Orientalismo, entonces y ahora

05 de junio de 2019

Por Adam Shatz

Orientalismo, de Edward Said, es uno de los trabajos más influyentes de la historia
intelectual de la época de la posguerra. También es uno de los más malinterpretados.
Quizá, el malentendido más común sea pensar que trata “sobre” Oriente Medio; por el
contrario, se trata de un estudio sobre las representaciones occidentales del mundo araboislámico, sobre lo que Said llamó “grilletes forjados por la mente”, después de William
Blake.

Los críticos conservadores lo malinterpretaron como una denuncia nativista de la
academia occidental, ignorando sus elogios a Louis Massignon, Jacques Berque y
Clifford Geertz; mientras que algunos islamistas alabaron el libro a partir del mismo
malentendido, ignorando el compromiso de Said con la política secular.

Desde la primera publicación del libro en 1978, Orientalismo se ha convertido en una de
esas palabras que concluyen conversaciones en los campus liberales, donde nadie quiere
ser acusado de orientalista no tampoco racista, sexista, homófobo o transfóbico. Que el
término orientalista sea ahora un epíteto comúnmente aplicado es un tributo al poder del
texto de Said, pero también a su vulgarización. Con Orientalismo, Said quería abrir una
discusión sobre la forma en que el mundo árabe-islámico ha sido imaginado por
Occidente, no evitar tener en cuenta los problemas de la región de los que era muy
dolorosamente consciente.

También era sumamente consciente de haber escrito una obra de historia que estaba
destinada, como todos estos trabajos, a convertirse en un documento histórico,
refractando las presiones y ansiedades de su momento. Orientalismo fue publicado hace
casi cuarenta años, en el momento de los acuerdos de Camp David entre Israel y Egipto
y la guerra civil libanesa, justo antes de la revolución islámica en Irán y cuatro años antes
de la invasión de Ariel Sharon de Líbano y las masacres en los campos de refugiados
palestinos de Sabra y Shatila. Miembro del Consejo Nacional de Palestina, al mismo
tiempo que apasionado lector de Foucault, Said pretendía que su libro fuera una historia
del presente, un presente, ahora pasado, muy diferente del nuestro.

Orientalismo es una obra de historia intelectual, basada en lecturas de una enorme
variedad de textos literarios y académicos. Pero, en esencia, su tesis puede ser condensada
en la propuesta de que el orientalismo es, en palabras de Said, “un estilo de pensamiento
basado en una distinción ontológica y epistemológica entre ‘Oriente’ y (la mayor parte
del tiempo) ‘Occidente.’” No dijo que las representaciones orientalistas del ‘otro’ de
Occidente fueran simples ficciones. Si lo fueran, serían mucho más fáciles de deconstruir
y de quitar. Mas bien al contrario, el orientalismo clásico recurrió a elementos de
conocimiento y erudición positivos, trabajo del que a menudo era admirador, a veces,
incluso, enamorado, de su objeto. El problema con el orientalismo no era que fuera falso
en un sentido crudamente empírico, sino que era parte de un sistema discursivo de
“saber/poder”, una expresión que Said tomó prestada de Foucault. El objetivo del
orientalismo, como sistema de representaciones, a veces explicito, más a menudo
implícito, era producir un Otro, mejor para asegurar la estabilidad y la supremacía del yo
occidental.

Orientalismo, como lo describe Said, es un discurso de los poderosos sobre los
indefensos, una expresión del “saber/poder” que es al mismo tiempo una expresión de
narcisismo. El síndrome está muy en evidencia hoy en día. Orientalismo es un embajador
extranjero en una ciudad árabe que menosprecia la preocupación popular sobre Palestina
y que representa a los árabes como una masa dócil que únicamente se despertó en 2011,
durante las revueltas árabes, y después volvió a ser una decepción para un Occidente
benévolo que simplemente busca ser un buen tutor. Es un “experto” occidental que reduce
el terrorismo islamista en Europa a una psicología del resentimiento, sin molestarse en
explicar por qué los ciudadanos europeos de origen musulmán pueden sentirse alienados.
Después le dice a un crítico árabe con el trabajo occidental que está siendo emocional por
objetar una presentación puramente basada en datos científicos y finalmente se enfurece
por ser malinterpretado por este terco oriental.

