Una ventana a la ocupación y supervivencia en una tierra no tan santa. El maratón de Palestina

27 de abril de 2019
TomDispatch

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

Nunca tuve la intención de correr un maratón, pero cuando me di cuenta de que durante el Maratón de Palestina 2019 iba a estar por la zona, me inscribí. Lo hice en solidaridad con los objetivos del bien llamado Derecho al Movimiento, la comunidad mundial de corredores fundada en 2013 para organizar allí el primer maratón anual.

No obstante, no se me escapó la ironía de que en el entrenamiento para un maratón destinado a reivindicar el derecho a la libertad de movimiento, iba a utilizar mi privilegio como extranjera para entrar en unas tierras a las que sus propios habitantes palestinos no podían acceder. Me entrené en Cisjordania, salpicada de asentamientos israelíes, puestos de control y bases militares; en la Franja de Gaza, el enclave costero mediterráneo bajo bloqueo israelí desde 2007; en la ciudad norteña israelí de Haifa; y en Jerusalén, cuya zona occidental ocupó Israel en 1948, para luego apoderarse de su zona oriental en 1967.

Aunque era consciente de que tendría que afrontar desafíos durante mis carreras de entrenamiento, lo que no había previsto era la ventana que me iba a proporcionar a las vidas de los palestinos que viven bajo la ocupación israelí.

14 de febrero: Carrera de entrenamiento de 24 kilómetros por la zona norte de Cisjordania

Hago estiramientos justo después del amanecer en el porche reconstruido de la familia Dawabsheh en el pueblo de Duma, frente a los restos calcinados de la casa de sus vecinos. Me reuní con Iman, Ma’amun y sus cinco hijos en julio de 2015, después de que un colono israelí incendiara su casa y la de esos vecinos (y primos lejanos) Sa’ad y Riham Dawabsheh. La familia de Iman no estaba en casa en aquel momento. Sa’ad, Riham y sus hijos no tuvieron tanta suerte. Ahmad, de cuatro años, fue rescatado del incendio y, a pesar de las graves quemaduras, logró sobrevivir. Aunque Riham y Sa’ad también fueron sacados del infierno, sucumbieron ante la gravedad de sus heridas. El diminuto cadáver calcinado de Ali, de dieciocho meses, fue encontrado entre las ruinas de la casa una vez extinguidas las llamas.

Empiezo a calentar corriendo lentamente por el pueblo, imaginando los primeros pasos del bebé Ali sobre sus piernecitas temblorosas de niño pequeño. Corro entre los cobertizos de cabras de Ma’amun, atravieso olivares hasta llegar a la carretera principal y entonces me encamino hacia el sur. Veo letreros que indican la dirección de Shiloh y Shvut Rahel, asentamientos israelíes en las profundidades de Cisjordania, y adelanto a jóvenes armados que hacen autostop con quipas de punto.

Carreteras secundarias estrechas y blanqueadas al sol serpentean alrededor de colinas rocosas y de las aldeas vecinas. En una de esas carreteras, los vehículos del ejército israelí me superan mientras unos soldados adolescentes me miran, con armas de asalto en sus regazos, desde la parte trasera de un jeep abierto. Llego enseguida hasta la entrada de una base militar israelí y me doy rápidamente la vuelta antes de que alguien se acerque a interrogarme.

El aire va caldeándose, pero tengo más kilómetros que recorrer, así que tomo un camino pedregoso y me encuentro enseguida en las afueras de otra aldea. Al sacar mi teléfono para ver dónde estoy, me sobresalto y vuelvo a verificar la información. No me había dado cuenta de que Mughayyir estuviera tan cerca de Duma. Había estado en Mughayyir solo una semana antes con la organización israelí de derechos humanos B’Tselem. Los residentes de la aldea nos habían hecho de guías para mostrarnos las consecuencias de un reciente ataque de los colonos israelíes desde el cercano puesto de avanzada de Adei Ad. Los campesinos estaban trabajando en sus tierras aquí -un hombre nos indicó la pendiente detrás de él mientras la espesa niebla iba acumulándose-. Los colonos armados vinieron desde ese puesto de avanzada -señaló una colina cercana- y comenzaron a atacar a los aldeanos. Una bandera palestina ondeaba bajo un cielo cubierto, marcando el lugar donde Hamdi Na’asan, de 38 años, había sido asesinado a tiros.

