto de la Tierra Prometida (la “democracia”) deviene un proyecto “blanco”, tan blanco como la propia “Casablanca” como visibilización arquitectónica del poder estadounidense o los primeros ministros israelíes que, desde 1948 hasta la fecha, han sido todos de origen europeo.

b) Un complejo industrial-securitario trasnacional. El mito excepcionalista y la teología política que ensambla ofrece las condiciones para desarrollar una maquinaria que potencia la circularidad entre armas y capital, guerra y economía. Según Joel Beinin dicho complejo ha llegado a constituir una colaboración permanente entre las principales compañías estadounidenses e israelíes orientadas a la producción de tres tipos de tecnologías securitarias: tecnologías de “contraterrorismo” (la ciberseguridad, drones y otros caben aquí), “vigilancia fronteriza” (la construcción de muros como el que divide México de EEUU y al territorio palestino para consolidar los recursos naturales para los asentamientos israelíes) y el “control poblacional” (encierro de pueblos entre muros o checkpoints, controla flujos de trabajo, aísla comunidades, etc.); tres tecnologías que se apuntalan en un profundo desarrollo de la ciberseguridad. Como si el propio proyecto israelí de sistemática colonización y constante del territorio palestino funcionara como el laboratorio para perfeccionar dichas tecnologías, compañías estadounidenses que operan en Israel (Boeing, etc.) o firmas israelíes que cooperan con los EEUU (Elbit sistems, etc.) han articulado un complejo industrial-securitario de carácter trasnacional orientado exclusivamente a la producción incondicionada de capital con la que la teología política del “mito excepcionalista” necesita de grandes cuotas de producción bélica para profundizar la lógica del colonialismo de asentamiento. En este sentido, desde la aproximación que le ofrece la economía política Beinin nos ofrece un material fundamental para pensar este singular “complejo”, sobre todo cuando subraya cómo EEUU produce muchas veces los materiales técnicos que Israel difunde por diferentes países. Israel ha vendido armas a diversos regímenes dictatoriales en el mundo y/o entrenado a sus policías (cuestión no excepcional a Israel, sino común a la historia de colaboración del movimiento sionista previo a la fundación de Israel): desde la Sudáfrica del apartheid, pasando por el apoyo armamentista a los “contras” en Nicaragua, hasta la venta de armas al Chile de Pinochet; relación, esta última que se mantiene hasta la actualidad, agudizada en el gobierno de Sebastián Piñera cuyo arsenal israelí para la desbocada policía que tiene y sus FFAA ha excedido todos los montos en compra de armamento a Israel que los gobiernos precedentes y que, como sabemos, ha violado sistemáticamente los Derechos Humanos de sus ciudadanos desde las protestas de Octubre de 2019. Y será a partir del complejo industrial-securitario configurado por compañías israelíes y estadounidenses desde donde se “donarán” grandes sumas de dinero a los Partidos Demócrata y Republicano en los EEUU.