Por tanto, el orientalismo todavía sigue con nosotros, una parte del inconsciente político
de Occidente. Puede manifestarse en una variedad de formas: A veces como un sesgo
explícito; otras como una inflexión sutil, como el color del tono en una pieza musical; a
veces estallando al calor de una discusión, como la venganza de los oprimidos. Pero el
orientalismo de hoy, tanto en su sensibilidad como en su forma de producción, no es lo
mismo que el que Said discutió hace cuarenta años.

Orientalismo, después de todo, era en gran medida un producto de la era de Vietnam,
cuando “el mejor y más brillante” de Estados Unidos había llevado al país a un intrincado
atolladero en las junglas del sudeste asiático. Una nueva generación de expertos educados
en la Yvy League, como Said lo veía, estaba legitimando la profunda confrontación de
Estados Unidos con el mundo árabe, en especial sobre la cuestión de Palestina.
Orientalismo es, en su núcleo, una crítica del experto, el productor de conocimiento sobre
el mundo arabo-islámico, desde Flaubert y Montesquieu a Bernard Lewis y Daniel Pipes.
El reparto (y la calidad) de los personajes cambia. Su objetivo, sin embargo, se mantiene
bastante consistente.

La naturaleza aparentemente invariable del orientalismo provocó una gran cantidad de
críticas a la tesis de Said, y todavía lo sigue haciendo. Said estaba evidentemente más
interesado en explicar la continuidad que el cambio, porque estaba intentando establecer
la existencia de una tradición ideológica. Aun así, comprendió que el orientalismo era un
dinámico y flexible sistema de representaciones, que como estilo tenía una amplia gama
de expresiones y que sostenía un espejo para su tiempo. Esta capacidad para cambiar de
registro dependiendo del contexto político ha sido clave para su recuperación y vitalidad.
Tras el 11 de septiembre de 2001, la administración Bush reaccionó con una especie de
frenesí orientalista, anunciando la liberación de la mujer musulmana como una de sus
razones para invadir Afganistán y aplicando las ideas de Raphael Patai, experto en la
llamada mente árabe, en las tácticas de tortura usadas en Abu Ghraib. Bernard Lewis fue
invitado a una cátedra sobre las “raíces de la ira musulmana” en The Atlantic, los
periodistas viajaron a Cisjordania para investigar la furia de los suicidas palestinos, y
ningún tema evocó tanta preocupación compasiva como la necesidad de emancipar a las
mujeres musulmanas de sus violentos, irracionales y dominantes hombres, un topo
orientalista clásico. El lenguaje del orientalismo durante la era Bush no siempre fue
abiertamente racista, pero a menudo reflejaba un racismo basado en supuestas diferencias
culturales, diferencias que, según algunos expertos, justificaban una respuesta militar, así
como una tutela civilizacional en forma de “promoción de la democracia”.
Con el presidente Obama, el aferramiento al orientalismo pareció relajarse. Obama dejó
claro, en primer lugar, que no pretendía dictarsino cooperar con el mundo arabo-islámico,
e hizo gestos de bienvenida a Irán y al fin de la ocupación israelí en Cisjordania y Gaza.
Pero incluso el mensaje de su famoso discurso en El Cairo en 2009 se filtró a través de
un prisma orientalista, aunque más liberal y multicultural. No fueron pocos los oyentes
de la región que hubieran deseado que se hubiera referido a ellos como ciudadanos de sus
respectivos países y no como musulmanes, no solo porque algunos de ellos eran cristianos
o ateos, sino porque la religión no era más que un marcador de su identidad y no siempre
el más pertinente.

