Padres rotos e hijos solos: el drama de los niños enfermos de Gaza

Hiba, de 24 años, junto a su marido, su hija y su suegra.

25 de julio de 2019

Por Beatriz Lecumberri,

El 60% de menores que salen de Gaza para recibir algún tipo de tratamiento médico no está acompañado por sus padres. Las autoridades israelíes castigan a la población gazatí negándoles la libertad de movimiento, por lo que se da la circunstancia de que en numerosas ocasiones muchos niños permanecen solos y sin el apoyo de un familiar mientras se encuentran ingresados en el hospital.

Campo de refugiados de Yabalia, Gaza. En cualquier otro lugar del mundo, Hiba Swailam no habría tenido que separarse nunca de sus bebés recién nacidos. En cualquier otro lugar del mundo, Shahad tampoco habría pasado los primeros cuatro meses de su vida en la incubadora sola, sin escuchar jamás la voz de su madre o tocar las manos de su padre. Pero sus vidas transcurren en Gaza, donde los derechos de sus dos millones de habitantes y los deberes humanitarios de Israel se desdibujan cruelmente tras 12 años de bloqueo israelí sobre la franja, cada día más pobre y aislada.

Las profundas ojeras y la mirada perdida de Hiba mientras acuna mecánicamente a su hija de cinco meses inundan de tristeza una habitación modesta y oscura. Entre esas cuatro paredes se suceden los días de Mohammad, Hiba y Shahad, instalados en casa de la familia de Mohammad, en el campo de refugiados de Yabalia, al norte de la franja.

“Vivimos seis adultos en esta casa y ninguno tiene un salario fijo, hay semanas en las que no entra dinero y la leche de la niña es demasiado cara. Pero su madre no tiene leche porque pasó mucho tiempo alejada del bebé”, anuncia, de entrada y con gesto de fastidio, la abuela paterna de Shahad, sin provocar ninguna reacción en su nuera.

Hiba, de 24 años, lleva cinco meses hundida en la depresión. Exactamente desde que dio a luz, acompañada por su suegra en un hospital palestino de Jerusalén-Este. Meses antes, la pareja se había sometido a un tratamiento de fertilidad en Gaza y la joven quedó embarazada de trillizos. Fueron meses complicados y Hiba comenzó a tener fuertes contracciones a los seis meses de gestación. En Gaza, debido a la falta de equipos médicos y de experiencia en este tipo de casos, el parto entrañaba un riesgo alto y los médicos aconsejaron a los padres que pidieran un permiso urgente a las autoridades israelíes para que la madre pudiera dar a luz en Jerusalén.

La autorización para Hiba llegó en menos de cuatro días, pero a Mohammad, de 30 años, le hicieron saber que su permiso iba a ser más complicado. Debido a la urgencia, decidieron que Hiba saliera con una mujer mayor y finalmente fue Jadra, la madre de Mohammad, quien obtuvo el visto bueno para acompañarla.

Mohammad enseña la factura de la ambulancia que las llevó desde la frontera norte de Gaza, una vez pasados los controles israelíes, hasta el hospital Al Makassed de Jerusalén-Este. 250 euros pagados de su bolsillo. Hiba dio a luz por cesárea a dos niñas y un niño un día después de llegar al hospital. Los tres pesaron menos de un kilogramo. Una de las niñas apenas llegaba a 700 gramos.

“Después de cinco días, en el hospital me dijeron que ya no podía seguir ocupando una cama y que tenía que liberar la habitación. Me explicaron que mis hijos tendrían que quedarse mucho tiempo allá. No sabía qué hacer, era la primera vez que salía de Gaza, no conozco a nadie en Jerusalén, no tenía un lugar para quedarme ni dinero para pagar un hotel. Así que volví y los dejé en el hospital. ¿Qué podía hacer?”, pregunta, Hiba, con un hilo de voz.

Resulta muy difícil imaginar qué sintió al dejar a sus tres hijos y regresar a Gaza con los puntos de sutura de la cesárea aún frescos y las manos vacías. “No tenía elección, tuve que volver. Pero fue durísimo. Sufrí mucho”, repite, casi pensando en voz alta.

Probablemente Hiba sí tenía opción, pero ella no lo sabía. Podría haberse quedado en Jerusalén, al menos un tiempo, contactando a organizaciones humanitarias que ayudan a personas en casos extremos como el suyo e ir a visitar a sus hijos todos los días, pero a su pobreza material se sumaron la falta de información, la inexperiencia y un desamparo que la hicieron regresar.

“Nunca volvió a ser la misma. Estaba nerviosa todo el rato, esperando noticias del hospital”, explica Mohammad, mirándola con cariño y sin saber muy bien cómo ayudarla, mientras muestra los diferentes antidepresivos que le han recetado en un hospital de Gaza.

Las semanas posteriores a la vuelta de Hiba fueron aún más duras. La pareja se enteró por una llamada de teléfono que dos de sus hijos, los que menos pesaron al nacer, habían fallecido. Los habían llamado Karim y Malak, recuerda Mohammad mostrando en su teléfono algunas fotos de unos cuerpecillos frágiles rodeados de cables y máquinas demasiado grandes para su tamaño. La madre aparta rápidamente la mirada.

