Omar al Tayeh, 28 años de lucha laberíntica para ser un ciudadano

06 de agosto de 2019

Omar al Tayeh lleva 28 años buscando ser ciudadanos con todas las de la ley. Nieto de un refugiado palestino de 1948, nació en Irak pero la guerra contra Sadam Huseín le llevó a huir a Siria hasta que la rebelión contra Bachar al Asad le obligó a marchar a Holanda. Hoy lucha por ser reconocido como apátrida.

Omar al Tayeh lleva 28 años buscando ser ciudadanos con todas las de la ley. Nieto de un refugiado palestino de 1948, nació en Irak pero la guerra contra Sadam Huseín le llevó a huir a Siria hasta que la rebelión contra Bachar al Asad le obligó a marchar a Holanda. Hoy lucha por ser reconocido como apátrida.

El éxodo palestino es una de las historias que su abuelo le contaba desde pequeño para explicar el porqué de su nacimiento en Bagdad, donde mandaba por ese entonces Sadam Huseín, que se autoproclamaba en sus discursos defensor de la causa palestina, aquella que debía unir la «nación árabe».

Entre el 1 de junio de 1946 y el 15 de mayo de 1948, más de 900.000 palestinos -entre ellos un joven abuelo de Omar- se vieron forzados a buscar refugio en países vecinos. Sus descendientes son los hijos de la Nakba y su derecho a volver a Palestina sigue causando divisiones.

La madre de Omar terminó en Jordania, que sí le otorgó la nacionalidad, pero en Irak se les ofrece lo que los locales llamaban «privilegios» (derecho a educación, sanidad, trabajo), que no incluyen la ciudadanía iraquí, una estrategia política para mantener viva la lucha por su derecho a volver a Palestina.

«Yo nací como refugiado en Irak, igual que mi padre, y solo tenemos un certificado de nacimiento iraquí pero no un pasaporte ni una nacionalidad. Somos apátridas. Y mi madre, como mujer en un país musulmán, no tiene derecho a darnos su nacionalidad», subraya este joven, en una conversación con Efe.

Después de la muerte de Sadam Huseín, en 2006, el Parlamento iraquí aprobó despojar a los palestinos del estatus que les permitía disfrutar de los mismos derechos que los iraquíes.

Los palestinos, mayormente suníes, eran vistos con recelo por parte de la mayoría chií iraquí, perseguida durante años por el régimen suní de Sadam Huseín.

Estos cambios, rememora Omar, pusieron en una situación de vulnerabilidad a las familias palestinas, que debían «ocultar incluso su acento cuando se comunicaban con los iraquíes porque era ya peligroso vivir allí».

Lo intentaron durante casi cuatro años, pero al final decidieron huir en 2010 hacia lo que «consideraban una próspera Damasco». Allí lograron «una buena vida», sin ningún documento de identidad, hasta marzo de 2011, cuando de nuevo estalló la guerra.

«Otra vez. Era un ‘déjà vu’, vivir la guerra de nuevo», explica. La agencia de la ONU para los refugiados palestinos (UNRWA) les había comenzado a buscar un país que les pudiera acoger, pero «eso podía llevar años, incluso décadas», añade.

Por decisión de sus padres, Omar, entonces con 21 años, y su hermano, tres años más joven que él, abandonaron Siria en busca de un lugar más seguro.

«Salimos por Turquía. De allí en barco hacia Grecia, y una vez en Europa tuvimos que separarnos porque había más posibilidades de llegar por separado», explica.

Ambos acordaron verse en Suecia. Su hermano «llegó sano y salvo» pero Omar tuvo que hacer escala en el aeropuerto de Ámsterdam, donde la Policía le detuvo por viajar sin visado por la zona de libre circulación europea Schengen.

Al no tener ningún tipo de documentación, un abogado de oficio en el aeropuerto le recomendó pedir asilo en Holanda porque, de lo contrario, lo «deportarían de nuevo a Grecia para empezar de cero» y pelear con las mafias de tráfico de personas.

«Yo no tenía ni idea sobre este país, no quería quedarme aquí, quería irme con mi hermano a Suecia. Pero obviamente tampoco quería volver atrás, así que pedí asilo en Holanda y me mandaron a un centro de refugiados», cuenta.

Es ahí cuando empezó su «siguiente pesadilla, esta vez con la burocracia holandesa», que se niega a reconocerle como apátrida o como refugiado palestino.

Dos meses después de su llegada, las autoridades holandesas decidieron que, por su certificado de nacimiento iraquí, no tenía derecho a obtener asilo en Holanda porque, en 2013, Irak se consideraba aún «un país seguro» para vivir. Recurrió el expediente ante un juez y volvió a obtener la misma respuesta.

«Yo no tengo pasaporte iraquí. Al haber salido de allí, de ninguna manera me permitirían volver a entrar a Irak», subraya.

Los funcionarios que gestionaban su caso -recuerda- le enviaron a la sección especial para deportaciones de la oficina de inmigración (IND), donde un funcionario le subrayó que debía volverse a Irak.

«Cuando le dije que ¿cómo voy a volver?, me respondió que por el mismo camino por donde había venido. Eso me molestó mucho, me marché de allí sin saber qué hacer con mi vida. No conocía a nadie», asegura Omar.

A pesar de malvivir durante meses, Omar no desistió. En verano de 2014, cuando el grupo terrorista Estado Islámico invadió el norte de Irak declarando un «califato», el país ya no era seguro para el sistema holandés, lo que reabrió las posibilidades de solicitar asilo.

Ahora habla un perfecto neerlandés, que utiliza también para pelear con los funcionarios de inmigración y lograr lo que le corresponde por derecho: la condición de apátrida, con la historia de Palestina en la mano.

Por ahora, en la casilla de nacionalidad, el Gobierno holandés escribe «desconocida», en lugar de «apátrida», lo que para Omar es «solo una estrategia para alargar más su situación» porque una vez que le reconozca como «apátrida», Holanda estará obligada a otorgarle la ciudadanía después de tres años de residencia.

«Llevo ya ocho años aquí y es frustrante ver cómo jóvenes de mi edad tienen miles de planes para sus vidas, mientras yo peleo contra la burocracia. Estoy en el mejor momento de mi vida y no lo puedo disfrutar. Me están haciendo la vida imposible», lamenta.

Fuente: Imane Rachidi, Agencia EFE

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