Una demostración extraordinaria de esto llegó menos de dos años después en las calles
de Túnez y Egipto. Los levantamientos árabes plantearon una gran cantidad de demandas
(democracia, estado de derecho, igualdad de ciudadanía, pan y libertad) entre las que no
estaban las religiosas.

Sin embargo, si los levantamientos demolieron el mito orientalista de que la religión es
una fuerza determinante, única en el mundo arabo-islámico, también alentaron y adularon
otra fantasía orientalista: que las personas de Oriente Medio simplemente quieren ser
como “nosotros”, que el liberalismo angloamericano es la finalidad natural de las
sociedades humanas y que esa “diferencia” con Oriente Medio es una aberración que
eventualmente se disolverá, con ayuda de Facebook y Google.

Después llegó el llamado invierno árabe. Desde entonces, el auge del Estado Islámico, o
Daesh, y el resurgimiento del salafismo han contribuido a restaurar el antiguo prisma, el
orientalismo de diferencia rígida e inmutable, tanto como ayudó a restaurar los antiguos
regímenes. Los líderes árabes y musulmanes también contribuyeron a la reconstrucción
de estas lentes distorsionadoras. Regímenes autocráticos como el del presidente Al Sisi
en Egipto tenían un interés obvio en promover la idea de que el ciudadano árabe
necesitaba, y de hecho prefería, una autoridad severa y patriarcal, aunque los derechos
humanos quedaran condenados. En cuanto a Daesh, estaba más vinculado que Al Qaeda
a la tesis de Samuel Huntington sobre un inevitable y apocalíptico choque de
civilizaciones que enfrentaría a la Umma contra los infieles. El orientalismo ha sido
durante mucho tiempo una coproducción, aunque no todos sus productores han tenido el
mismo poder.

Esta tendencia se ha mantenido con Trump, pero también ha habido una ruptura. Como
sistema de “saber/poder”, el orientalismo siempre ha estado basado en un deseo de saber,
y no simplemente construir, o incluso de denigrar, sobre el “otro”. De la fuerza
expedicionaria que envió Napoleón Bonaparte a Egipto en 1798 formaban parte 122
científicos e intelectuales, entre ellos un buen numero de orientalistas profesionales. La
historia del orientalismo es rica en historias de occidentales que asumen la representación
de los orientales, como si quisieran convertirse en, y no solo dominar, al “otro”.
Simplemente piensa en T.E. Lawrence en su romántico atuendo del desierto o, para poner
un ejemplo más extremo, a Isabelle Eberhard, una exploradora suiza en Argelia que vestía
como un hombre, que se convirtió al islam y se reinventó a sí misma en Si Mahmoud
Saadi a finales del siglo XX. Más Recientemente tenemos al personaje ficticio de Carrie
Anne Mathison, agente de la CIA interpretado por Claire Danes en Homeland, que se
pone una abaya y se sumerge en los callejones del zoco.

El conocimiento recopilado por exploradores y espías occidentales fue difícilmente
desinteresado: suscribió la colonización, guerras de conquista e intervención
“humanitaria”. Aun así, este orientalismo prefirió replantear las violentas conquistas de
Occidente como interacciones consensuales: seducciones, no violaciones. Políticamente
hablando, era a menudo liberal, republicano y secular, basado, al menos en principio, en
ganarse corazones y mentes, en asimilar al “otro” a los valores democráticos occidentales.
En el imperio francés, como argumenta Pierre-Jean Luizard en su nuevo libro, El islam y
la república, la colonización era un “proyecto dirigido por elites republicanas opuestas a
la derecha clerical, que era mucho más cautelosas sobre la expansión colonial”. Esto,
añade, es una razón importante por la que los opositores árabes y musulmanes del
gobierno francés llegaron a ver el secularismo liberal con tanta sospecha. Incluso el
orientalismo que justificó la invasión de Iraq tenía su lado conciliatorio: Tras el 11 de
septiembre, George W. Bush fue explícito sobre su rechazo a la islamofobia.

