Las acusaciones de antisemitismo a Jeremy Corbyn tienen un objetivo: Impedir que llegue al poder

Foto: Jeremy Corbyn, líder laborista de la oposición sostiene un ejemplar del manifiesto del partido el 21 de noviembre (AFP).
30 de noviembre de 2019
Middle East Eye

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

La hostilidad de la comunidad judía británica hacia el Partido Laborista lleva años cociéndose, aunque sean los conservadores de Boris Johnson quienes se han mostrado descaradamente contrarios a las minorías.

La supuesta crisis antisemita que ha afectado al laborismo británico desde que Jeremy Corbyn se convirtió en su líder ha vuelto a ocupar los titulares de prensa.

En esta ocasión ni siquiera se ha intentado ocultar el hecho de que las acusaciones se centran en el “peligro” de que Corbyn pueda hacerse con el poder en las elecciones generales que tendrán lugar en menos de un mes.

Esta semana, el Gran Rabino británico Ephraim Mirvis se ha sumado en el Times a las voces que afirman que el líder de la oposición es “inadecuado para el cargo”. Es la primera vez que un gran rabino intenta interferir en el resultado de unas elecciones generales. Tildándolo de “mentiroso” y advirtiendo de que su elección serviría para comprobar la “brújula moral” del país, instaba a los electores a “votar en conciencia”.

Sus declaraciones fueron posteriores a una carta enviada al Guardian firmada por un puñado de figuras públicas –incluyendo a John Le Carre, Fay Weldon, Simon Callow y Joanna Lumley– en la que se pedía a los votantes su rechazo al laborismo el 12 de diciembre: “La próxima elección es trascendental para cualquier votante, pero para los judíos británicos es especialmente angustiosa, pues supone la posibilidad de elegir un primer ministro impregnado de antisemitismo”.

Pedían a los votantes que escucharan a la comunidad judía y otorgaban a esa petición más importancia que al hecho de que los conservadores tuvieran la oportunidad de continuar con sus políticas de austeridad y seguir adelante con el Brexit duro, para añadir: “Si hacemos oídos sordos a las preocupaciones de esta comunidad, ¿cuál será la siguiente a la que ignoremos?”.

Estas observaciones van en la línea de las emitidas por Jonathan Romain, otro importante rabino de la comunidad de Maidenhead, el distrito de la recién dimitida líder conservadora Theresa May. En las páginas del Daily Mail este mismo mes, Romain suplicaba a los votantes judíos que escogieran a cualquier candidato menos al laborista porque Corbyn “es toda una amenaza para los judíos británicos”.

Como muchos otros que repiten esta misma acusación, Romain dejaba a sus lectores la tarea de deducir en qué consistía tal “amenaza”. Pero, para ayudarles, hacía continuas referencias a la lucha contra Hitler y el nazismo y al Kindertransport que salvó miles de vidas de niños judíos de los campos de exterminio trayéndolos a Gran Bretaña.

Mientras tanto, el editor del Jewish Chronicle, Stephen Pollard, que ha dedicado la mayor parte de su trayectoria profesional a trabajar en la prensa amarilla de derechas, utilizaba la portada de su tabloide para advertir a sus lectores, una vez más, de la amenaza que suponía Corbyn. Citaba para ello una encuesta del mes pasado según la cual el 87 por ciento de los judíos británicos creían que Corbyn era antisemita. El 47 por ciento de los encuestados afirmaban que “considerarían seriamente” emigrar si fuera elegido primer ministro.

 

Evidencias ignoradas

La encuesta ha sido profusamente citada como prueba irrefutable de que el laborismo se ha convertido en “una institución antisemita” bajo la batuta de Corbyn. Todas las evidencias demuestran lo contrario, pero los hechos no han tenido mucho peso en un debate protagonizado por las emociones y las insinuaciones.

El pasado mes, la revista Economist, poco amiga de Corbyn o del Partido Laborista, publicaba una encuesta de actitudes británicas hacia Israel y los judíos, pormenorizada según facciones ideológicas.

Según esta encuesta, los votantes de “extrema izquierda” –las personas que comparten la visión política de Corbyn– estaban entre quienes tenían menos opiniones antisemitas, aunque también tenían las opiniones más críticas, con diferencia, hacia Israel. Por el contrario, los votantes de derecha tenían tres veces y media más probabilidades de expresar opiniones antisemitas. El centro, representado por los liberal-demócratas y el ala “blairista” del laborismo, eran poco antisemitas pero tampoco criticaban a Israel.

Los resultados estaban claros: la izquierda es muy reacia al antisemitismo pero reconoce los crímenes cometidos por Israel, aunque no responsabilice de ellos a los judíos. La encuesta del Economist confirmaba las estadísticas del Partido Laborista que indican que son raros los casos de antisemitismo entre sus miembros (apenas un 0,08 por ciento de los afiliados).