“Quise pedir permiso para que me dejaran ir a enterrarlos, pero los responsables palestinos en Gaza me dijeron que en el mejor de los casos llevaría 20 días obtener la autorización. También contacté a organizaciones humanitarias para que nos ayudaran a visitar a mi hija viva, pero no conseguí nada. Todo el mundo me dijo que sería imposible que saliéramos y no llegué ni a pedir oficialmente el permiso a Israel”, explica el padre.

Las semanas pasaron y finalmente, más de tres meses después de haber dado a luz, Hiba recibió una llamada del hospital de Jerusalén anunciándole que podía ir a buscar a Shada. Era el 1 de mayo de 2019. Mohammad pidió el permiso inmediatamente a las autoridades israelíes para salir a buscar a su hija porque su esposa no estaba en condiciones de viajar sola a Jerusalén. Pasaron más de 20 días y no hubo respuesta, ante la desesperación de la familia.

“Finalmente, una televisión israelí habló de nuestro caso. Dos días después recibimos una llamada para ir inmediatamente a Erez (puesto de control israelí al norte de Gaza, puerta de salida para los palestinos que reciben tratamiento en hospitales palestinos de Cisjordania y Jerusalén), pero era un permiso para mi esposa. Sólo para ella. Y fue”, explica el padre.

Hiba pasó 24 horas en Jerusalén y regresó a Gaza con su hija. De eso hace un mes en el momento de esta entrevista. “Fue maravilloso reencontrarme con ella y ver que estaba bien”. Es el único momento en el que la madre sonríe mirando a Shada, una niña regordeta y risueña que reacciona rápidamente a cualquier carantoña o gesto de cariño.

Pero Hiba se siente incapaz de mostrarle como desearía su amor materno atrasado. Pareciera que le cuesta mirarla y verla solo a ella, sin que la vista se le nuble pensando en los dos bebés muertos. La madre se sumerge de nuevo en sus largos silencios interrumpidos por bostezos, mientras Mohammad toma a su hija y le hace reír haciéndola saltar sobre sus rodillas.

Hiba perdió a dos de sus tres hijos y no pudo enterrarlos.

Hiba perdió a dos de sus tres hijos y no pudo enterrarlos.

“Creo que si la televisión israelí no hubiera hablado de nosotros, todavía estaríamos esperando un permiso para ir a recogerla a Jerusalén. Porque lo que nos pasó es culpa de Israel, de esta falta de libertad de movimiento que nos castiga a todos. Si no hubiera bloqueo israelí mis hijos tal vez hubieran podido nacer en Gaza porque los hospitales estarían mejor preparados. O si hubieran nacido en Jerusalén podríamos haber estado siempre a su lado. Mi esposa podría haber amamantado a nuestra hija y darle cariño”, opina.

Mohammad no encuentra trabajo fijo desde hace varios años y logra algún ingreso trabajando en los campos cercanos cuando hay cosecha. Su familia es de Dimra, un pueblo situado al noreste de Gaza, a unos 10 km, destruido tras la creación del Estado de Israel en 1948. Mohammad aun guarda preciosamente el certificado original de nacimiento de su padre, en 1929, en aquel pueblo hoy inexistente.

La ONG israelí Médicos por los derechos humanos, que apoya e intenta agilizar los traslados de gazatíes enfermos fuera de la franja, estima, basándose en datos del ejército, que entre febrero y octubre de 2018 fueron concedidos 1.859 permisos de acompañantes a padres y madres y 4.581 permisos de salida a menores enfermos, lo cual implica que muchos niños están saliendo de Gaza acompañados por un familiar diferente a sus padres o en muchos casos por un extraño. “Estimamos que el 60% de menores que salen de Gaza para recibir algún tipo de tratamiento médico no está acompañado por sus padres”, dice la organización.

Sin embargo, el Coordinador de las actividades del gobierno israelí en los territorios palestinos (Cogat), que se encarga de la administración civil de Israel en Gaza y de autorizar, entre otros, los traslados de pacientes, recordó recientemente que “los padres deben acompañar a sus hijos menores que reciben tratamiento médico porque los niños necesitan a sus progenitores en momentos como estos”.

Las autoridades israelíes respondieron así a las críticas suscitadas por otro caso, el de Aisha Al Lulu, una niña gazatí de cinco años que sufría un grave tumor cerebral y salió de la franja en abril de 2019 acompañada por una mujer desconocida para poder ser operada de urgencia en un hospital palestino de Jerusalén-Este ya que ningún miembro de la familia fue autorizado a ir con ella al hospital.

La mujer que le acompañó durante su viaje a Jerusalén asegura que jamás dejó de llorar y de llamar a su madre. Sus familiares explican que el hecho de verse sola en el momento más difícil de su vida jugó contra su recuperación y recortó su supervivencia, según les han explicado los médicos que la atendieron. La niña regresó a Gaza inconsciente y falleció días después, en mayo, sin que sus allegados pudieran despedirse de ella, ya que nunca abrió los ojos ni habló de nuevo.

Fuente: Beatriz Lecumberri, El Diario – España

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