Bajo el mandato de Trump, la cara humanitaria del orientalismo casi ha desaparecido.
Esto puede parecer bueno, en la medida en que es una derrota de la hipocresía. Pero
también es algo más, algo mucho más oscuro. En 2008, escribí un artículo para el London
Review of Books sobre un documental llamado Obsession, que se había enviado en DVD
a 28 millones de estadounidenses como un suplemento publicitario en setenta y cuatro
periódicos. Obsession, que apareció por primera vez en Fox News y fue financiado por el
agente de bienes raíces estadounidense y simpatizante de Likud Sheldon Adelson, era un
credo de sesenta minutos cuyo principal reclamo era que 2008 era como 1938, solo que
peor, ya que hay más musulmanes que alemanes en el mundo y están geográficamente
más dispersos. Un enemigo dentro y también una potencia extranjera hostil: “No están
fuera de nuestras fronteras, están aquí.” El tono de mi artículo era sarcástico pero
desconcertante, porque no me tomé Obsession en serio por ser claramente sensacionalista
y marginal.

En retrospectiva, fue ingenuo. Obsession, en todo caso, prefiguró el tipo de temor y odio
hacia el islam y los musulmanes que Trump ha convertido en popular y ha convertido de
forma efectiva en ley, siendo la prohibición de viaje a musulmanes el ejemplo más
flagrante. El orientalismo en la época de Trump no tiene interés alguno en promover la
democracia u otros “valores occidentales” porque en estos valores ya no se cree o son
vistos como un obstáculo inconveniente para ejercitar el poder. Este nuevo orientalismo
habla en el lenguaje de los tratos y, más a menudo, en el de la fuerza y la represión.
Mantiene a los déspotas árabes en el poder y a los jóvenes árabes indignados en prisión.
A diferencia del orientalismo que Said analizó, este no requiere expertos como Bernard
Lewis y el difunto Fouad Ajami, un erudito libanés que se convirtió en el “informante
nativo” favorito de Dick Cheney. Se diga lo que se diga de Ajami y Lewis, eran escritores
e intelectuales. El orientalista de hoy será más probablemente un demoledor de números
que estudia informes policiales sobre sospechosos terroristas y que calcula los grados de
radicalización.

El estilo más antiguo de orientalismo, aunque no se ha extinguido por completo, es menos
útil para aquellos en el poder porque está basado en un profundo aprendizaje histórico y
literario que es un anatema para un presidente estadounidense que no tiene paciencia para
los libros y que es gobernado por sus impulsos. Internet y las redes sociales han despojado
de gran parte de su autoridad a aquellos que una vez fueron vistos como expertos y a
cambio ha empoderado a los no expertos, aquellos que exhiben el anti-intelectualismo
como una virtud e incluso como una fortaleza. Las consecuencias de esta crítica de la
experiencia han demostrado ser, en el mejor de los casos, ambiguas, ya que pueden
prestarse a la ignorancia, la intolerancia y la irracionalidad en lugar de proporcionar una
base para el conocimiento contrahegemónico que Said visualizó.

El orientalismo de hoy, el orientalismo de Fox News, la Eurabia de Bat Ye’or y Steve
Banon, es un orientalismo basado no en la erudición tendenciosa, sino en la ausencia de
erudición. Su eurocentrismo, que se nutre de la idea de que Europa está bajo amenaza de
las sociedades musulmanas y otros países de mierda, es una teoría de la conspiración no
disimulada. Se ha propagado no a través de librerías y bibliotecas sino de Twitter,
Facebook y la dark web. También, bajo el mandato de Trump la remodelación de la
política exterior estadounidense respecto a las líneas de la estrategia israelí (lo que es una
creciente dependencia de la fuerza militar en su trato con los árabes y musulmanes) se ha
consumado con el apoyo de judíos conservadores y de un apoyo aún mayor de los
evangélicos.