c) Lobby sionista. El lobby sionista que no es más que una red de intereses que influyen sobre la política estadounidense permanentemente se funda a partir del  que hemos llamado “complejo industrial-securitario de tipo trasnacional” identificado por Beinin y catalizado ideológicamente por una teología política de tipo imperial en la que se nutre el “mito excepcionalista”. Ilan Pappé ha subrayado cómo dicho lobby se urdió a principios de los años 40 y comienza a tener potencia inmediatamente después del fin de la Segunda Guerra Mundial. Pero el análisis de Pappé –que subraya el elemento político y las intrincadas relaciones con las que las redes sionistas impactan en la estructuración de la política estadounidense- debe ser complementado con los análisis de Beinin que hemos expuesto brevemente, no porque la “economía” actúe como “infraestructura” según la otrora tópica marxista, sino porque el “lobby” solo ejerce como red en cuanto defensa y, a la vez, impulso de las corporaciones armamentistas israelo-estadounidenses. El capital de dicho “complejo” podrá ser impulsado solo si el “lobby” no deja de funcionar, como un dispositivo más al interior de su trama. Por esta razón, más allá que triunfen el Partido Republicano o el Partido Demócrata, el “lobby” –que no es ningún espectro “conspirativo” ni un grupo “secreto”- sino una red que actúa transversalmente a ellos a la luz del día- seguirá actuando con independencia de su filiación partidista. Diversas agrupaciones que operan paralelamente ejercen el trabajo de lobby: desde organizaciones sionistas judías, hasta sionistas cristianas no judías (protestantes o no) que enaltecen el mito protestante de la restauración judía de Sion, convergen en la liturgia del capital.  Bajo esta sombra, la “historia de los oprimidos” –podría decir Walter Benjamin respecto de los palestinos- el “estado de excepción” se profundiza como regla. En Chile también opera dicho lobby –como en diferentes países de América Latina. Y es un lobby “transversal” que va desde las derechas hasta las izquierdas que permite “sellar” inmunitariamente el eficaz funcionamiento de la máquina promoviendo “leyes” que criminalizan el “antisemitismo”, término que opera como significante vacío y un término vago, precisamente para hacer eficaz la maquinaria policial de censura y criminalización, en la que cualquier crítica al Estado de Israel, por parte de alguna persona o agrupación puede ser acusada de promover el “antisemitismo”. El chantaje ideológico se pone en marcha: criticar a Israel significa ser acusado de “antisemita”.

El efecto de dicho chantaje es, en lo inmediato, la censura, el silenciamiento, la clausura de la libertad de pensamiento. De hecho, el intento, por parte del chantaje ideológico sionista de aplastar cualquier forma de pensamiento, hace “sistema” con la cibernética como infraestructura global del capitalismo neoliberal (que las mismas empresas israelíes y estadounidenses se han abocado a desarrollar): censurar la crítica, despojarnos del debate, imposibilitar la discusión parece ser la característica de nuestros marchitos tiempos “liberales”. En nuestro país, dicho chantaje se expresa en la permanente –y paradójica- disposición por aprobar leyes “progresistas” en el parlamento orientadas a la “anti-discriminación” con las que se pretende incluir el “antisemitismo” con toda la vaguedad del término o bien, lo que recientemente ocurrió con el alcalde Daniel Jadue quien fuera “fichado” por la lista negra del Centro Simon Wiesenthal como “antisemita”.

Sin embargo, dicho lobby no solo promueve “leyes” de criminalización, sino también financia diversas actividades culturales como festivales de cine, simposios o acuerdos “científicos” de diversa índole como el que, en Chile, firmó ANID durante la estadía de Piñera en Palestina el año 2019 para promover tecnología de desalinización de aguas entre otras materias. Así, la inmunización política propiciada por el “lobby” extendido en diversas partes del mundo, posibilita la generación de toda una campaña de “pinkwashing” (lavado de imagen) de Israel frente a la sociedad civil de los diversos países. De esta forma, el ámbito político-institucional (gobiernos, parlamentos) y la sociedad civil se convierten en dos puntos a los que apunta el lobby sionista para “criminalizar” y, a la vez, “lavar su imagen” parece aparecer bajo una investidura progresista frente a una ciudadanía que, sin embargo, cada día ve cómo Israel se convierte en el referente de la ultraderecha global.

Las tres dimensiones destacadas aquí operan como tentáculos de una misma maquinaria de poder que no tiene mayor consistencia que su propio operar, su misma forma capitalista que la impulsa decisivamente hacia su profundización en virtud del núcleo propiamente “mítico” que le sostiene y que expresa violentamente la teología política que comparten tanto EEUU como Israel que les anuda en un mismo horizonte imperial, en la “santa alianza” que los une pero que ha sido ensamblada –y desafiada colectivamente desde entonces tanto por nativos “indios” como nativos “palestinos”- histórica y políticamente desde fines de la Segunda Guerra Mundial.