La influencia de los medios de comunicación

Pero dicha evidencia se ha visto ensombrecida por el nuevo sondeo que sugiere que gran parte de la comunidad judía considera que el laborismo de Corbyn está plagado de antisemitismo. Al fin y al cabo, ¿quién se atreve a decir a los judíos británicos que no reconocen a un antisemita cuando lo ven?

Como en una pintura de un maestro antiguo, es necesario remover las capas de mugre y polvo acumuladas para poder apreciar el verdadero cuadro.

La realidad es que la impresión que la mayor parte de los judíos británicos se han formado de Corbyn es la que les han presentado los medios de comunicación, unos medios poco imparciales sobre los puntos de vista laboristas. Unos medios que poseen y controlan grandes corporaciones que se han beneficiado de décadas de fundamentalismo de libre mercado que el laborismo amenaza ahora con revertir.

Cualquiera que tenga dudas sobre la capacidad de los medios para configurar la opinión pública debería recordar su papel en un extraño fenómeno electoral señalado desde hace tiempo por los sociólogos: muchos votantes de clase trabajadora prefieren votar a los conservadores, aunque deberían tener claro que sus intereses saldrán perjudicados si lo hacen.

Al fin y al cabo, hay una razón para explicar que las grandes empresas estén dispuestas a invertir su dinero en periódicos que solo acumulan pérdidas, y no es su preocupación por el bien común. Se trata de mantener un clima de opinión que les permita seguir ganando dinero.

Otras voces judías

Contrariamente al consenso fabricado por los medios sobre Corbyn, una entrevista realizada este mes al antiguo portavoz de la Cámara de los Comunes, John Bercow, servía para recordar que dentro de la comunidad judía hay voces contrarias. Tras servir en el Parlamento 22 años junto a Jeremy Corbyn, Bercow señalaba que “nunca detecté en él ni el más mínimo atisbo de antisemitismo”. Ni tampoco, añadía, por parte del Partido Laborista.

No obstante, hay buenas razones para que otros judíos sean reacios a hablar a favor de Corbyn.

El pasado abril, la actriz judía Miriam Margolyes fue acusada de antisemitismo cuando afirmó que las denuncias de antisemitismo a los laboristas se habían exagerado para impedir que Jeremy Corbyn llegara a primer ministro. Para apreciar hasta qué punto el clima contra Corbyn ha sido construido por los medios, es de señalar que una carta firmada por prominentes judíos y figuras públicas en defensa de Corbyn (entre ellos Mark Ruffalo, Steve Cogan y Mike Leigh) solo fue consiguió ser publicada en la revista New Musical Express.

Corbyn ha sido durante décadas una de las figuras antirracistas más prominentes del parlamento británico. De hecho, su apoyo continuado a las minorías étnicas y nacionales oprimidas es la base de la actual “crisis” de antisemitismo de su propio partido.

El dirigente laborista ha sido el principal defensor de la causa palestina, exigiendo a Israel que terminara con más de medio siglo de la ocupación beligerante que ha oprimido a los palestinos y ha quebrantado de manera evidente el derecho internacional.

Su activismo hace mucho que le hizo impopular entre muchos de sus colegas laboristas, tanto judíos como gentiles, miembros del lobby Labour Friends of Israel (LFI). El LFI es una de las muchas organizaciones que conectan el Partido Laborista con Israel. Todas ellas son remanentes anacrónicos de una época en la que la izquierda británica consideraba a Israel nada menos que un santuario para los judíos que huían de una larga historia de persecución en Europa.

Pero estos grupos de presión laboristas también son exponente de un racismo europeo que se resiste a desaparecer, absolutamente predispuesto a pasar por alto el legado de la creación de Israel: el enorme sufrimiento de los palestinos sometidos al yugo de un ejército israelí brutal que no rinde cuentas ante nadie.

Fueron los palestinos, y no los europeos, los que se vieron obligados a expiar el racismo de Europa contra los judíos. Corbyn reconoce ese hecho histórico. La mayor parte de sus colegas parlamentarios, no. Puede que algunos incluso estén inconscientemente resentidos con él por poner de manifiesto su propia hipocresía y su racismo irreflexivo hacia los palestinos.

El impopular Milliband

Es importante recordar que la antipatía hacia el partido laborista que profesan muchos miembros de la comunidad judía no es algo nuevo, y precede largamente el liderazgo de Corbyn. Quizás lo más relevante de este dato sea el pésimo resultado electoral que cosechó entre los judíos el predecesor de Corbyn, Ed Mulligan, a pesar de ser judío.