El racismo anti-musulmán de Trump no tiene precedentes para un presidente
estadounidense, pero no es raro en otras partes. Pueden encontrarse réplicas similares en
Francia, donde un viejo discurso colonial con raíces en la Argelia francesa se ha usado
contra ciudadanos de segunda y tercera generación de origen musulmán que siguen siendo
descritos como inmigrantes y siguen siendo considerados mal preparados para la
“integración” y la “asimilación” de los valores franceses republicanos de laicidad.

También pueden encontrarse en Escandinavia, Hungría, Italia y Alemania. En realidad,
en todos los países donde la idea de una “fortaleza europea” se ha afianzado.
Este es el orientalismo de una era en la cual el liberalismo occidental se ha sumergido en
una profunda crisis, agravada por las ansiedades respecto a los refugiados sirios, las
fronteras, el terrorismo y, por supuesto, el declive económico. Es un orientalismo en
crisis, poco curioso, vengativo y, a menudo, cruel, impulsado por el odio en lugar de la
fascinación. Un orientalismo de muros en lugar de transfronterizo. La forma antiintegracionista e islamófoba del orientalismo contemporáneo es suficiente para hacer que
uno sienta nostalgia del orientalismo romántico y lírico que Mathias Énard elogia como
puente entre Oriente y Occidente en su novela ganadora del Premio Goncourt de 2015,
Compass.

Si el orientalismo ha adoptado un creciente tono hostil anti-musulmán, esto es porque
“Oriente” está dentro de “Occidente”. Esto es un choque no de civilizaciones sino la
colisión de dos fenómenos coincidentes: la crisis del capitalismo neoliberal occidental,
que ha agravado las tensiones sobre identidad y ciudadanía, y el colapso de los Estados
de Oriente Medio en la guerra, que ha alimentado la crisis de refugiados. Y como
resultado, dos formas de políticas de identidad (que reflejan una visión orientalista
caricaturizada del Oriente musulmán) se están retroalimentando: por un lado el populismo
de derechas y por otro el islamismo yihadista.

El orientalismo que Said describió era un asunto de geopolítica, el “conocimiento” que
Occidente necesitaba en la era de los imperios y el colonialismo. El duro filo del
orientalismo de hoy se enfoca en el frágil tejido de las políticas nacionales, la posibilidad
de coexistencia, especialmente en Europa y los Estados Unidos. El “yo” Occidental,
producido por este orientalismo contemporáneo, no es un/a liberal que mide su libertad o
razón por la ausencia o debilidad de estos conceptos en Oriente. Es un hombre blanco,
asediado y agraviado, en pie, con un dedo en el gatillo apuntando a los barbaros que han
conseguido traspasar las verjas. No es Lawrence de Arabia, ni siquiera El americano
impasible. Es Harry el sucio.

El paisaje contemporáneo es sombrío y no hay manera de evitarlo. Pero también existe
una considerable resistencia al orientalismo y su descendencia. Lo vemos en los
levantamientos ciudadanos en Argelia y Sudán, que han demostrado el poder
imperecedero de los valores democráticos en un periodo de regresión autoritaria, y en el
surgimiento de un movimiento creciente para oponerse a la ocupación israelí, basado en
los mismos ideales de justicia racial que dieron forma a la lucha por la libertad de los
estadounidenses negros. En la esfera cultural, lo escuchamos en la música del maestro
tunecino Anwar Brahem, quien ha producido un trabajo notable con jazz y músicos
occidentales clásicos, y en el Free Palestine Quartet del compositor de Nueva York John
King. Cada uno de sus movimientos está basado en modos melódicos árabes y unidades
rítmicas, y está dedicado a un pueblo destruido en 1948.

