Dos sangres

23 de enero de 2020

El poder despiadado de la dominación carnívora juega sus lazos de hiel convincente para que los lastimados terminen midiendo sus sangres, sus torturas, la cantidad precisa de su humo en las tripas, las balas alojadas en sus cráneos. Ese es uno de los grandes éxitos de la manipulación cognitiva. Por eso traigo a esta soledad, hoy, a Mahmoud Darwish, el poeta nacional palestino. Pero no vino a desplazar otros sufrimientos. Él, al igual que Edward Said –mi compañero en las tinieblas de la confusión–, vienen a dolerse conmigo por los 6 millones. Se estremecen igual que yo. Se golpean en la pleura de su historia. Se retuercen. Escupen rabia contra el fascismo. Ambos exponen en sus ojos –los veo, puedo dar evidencias– del millón y medio de niños asesinados por el nazismo.

Dejan como testimonio esos océanos de lágrimas frente a mi. Están exhaustos. Yo los veo. Puedo tocar cada una de esas gotas humanas. Sobre ese charlo es que me susurran su actualidad lacerante, esta repetición de silencios mundiales, este anonimato de gritos silenciados : «Las víctimas no deberían competir por la cantidad de huesos astillados que la maldad humana hunde en los planos torturados de su maquinaria mortuoria». Nuestro homenaje –rubrican, dicen, subrayan–, es de auténtica compasión suprema ante la Shoá. Y agregan: los destrozados deben respetarse entre ellos.

Deben lamerse las heridas. Los palestinos están padeciendo la misma práctica de la colonización que en Argentina produjo Roca. La misma política de expansión que le quitó a los pueblos aborígenes su terruño y su sentido. Quien se compromete en la memoria debe al mismo tiempo enfrentar toda forma de sometimiento. Esta obligado a repudiar las prácticas de ocupación desarrolladas por la derecha israelí. No son contradictorios ambos postulados. No pueden serlo. No se anulan entre si. Olvidarse de los campos de exterminio y obviar el apartheid en Cisjordania es parte del mismo mecanismo de insensibilidad. Privilegiar uno de los dos es traicionar a los que combatieron y se desangran por un mundo justo y solidario.

Pero enfrentar a un sufrimiento contra el otro, negarlo, es convertirse en funcional a la lógica de dominación que logra disolver las potenciales unidades y convergencias de los dolientes. No hay jerarquías en el grito subalterno. Solo hay carne humana que aúlla su íntimo deseo de liberación.

Jorge Elbaum

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