Corrí hacia Duma pensando en la foto que había visto de Na’asan sosteniendo a sus cuatro hijos. No fue hasta que adelanté a más jóvenes armados con quipas cuando acerté a comprender. Los colonos que asesinaron a Hamdi Na’asan vinieron del puesto de Adei Ad. El colono que quemó y mató a Ali Dawabsheh también había vivido en Adei Ad.

Un pastor de cabras me saluda desde una colina dispuesta en bancales escalonados cuando estoy cerca de la entrada a Duma. Es Ma’amun Dawabsheh.

22 de febrero: Carrera de entrenamiento de 26 kilómetros por la Franja de Gaza

Me dirijo hacia el puerto marítimo de Ciudad de Gaza. El sol aún no ha alcanzado su cenit. El aire es fresco y limpio. Corro hacia el sur junto a las olas, aliviada de que su pulso rítmico ahogue el ruido de los drones israelíes por lo alto. Su incesante zumbido me pone siempre nerviosa. Una madrugada de 2004, drones armados mataron a dos militantes en el exterior del edificio donde estaba alojada. Los niños recogieron pedazos del cuero cabelludo de los hombres en pequeños palos y me los presentaron para que los filmara.

Paso corriendo por delante de unos jóvenes que manejan con gracia tablas de surf con remo y de otros muchachos que empujan viejos esquifes de madera hacia el mar. Una anciana está recolectando algo de la arena, no podría decir si eran conchas o carnada. A los 6,5 kilómetros de carrera, veo una tubería incrustada en el costado de un alto acantilado arenoso que descarga una corriente de agua demasiado ancha para que la cruce. Examino el acantilado, ansiosa por llegar a la carretera costera que hay sobre él, y diviso una escalera de cemento en mal estado. No puedo imaginar a dónde lleva, pero subo por ella. Corro por las escaleras y me encuentro entre los restos en ruinas de un edificio, probablemente bombardeado por cañoneras israelíes durante la guerra de 2014.

La escalera que conduce al edificio en ruinas a pocos pasos del mar

Corro por esas ruinas hasta llegar a un muro circundante y a una puerta cerrada, trepo al muro, salto a la acera y continúo trotando. Solo entonces me pregunto si alguien ha podido verme. Una mujer extranjera que aparece de la nada, que salta de un muro que rodea un edificio destruido y sale huyendo, es de todo menos discreta. Casi espero que hombres armados en motocicleta se detengan y empiecen a interrogarme, pero el camino, para alivio mío, permanece desierto.

Regreso a la playa y troto hasta llegar a Wadi Gaza, un humedal rico en biodiversidad que fue declarado reserva natural en 2000. Sin embargo, cuando visité este valle por primera vez en 2012, el agua dulce que en otro tiempo fluía hacia el mar ya había sido reemplazada por desechos humanos de los campamentos de refugiados cercanos. Regresé en 2015 y descubrí que se había construido una pequeña planta de tratamiento de aguas residuales que aún no había entrado en funcionamiento. Durante 18 meses, Israel había estado retrasando la llegada de los aireadores que mezclan oxígeno con las aguas residuales. Finalmente, ese año, después de unos meses, se permitió su entrada en la Gaza bloqueada. La planta estuvo activa hasta 2017, pero dejó de funcionar debido a la escasez de electricidad en curso en la Franja. El río de aguas residuales sin tratar que ahora enfrento es solo una pequeña parte de los casi cuatro millones de pies cúbicos de excrementos q ue se estima van ahora a parar al mar desde la Franja.

Corro hacia el puente de la carretera costera, trotando junto a la enorme pileta de la planta ahora llena de residuos. No puedo contener las arcadas. Dejo pronto el hedor detrás de mí, consciente de que los residentes de Wadi Gaza tienen que soportar ese olor -con los riesgos para la salud y los mosquitos- todos los días.