La novela Compass, de Énard, es quizá el esfuerzo más ambicioso hecho en la ficción
contemporánea para trascender la herencia opresiva del orientalismo. Paradójicamente,
vía la propia tradición orientalista. Y, sin embargo, no tiene mucho éxito porque pasa por
alto las jerarquías y desigualdades que marcaron incluso las formas mas avanzadas e
ilustradas de la academia orientalista. También, de manera crucial, porque ignora el
capitulo central en la historia orientalista francesa, la colonización de Argelia. Un extraño
y contundente silencio. A pesar de las intenciones de Énard, Compass sigue siendo una
historia de Occidente más que una dialéctica genuina. Una limitación que también afecta
a gran parte del cine europeo reciente sobre sus “otros” internos.

En Happy End (2017), del cineasta austríaco Michael Haneke, los refugiados de Calais
aparecen brevemente en la pantalla como inquietantes recordatorios del privilegio e
hipocresía occidentales, pero nunca se les da nombre. Son poco más que dispositivos,
como el árabe sin nombre en El extranjero, de Albert Camus. El drama de The Unknown
Girl (2016), de los hermanos Dardenne, gira en torno a la crisis de conciencia que
experimenta un joven médico belga que se enfrenta a la muerte de una joven prostituta
africana. Una vez más, la figura del africano, del musulmán, es pasiva, una víctima sin
agencia, un objeto de lástima o desprecio.

Una notable excepción es la extraordinaria película de Aki Kaurismäki, The Other Side
of Hope (2017), que trata sobre un joven refugiado sirio en Finlandia, Jáled, que lleva una
vida clandestina, evitando ser capturado por las autoridades con la ayuda de un grupo de
fineses que actúan por solidaridad, no por caridad. Al mismo tiempo es acosado por una
banda neofascista. Jáled está decidido a ser el héroe de su propia historia, aceptando la
ayuda de sus amigos finlandeses, pero solo en términos de igualdad, luchando con su
ingenio para conseguir una vida digna para él y su hermana en el nuevo viejo mundo de
Europa. Kaurismäki es un cineasta demasiado honesto para recompensar a su protagonista
con un “final feliz”, burlándose del título de Haneke. A diferencia de este, se alinea con
la perspectiva del “otro” musulmán de Europa y no permite ver, por un momento, cómo
puede ser el mundo más allá del orientalismo.

Orientalismo, de Said, no fue la última palabra sobre el tema ni lo pretendía. La decisión
de Angela Merkel de reasentar a un millón de refugiados sirios, y la alianza de Putin con
el régimen de Al Asad subrayan el fallo de Said al no decir nada sobre el orientalismo
ruso o alemán (una de las críticas más persuasivas que surgieron en ese momento). Pero
la advertencia de Said sobre la “sugerente degradación del conocimiento” ha preservado
su poder de castigo. En las últimas semanas, mientras la administración Trump
intensificaba su campaña de intimidación financiera y su amenaza militar contra la
República Islámica de Irán, se nos recordaba que “los discursos de poder… se hacen,
aplican y protegen con demasiada facilidad”. Aunque Trump puede carecer de la sed de
batalla de John Volton, también ha amenazado en Twitter con “acabar” con Irán. La
guerra seguirá siendo una tentación mientras los Estados Unidos no vean el mundo arabomusulmán como un tejido complejo de diversas sociedades humanas, sino como un “mal
barrio” gobernado por mulás iraníess y dictadores árabes, terroristas palestinos y
yihadistas del Daesh.

Como Said argumentó, el fallo del orientalismo fue “tanto humano como intelectual,
porque al tener que asumir una posición de irreductible oposición a una región del mundo
considerada ajena, el orientalismo no supo identificarse con la experiencia humana ni
verlo como una experiencia humana”. Si la “guerra mundial contra el terror” nos ha
enseñado algo en los últimos diecisiete años y más, es que el camino hacia la barbarie
comienza con este fracaso.

https://www.nybooks.com/daily/2019/05/20/orientalism-then-andnow/?fbclid=IwAR26gC5UrQzStgkLIfKwctgBEhE8AdXwqa4o3DmP0JQu0cVQ_Ts-XDhwEB4

Fuente: Rebelión

 

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