2. Heraldo

La convergencia entre la teología política del mito excepcionalista y el complejo industrial-securitario de tipo trasnacional fue histórica y políticamente producida –es decir no es algo natural, dado, evidente por sí mismo.  Y esta convergencia ha originado tanto a la vocación imperialista de los EEUU como a la israelí, en la medida que en ninguno de los dos están definidas claramente las “fronteras” nacionales de sus respectivos países puesto que se anudan como flexibles, prestas a “conquistar” algún nuevo territorio. Ello muestra el carácter estructuralmente expansionista de los dos proyectos políticos, en la medida que se han resuelto como dos proyectos propiamente coloniales.  

Sin embargo, el capitalismo cristalizado en el “colonialismo de asentamiento” (desterritorializar-territorializar a la vez) que apuntala las tres dimensiones que componen la máquina de poder (mito excepcionalista, complejo industrial-securitario y lobby sionista) tiene un hito clave en la historia del siglo XX marcado por la guerra de 1967: fue en el escenario de la guerra fría, donde Israel devastó en 6 días a los ejércitos árabes y mostró a EEUU que Israel podía ser el aliado regional más que confiable cuya consecuencia no solo hizo avanzar a EEUU hacia posiciones estratégicas en Medio Oriente en contra de la ex URSS, sino que colocó a Israel en el lugar del heraldo que podía resguardar los intereses imperialistas. Al vencer al nacionalismo árabe (Egipto y Siria), Israel neutralizó la posibilidad de que EEUU viera sus importantes intereses en problemas y consolidó las condiciones para potenciar las tres dimensiones señaladas articulando así una verdadera máquina de poder que reparte armas y capital a todo el planeta.  

Desde 1967 esta relación se ha consolidado al punto que el financiamiento de los EEUU a Israel ha alcanzado, hasta la fecha, unos 228.7 billones de dólares (considerando que para el Plan Marshall EEUU desembolsó unos 13 billones de esa época que equivaldrían aproximadamente a 110 billones en la actualidad. Es decir, Israel ha recibido más financiamiento por parte de EEUU que lo que recibió toda la Europa occidental después de su devastación en la Segunda Guerra Mundial. Y ese financiamiento, por cierto, no se ha realizado en vano: es una “inversión” que consolida la posición de EEUU vía Israel en la región y potencia la circularidad del complejo industrial-securitario de tipo transnacional que mantienen las compañías armamentistas israelo-estadounidenses a las que se sumarán los nuevos “socios” de las petromonarquías con los “Acuerdos del siglo”.

Entre los años 2006 a 2015 Israel recibió más de 100 billones de dólares, 25 de los cuales fueron “invertidos” por la administración Trump y el resto por los dos períodos de la administración Obama quien terminó su mandato desembolsando 38 billones de dólares para ser usados exclusivamente en armas, mientras su discurso de paz abogaba por el fin de los asentamientos y Netanyahu reía en su despacho mientras solo esperaba el momento del triunfo de Trump.

A ello se agrega, por cierto, el apoyo que los EEUU dan desde los Acuerdos de Camp David celebrados en 1978-1979 entre Egipto e Israel al ejército egipcio que desembolsa 2000 millones de dólares anuales precisamente como una forma de cooptación de cualquier atisbo de nacionalismo regional que pudiera perjudicar la posición hegemónica israelo-estadounidense: en su análisis de las revueltas acontecidas en el país árabe en 2011, la investigadora Amy Austin Holmes subraya cómo es que Egipto es el país árabe que más apoyo recibe de parte de los EEUU, en especial cómo su ejército se convirtió en el holding financiero más importante del país. Justamente porque el apoyo a Egipto tiene un precio decisivo: mantener y profundizar la “alianza” israelo-estadounidense en la región y hacer a Egipto un “socio” comercial y securitario más dentro de esta trama.