No hay aceras ya. Unos chicos curiosos subidos en carretas tiradas por burros me miran fijamente. A la mitad de mi carrera de entrenamiento, regreso a la playa y me doy la vuelta. Los adolescentes, que beben té ante una pequeña fogata, detienen su jovial conversación para animarme.

A medida que el puerto marítimo de Gaza reaparece, brumoso en la distancia, dos explosiones atronadoras retumban de repente. Miro alrededor, pero no hay nadie a la vista que me diga qué las causó. Poco después, paso junto a las familias que disfrutan del paseo marítimo de Ciudad de Gaza, niños pequeños montados en triciclos, chicos que juegan al fútbol. Dos mujeres caminan en mi dirección completamente cubiertas (aparte de sus ojos) con un niqab negro. ¿Qué pensarán de una mujer extranjera que corre con la cabeza descubierta? Doy un “buenos días” en árabe cuando nuestros caminos se cruzan. Una de ellas aplaude, la otra levanta el pulgar y ambas gritan: “¡Brava aleiki!” (¡Bravo por ti!).

Las explosiones, según me cuentan más tarde, eran cohetes que los combatientes de Hamas habían disparado hacia el mar “para hacer pruebas”.

3 de marzo: Carrera de entrenamiento de 16 kilómetros por la Franja de Gaza

Corro hoy hacia el norte por la estrecha acera que atraviesa el campo de refugiados de la playa a la luz del sol naciente. Los guardias que se encuentran cerca de la casa del líder de Hamas, Ismail Haniyeh, no me prestan atención, pero los niños pequeños me miran desde las puertas de las destartaladas moradas de bloques de hormigón, con sus techos de zinc corrugado asegurados con pedazos de ese mismo material. Ochenta y seis mil refugiados viven en una tercera parte de 1,5 kilómetros cuadrados en el campo de la playa de Shati, lo que lo convierte en uno de los lugares más densamente poblados del mundo.

El escarpado acantilado que bordea el mar está plagado de piezas de automóviles, electrodomésticos rotos, bloques de hormigón irregulares y barras de acero retorcidas. Un hombre y un adolescente empujan un pequeño esquife hacia el agua para probar suerte con la pesca matutina. Es probable que su suerte sea escasa. Después de todo, la marina israelí permite pescar solo hasta seis millas náuticas de la costa, una restricción que limita la captura y agrava la ya endémica pobreza del campo situado junto a la playa. En 2015, acompañé a Majd, del campo de Shati, en un viaje de pesca nocturno. Capturando sardinas en su red bajo las estrellas, me contó acerca de los pescadores que conocía y a los que habían disparado cuando estaban en el mar. El peligro continúa: en 2018, la marina israelí mató a un pescador, hirió a otros seis y arrestó a 53.

Después de atravesar el campo, conecto con un camino de tierra y sigo adelante hasta que puedo ver lo que parece ser una valla fronteriza en la distancia. Los soldados israelíes disparan menudo sobre los palestinos que consideran que se han acercado demasiado a la barrera que Israel construyó entre 1994 y 1996 para controlar el movimiento de personas y mercancías dentro y fuera de la Franja de Gaza. Precisamente la semana anterior había visto a una persona a la que los soldados israelíes habían disparado en una manifestación en otra sección de la barrera. Creo que era Yusef al-Dayah, de 14 años, que murió a causa de las heridas, pero no estoy segura. Como no quiero arriesgarme a acercarme demasiado, me doy la vuelta y me dirijo de nuevo a Ciudad de Gaza.

Las chabolas de los pescadores que tengo por delante parecen idílicas, pero cuando me acerco, un perro y luego otros muchos comienzan a ladrar furiosamente. Emprendo la retirada pero me persiguen. Dada la escasez crónica de medicamentos en Gaza, me pregunto si en caso de que un perro me mordiera, habría disponibilidad de vacunas contra la rabia. Me detengo y los perros gruñendo me rodean. “Fuera”, ordeno severamente y, para mi sorpresa, se van.

Camino cautelosamente hacia la carretera principal y, cuando los perros recuperan sus posiciones bajo el sol, me pongo a correr de nuevo.

