Drones, violencia con mando a distancia

Foto: soldados israelíes observan un dron militar, tipo IAI Eitan, en la base aérea de Tel Nof de Tel Aviv.

08 de marzo de 2018

Por Mariano Ali

La guerra cuerpo a cuerpo ha cambiado con los desarrollos tecnológicos. A la furia, el sudor, el oficio de aniquilar al enemigo, la sangre, la estrategia y la táctica se le han unido además los instrumentos creados por el hombre con el fin de masificar la muerte o ser más «selectivos» a la hora de consumarla. La tecnología sofistica el empleo -arte para algunos- de la guerra cuando el entendimiento no tiene cabida entre las diferencias grupales o individuales.

La obra creada por la sociedad como enunciado de su razón se convierte en expresión de su propio fracaso de coexistencia: se ingenia en este caso el artificio para someter, eliminar o poseer lo que en el plano del dialogo no se considera posible. Nada queda de las luchas de Aquiles y su temeraria espada recubierta en su filo de lo épico y la ponzoña de hombres devastados por la majestuosidad de tan excelso luchador, menos aún se puede ver en nuestra época el heroísmo de las Termópilas y 300 espartanos resistiendo hasta su muerte las astucias de los persas liderados por el temible Jerjes. Homero en sus tiempos de gloria planteaba que los hombres debían luchar cuerpo a cuerpo, sin artificios. En la actualidad los mitos de supuesta gallardía de corazones púrpura y tropas corajudas tienen la impronta tecnológica de soldados que en muchos casos desconocen la razón de sus embestidas en el campo de batalla. Hoy el calibre de algunos ejércitos es de otra tesitura, la guerra tiene otras dimensiones, carece de valentía y más de filigrana robótica. La estrategia es otra y en circunstancias emula las atmósferas de los video «juegos»; esos que hipnotizan, que perturban, que excitan a los jóvenes y estampan una nueva realidad apostillada de píxeles, gritos en estéreo y blancos seleccionados en un menú estigmatizado como reflejo de la guerra o las invasiones a las que ya nos tienen «acostumbrados» los miserables de estos tiempos.

La mediación del cuerpo por el artilugio de guerra te separa de la conexión fibrosa de la carne en el aniquilamiento del adversario, «censura» la sensibilidad que antes otorgaba el estrangulamiento, la fractura, la luxación, la asfixia mortal con las manos.  El 4 de noviembre de 2002 la modalidad de los drones había incursionado en el terreno de batalla, el aniquilamiento de cinco supuestos integrantes de Al Qaeda en Yemen marcaría una nueva forma de confrontar a los enemigos. A la aparente despersonalización que confiere el uso de drones supone una conjetura moral: mientras no veo a quien asesino, cuanto más distante estoy de sus gritos y de su olor, menos o nada perturba mi conciencia, el efecto post traumático será más leve. Esto incluso ha generado conflictos en las propias fuerzas armadas de los Estados Unidos, quienes en el año 2013 rechazaron una ley propuesta por el Pentágono en la que se le pretendía otorgar una medalla a aquellos operadores de aviones no tripulados que desde Nuevo México (una de las tantas bases de operaciones que existen en el mundo), fueron certeros con su joystick al maniobrar sus drones en las convulsionadas tierras iraquíes y afganas eliminando a sus blancos. Sólo desde Dubái la Fuerza Aérea de los Estados Unidos pueden dirigir 65 ataques simultáneos bajo esta sofisticada modalidad. El repudio de los veteranos de guerra de ese país fue tan contundente que el secretario de defensa estadounidense engavetó esta iniciativa con la que se le pretendía rendir tributos a los ciberguerreros. La medalla de honor a Brandon Bryant, quien recientemente confesó estar involucrado en el asesinato de más de 1.626 personas bajo esta modalidad deberá esperar, por ahora este sitial pertenece a Dillard Jhonson, francotirador de los EEUU más letal de la historia de esta nación con 2.746 víctimas en su inventario, todas ellas «directas» sin manchas térmicas vistas desde kilómetros, sólo la bala, la mira telescópica y el blanco.

La lógica de los drones es la del arco, la ballesta, la catapulta, el cañón, la mira telescópica, la bazuca, la granada, la mina, la bala, el tanque; es el distanciamiento entre el blanco y su verdugo, el tino y la «moralidad» del aniquilamiento de la masa o sujeto vistos como hostiles, sin posibilidad de entendimiento, la razón reducida a estadísticas sobre blancos alcanzados y eliminados o por eliminar; la humanidad se torna verde, blanco y negro, imágenes captadas que se «filtran» en YouTube con arrogancia como un mensaje de advertencia a quienes se oponen a esta táctica de enfrentamiento donde no hay cantos de gloria sino redes, antenas, fibra óptica, conexiones satelitales, destreza quirúrgica del verdugo sin una gota de sudor.

El sociólogo polaco Zygmunt Baumann y David Lyon explican en su libro La vigilancia líquida que «Las nuevas tecnologías abren una brecha entre los seres humanos y sus responsabilidades morales en relación con los demás, en la misma medida en que lo hizo la burocracia antes». Baumann en detalle lo denomina la adiaforización, un neologismo creado por este autor en el que señala como a las tecnologías empleadas para ejercer violencia se les quiere eliminar cualquier interpelación ética a quienes las crean o usan. La moral «teledirigida» pretende ser despersonalizada, si el artificio no da al blanco «correcto» la culpa es de la tecnología no de quien la maneja, los medios de difusión y las potencias militares a este «acto fallido» lo denominan «daños colaterales».

Los drones son instrumentos de las neoguerras, ponen en evidencia además como se acortaron los límites entre lo lúdico y las estrategias de guerra, exaltan por otro lado las nuevas formas de vigilancia que el poderío militar ejecuta para mantener asediados y vigilados a los que consideran enemigos. El vigilante se «invisibiliza» y sólo queda su artificio levitando, merodeando desde las alturas con cámaras que detectan el calor, la ansiedad, los movimientos de sus enemigos.

 

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