3. America.

La relevancia de la administración Trump, sin embargo, fue capitalizar al nuevo escenario multilateral que Obama había enfrentado con la diplomacia que restituía el discurso “misionero” de la democracia e invertir al mito excepcionalista y trasladarlo desde “afuera” (Obama y la democracia misionera) hacia “dentro” bajo el lema “Make America great again” (hacer de EEUU grande nuevamente). Solo en esta inversión del mito excepcionalista es que EEUU ha podido terminar por hacerse a sí mismo lo que históricamente le ha hecho a los demás pueblos del mundo: intervenir (se). La escena del Capitolio con el hombre disfrazado de mitad bisonte y mitad bandera estadounidense es precisamente la clave: la bestia emerge en la extrema decisión de la soberanía, la animalización solo brota ahí donde la bandera flamea en su excepción, es decir, donde consuma el mito excepcionalista construido por siglos de colonización mundial (la “bestia es el soberano”-decía Jaques Derrida en uno de sus últimos seminarios).

Por eso, los “Acuerdos del siglo” realizados por Trump solo intentan finalizar una tarea que se viene gestando desde 1979 y afinados en los Acuerdos de Oslo desarrollados entre 1992 y 1993: alinear geopolíticamente a Medio Oriente contra Irán sin poder lograrlo del todo porque EEUU no está en la posición de principios de los años 90 cuando la administración  Bush padre podía invadir Iraq incluso con el respaldo de las NNUU y los países árabes, sino que el nuevo escenario limita las posibilidades estadounidenses e israelíes en la región al punto de no haber podido desplazar a Irán del horizonte  y establecer una suerte de guerra fría regional entre dos bloques precisos: Egipto, Israel y las petromonarquías del lado de EEUU; Siria e Irán del lado ruso-chino y sus pretensiones por potenciar la “Ruta de la Seda” como un nuevo circuito del capital que pueda ser independiente de los circuitos financieros estadounidenses.

Justamente “los Acuerdos del siglo” entre Israel y las petromonarquías, en especial Emiratos Árabes Unidos (Acuerdos “abrahámicos” como se les dice elegantemente) consuman una relación decisiva del complejo industrial-securitario israelí en la medida que no solo las convierte en aliadas políticamente contra Irán (interés securitario que comparten), sino que además, las consolida formalmente como “socios” comerciales que fortalecen la geopolítica del bloque al incorporarlas al negocio armamentista posibilitando la invisibilización –la “solución final”- de la catástrofe palestina (nakba).   

Sin embargo, a pesar de sus diferencias, los dos bloques están de acuerdo en algo tácito: no darle curso y aplastar a como dé lugar cualquier revuelta popular que exija la democratización radical. Ni para el régimen egipcio (pro-EEUU) ni para el sirio (anti-EEUU) las revueltas fueron bienvenidas. Pero ambos, a pesar de su oposición imaginaria en el Nuevo Medio Oriente, las enfrentaron como si hubiesen sido un solo bloque.

¿Qué esperar de la administración Biden para Medio Oriente? ¿y, especialmente, para Palestina? No más que la de Obama que fuera la más progresista. No mucho más que la de los otros presidentes estadounidenses: mientras el mito excepcionalista, el complejo industrial-militar de tipo trasnacional y el lobby sionista se mantengan poco o nada se podrá esperar para la región y, especialmente poco o nada podremos esperar para los destinos de Palestina. Sobre todo, si en Palestina la Autoridad Nacional erigida desde los Acuerdos de Oslo de 1992-1993 ha resultado ser uno de los dispositivos más eficaces de la colonización israelí para profundizar su dominio antes que para liberar al pueblo palestino. Y la parálisis de la política institucional Palestina encuentra su causa en la complejidad de la trama que aquí se juega. 