7 de marzo: Carrera de entrenamiento de 27 kilómetros por Haifa

El hebreo y el árabe se mezclan libremente a mi alrededor en el paseo marítimo de Haifa, que parece carecer de la tensión a la que estoy acostumbrada en otras ciudades mixtas de Israel. Paso por delante de la casa en la playa que alquiló la familia de Rachel Corrie durante el juicio civil que presentaron contra el Gobierno de Israel. Rachel, una activista estadounidense por los derechos humanos, había estado tratando de proteger de la demolición la casa de una familia palestina en Rafah, Gaza, el 16 de marzo de 2003. Una excavadora militar israelí atropelló a Rachel, aplastándola hasta matarla. Ayudé a la familia Corrie con la logística durante el juicio en 2010, trabajando en esa misma casa de la playa donde se alojaron los padres de Rachel y cuatro testigos internacionales. Las olas estaban en calma cuando la afligida familia se enfrentó al Estado israelí. La familia Corrie perdió el caso.

12 de marzo: Carrera de entrenamiento de 32 kilómetros por Jerusalén Este y Oeste

Sigo por caminos de tierra a través del escaso bosque de Jerusalén y luego, aturdida, me detengo. Un vagón de ganado está suspendido por encima de mí en las vías del tren. Sin querer he corrido hacia los terrenos de Yad Vashem, el museo del Holocausto. Me siento avergonzada de estar corriendo tan despreocupadamente por un sitio que recuerda una de las atrocidades más terribles de la humanidad, así como el pensamiento de horror de aquellos que fueron conducidos a ese vagón de ganado y a otros muchos como este. Me acordé de mi primera visita a Yad Vashem en 1997. Nuestro guía explicó que el vagón de ganado se encontraba frente a las amplias colinas de Jerusalén para agitar intencionadamente el sentimiento sionista y sugerir que Israel -y su capital eterna, Jerusalén- eran la esperanza del Holocausto. La vergüenza y el horror que siento están llenos de rabia porque el vagón de ganado frente a mí, y la tragedia que representa, se han explotado para justificar el colonialismo de asentamientos en la región.

Me hallo ante la Puerta de Herodes, a las afueras de la Ciudad Vieja de Jerusalén, exactamente en la marca de los 32 kilómetros. Necesito hidratarme, ducharme y descansar, pero las entradas a la Ciudad Vieja están bloqueadas por la policía israelí. Me uno a unos cuantos jóvenes que observan desde el lateral mientras aumentan las tensiones entre los palestinos a quienes se les impide la entrada y la policía. Un colono israelí se acerca a la Puerta de Herodes. La policía le permite pasar.

“¿Qué ha pasado?” pregunto.

Al parecer, alguien había lanzado una bomba incendiaria contra una comisaría de policía israelí en Haram al-Sharif/Monte del Templo, uno de los lugares más sagrados del islam y el judaísmo, que fue durante mucho tiempo un punto crítico en el conflicto palestino-israelí. Este último estallido se produjo por influencia del Waqf Islámico, la custodia religiosa que administra los lugares sagrados musulmanes en y alrededor de la mezquita de Al Aqsa y que se encarga de abrir Bab al-Rahma, la única puerta de la Ciudad Vieja que conduce directamente a Haram al-Sharif/Templo del Monte. Los grupos de extrema derecha israelíes aprovecharon ese suceso y lo utilizaron como forraje político para promover su sueño mesiánico y nacionalista de reconstruir aquí un templo judío, exacerbando los temores de los palestinos de que Israel intente dividir el lugar sagrado.

La Puerta de Herodes se abre media hora después. Camino hacia la casa de mis amigas y paso junto a una madre que habla en hebreo con su hija pequeña. Me doy cuenta de que he estado escuchando más hebreo que nunca en el barrio musulmán de la Ciudad Vieja, un signo del insidioso asentamiento judío en la Jerusalén oriental ocupada.

21 de marzo: Llegada a Belén

Fui tranquilamente caminando hasta la Plaza del Pesebre para recoger mi kit para el maratón. Las tiendas están cerradas. Ayer, los soldados israelíes mataron a Ahmad Manasra, de 26 años, cuando detuvo su automóvil en al-Khader (a las afueras de Belén) para ayudar a un hombre herido al que también había disparado un soldado. Belén está haciendo huelga general para llorar a Manasra. Estudio el mapa incluido en el kit: mañana correremos a través de al-Khader, no lejos de donde fue asesinado.