Así, la jerarquía imperial se consuma: Washington- Tel-Aviv y la Autoridad Nacional (financiada por EEUU y la Comunidad Europea) con la Comunidad Europea mediante, configuran el colonialismo de asentamiento que sigue arrasando Palestina y que globalmente se consuma en la intensificación del capitalismo neoliberal.

Sin embargo, en un contexto de alta movilidad política, donde los flujos de imaginación irrumpen día tras día y la intensificación de las revueltas parecen no tener límite, donde los dos bloques antedichos no logran consumar hegemonía y las grietas proliferan es posible esperar transfiguraciones importantes y absolutamente imprevisibles desde la mirada del poder prevalente.

Como alguna vez lo concibió Kant respecto de la Revolución Francesa: podrán experimentarse múltiples retrocesos a partir de dicho acontecimiento (la primavera árabe), pero jamás su completo borramiento. Las revueltas –intifadas- siguen vigentes (y no solo en los países árabes donde han retornado) y es precisamente contra las múltiples formas con las que se cristaliza el capital que las revueltas se arrojan a destituir.

Deponer al mito excepcionalista, al complejo industrial-securitario y al lobby sionista articulado entre EEUU e Israel, quizás sea la apuesta más decisiva y ambiciosa para el presente de Palestina. Y, en el instante en que Biden ha girado su discurso respecto del de Trump anunciando al mundo euroatlántico que “America is back”, es decir, en el momento en que Biden ha lanzado a America desde “dentro” (“Make America great again” con Trump) hacia “afuera” (“America is back” con Biden) para restituir en parte el ya agotado discurso misionero de la democracia imperialista, resulta decisivo interrogarse si, más allá de que “America” esté “dentro” o “fuera” no es ya ”America” el problema mismo: este singular nombre de origen italiano condensa la historia del capital de los últimos 500 años, este singular nombre deviene, pues, el monumento a destituir en cuanto nombre del capital.  

Postdata

El reciente ataque por parte de EEUU en territorio sirio condensa de manera radical la fórmula de Biden: “America is back”. No solo “is back” a las instancias supranacionales sino a su vocación interventora en Medio Oriente –cuestión que mantiene intacta la política que sostenía Trump y sus antecesores. Pero todo parece hacerse en nombre de la democracia misionera y, por tanto, a favor del “bien mayor” que justifica dicho crimen haciéndolo pasar como “daño colateral”. Sabemos que hace demasiado tiempo que el “daño colateral” es el “daño central”, el efecto decisivo a producir. Pero parece que la “democracia” que, justificadamente, tanto fue defendida contra el trumpismo, nuevamente muestra su maltrecho rostro imperial. ¿Qué es peor militarizar EEUU o Iraq? (Iraq lleva exactamente 18 años ocupado por las fuerzas estadounidenses y sus aliados regionales) ¿Por qué nos parece más ominoso la militarización de EEUU gestada por el trumpismo que el reciente ataque a Siria? –esta es la pregunta que interpela la naturalización del racismo presente aquí: ¿Cuál es la diferencia entre asaltar el Capitolio por parte de los trumpistas y bombardear a supuestas «milicias pro-iraníes» que, obviamente están ahí porque combaten contra el ISIS hace años mientras EEUU omitía su existencia y favorecía su despliegue vía los saudíes? La diferencia reside en que el primero asaltó el templo de la “blancura”; el segundo a los “indios” que no pertenecen a ese templo y parecen ser menos “humanos”. Hace un año el parlamento iraquí había votado a favor del retiro de las tropas estadounidenses del país (que han estado presentes desde el año 2003), pero ni la administración Trump ni la actual administración Biden han pretendido realizar su voluntad. ¿Por qué no se ha respetado la voluntad del parlamento iraquí? ¿Acaso no se trata de la “democracia”? Al menos, sabemos qué significa que “America is back”.

Por: Rodrigo Karmy Bolton

Fuente: Revista Disenso

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