22 de marzo: El maratón se inicia en Belén

A las 5:30 de la mañana, llego a la Iglesia de la Natividad, hago estiramientos y me tomo una taza de café árabe Dixie. La Plaza del Pesebre brilla bajo la luz de la mañana mientras se llena lentamente de corredores. Aquellos de nosotros que intentamos completar los 42 kilómetros nos dirigimos a la línea de salida y comienza la carrera. Un breve descenso desde la Iglesia va seguido de un tramo largo y uniforme con una vista abierta de la salida del sol sobre la ciudad vecina de Beit Sahur. Pasamos al campo de refugiados de Aida, bajo una escultura de una llave gigante que simboliza el derecho de los palestinos a regresar a las casas de las que fueron expulsados ​​ durante el establecimiento del Estado de Israel en 1948.

Amanecer sobre Beit Sahur durante el maratón

Al poco tiempo, vamos corriendo por Dheisheh, otro campo de refugiados. En marzo de 2002, mis amigos Fadi y Nayib me llevaron allí a visitar unos hogares que el ejército israelí había reducido a escombros durante una incursión a principios de ese mes. Las palabras de Fadi en el video que filmé regresan ahora a mí: “Esta es la casa de unos refugiados de 1948. Vinieron aquí y construyeron el campamento para sus familias y otros refugiados. Y les sucedió lo mismo en 2002. No saben ya qué hacer”. Fadi se quedó en silencio y luego agregó: “Pero estoy seguro de que volverán a reconstruir el campamento”.

Entramos en al-Khader, pero no podemos llegar más lejos sin encontrar un puesto de control israelí. Los medios maratonistas giran aquí y corren de regreso a la Iglesia de la Natividad, donde se detienen. Aquellos de nosotros que corremos el maratón completo, repetiremos simplemente la carrera para evidenciar al menos el derecho al movimiento. En el cono que marca el punto de vuelta, susurro en silencio una oración laica por Ahmad Manasra, asesinado cerca de aquí hace dos días, y regreso a la Iglesia. Completo los 42 kilómetros en 4 horas y 57 minutos.

*****

Han sucedido muchas cosas desde ese maratón de hace solo un mes: una confrontación entre Israel y Hamas en la Franja de Gaza; las elecciones israelíes, que han concluido con una futura coalición de gobierno liderada una vez más por Benjamin Netanyahu que probablemente propagará más intolerancia y racismo.

Pero en medio de todo eso, hay un incidente que me persigue especialmente. El 27 de marzo, el ejército israelí mató a Sayed Muzher, un paramédico de 18 años, en el campo de refugiados de Dheisheh. En una foto del incidente, se ve a vehículos del ejército que se desplazan por la carretera principal del campo, mientras unos muchachos palestinos lanzan piedras llenando la calle detrás de ellos. Cinco días antes, había querido que mis piernas me impulsaran por ese mismo camino.

Es el contraste que me sigue todavía inquietando semanas más tarde en Brooklyn. El maratón de Belén -destinado a resaltar el derecho de los pueblos al movimiento- quedó marcado por los asesinatos de Ahmad Manasra en al-Khader y Sayed Muzher en Dheisheh.

Mirando la foto del rostro juvenil de Muzher y pensando en Manasra, Hamdi Na’asan y Ali Dawabsheh, en el inmenso sufrimiento de las personas asediadas de Gaza, hay algo que tengo muy claro: el derecho a la libertad de movimiento debe ser inalienable y estar inextricablemente vinculado al derecho a sentirte seguro en tu propio hogar, el derecho a cultivar tus propias tierras, el derecho a pescar en el mar. El derecho a vivir. Y a progresar.

Jen Marlowe, colaboradora habitual de TomDispatch, es una periodista estadounidense, escritora galardonada, documentalista, dramaturga, asociada de Just Vision y coproductora de su película Naila and the Uprising. Es asimismo la fundadora de Donkeysaddle Projects.

Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/176555/tomgram%3A_jen_marlowe%2C_running_for_the_right_to_thrive/#more y Rebelión

 

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