Argelia, Palestina, ¿qué hacer?

01 de julio de 2019

Akram Belkaid
huffpostmaghreb.com

¿Se pueden comprar un pueblo y sus derechos como si fueran una vulgar mercancía? El presidente estadounidense Donald Trump, sus aliados israelíes y sus vasallos del Golfo parecen pensarlo. Proponiendo 50.000 millones de dólares (a lo largo de 10 años) a las y los palestinos, el inquilino de la Casa Blanca acaba de agitar una zanahoria que supuestamente les haría renunciar a sus reivindicaciones políticas.

La cumbre de Manama en Bahrein titulada “de la paz a la prosperidad” no es sencillamente un engaño en el que el más débil (el pueblo palestino) se supone que va a aceptar esta enésima oferta “generosa” cuyos contornos, por otra parte, no están definidos. Es también un chantaje obsceno y una estrategia de comunicación concebida por Jared Kushner, yerno y consejero del presidente Trump, pero también gran amigo de Israel.

Pues ya se adivina el discurso de los medios prosionistas. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Se les ofrecen 50.000 millones de dólares y se niegan a capitular? Este es, por otra parte, el sentido de una tribuna de Danny Danon, el embajador israelí en la ONU publicada el lunes por el New York Times. “¿Cuál es el problema para los palestinos a la hora de rendirse?”, se preguntaba antes de añadir: “Rendirse es reconocer que, en una lucha, continuar resultará ser más costoso que rendirse”. Se conmina, pues a las y los palestinos a rendirse. De paso hay que señalar que el embajador reconoce implícitamente que Israel lleva a cabo una guerra contra el pueblo palestino.

En realidad nadie cree en las posibilidades de éxito de ese plan. La prueba de ello es que ningún gran dirigente árabe estaba presente en Manama. Pero a la administración Trump eso no le importa. Lo que le interesa es poder disponer de un argumento el próximo otoño cuando se revele la vertiente “política” del plan Kushner. Entonces se mostrarán las cartas.

Será entonces cuando Washington confirmará lo que ya no es un secreto para nadie, es decir, su alineamiento total con la posición israelí y el final de las raras líneas rojas que los EE.UU. se imponían no traspasar jamás. Una de ellas lo ha sido ya con el traslado de la Embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén.

¿Qué más hay que esperar? Sencillamente el abandono de la idea de un Estado palestino. Una idea, recordémoslo, ya imposible de contemplar cuando se saben las consecuencias de la colonización de Cisjordania y de Jerusalén Este. Por tanto, nada de Estado palestino. ¿Y qué más? Todo es posible, incluso la anexión pura y simple de una parte o de toda la Cisjordania. Según las informaciones que se han ido filtrando del plan Kushner, las principales ciudades palestinas gozarían entonces de una vaga autonomía. Se comprende que todo esto obligue a plantear numerosas preguntas. ¿Cuál será el estatus de las y los palestinos? ¿Cómo justificará Israel el apartheid que existe ya pero que será claramente ratificado? Y cómo no preguntarse sobre los riesgos de una nueva Nakba pues, digámoslo claramente, una expulsión masiva de palestinas y palestinos no es en absoluto imposible. Y si se duda de ello, basta con plantearse la siguiente pregunta: ¿quién la impedirá?

¿Los Estados Unidos? Ciertamente no. ¿China o Rusia? Esos dos países no parecen preocuparse mucho por las y los palestinos, y quieren mantener los buenos negocios que realizan con Israel. ¿La Unión Europea (UE), que no deja de ser humillada por Trump y cuyo silencio es atronador? ¿Cómo contar con esta pobre Europa que no sabe ya qué es y que, de todas formas, ve crecer en su seno fuerzas a la vez reaccionarias, neofascistas, pero al mismo tiempo pro-israelíes? ¿Quién se opondrá a una reducción a cero de las esperanzas y reivindicaciones palestinas? ¿Los países árabes? No estamos para bromas. Las monarquías del Golfo que están maniobrando en el seno de la Liga Árabe se apresuran a normalizar sus relaciones con Israel. Cuando se oyen ciertos discursos de responsables sauditas o emiratíes se comprende hasta qué punto la cuestión palestina constituye para ellos un problema bastante más que una causa que haya que apoyar. Entre aliarse con Israel para combatir a Irán y defender al pueblo palestino, los chouyoukhs (predicadores, ndt) ya han elegido…

Por supuesto, hay aún islotes de resistencia: los países escandinavos, algunos de América Latina (el África subsahariana, por su parte, se inclina cada vez más a favor de Israel). Igualmente, se puede pensar que el distanciamiento progresivo de una gran parte de la comunidad judía norteamericana respecto a Israel podrá permitir a medio plazo un reequilibrio de la diplomacia estadounidense. Pero, mientras tanto, urge ayudar al pueblo palestino.

¿Qué pueden hacer las y los argelinos? La respuesta es sencilla. Continuar haciendo del apoyo a la causa palestina un elemento importante de su ética personal. Esto es tanto más importante en la medida en que los cantos de la propaganda israelí se hacen oír un poco en todas partes, y se repiten tanto en Argelia como en el seno de las comunidades magrebíes de Francia (como el “imán” Chalghoumi que organiza viajes para reunirse con responsables israelíes entre ellos algunos militares…). En estos tiempos de hirak y de protesta contra el sistema se trata también de continuar mirando fuera del propio país y de influir en este tema. No es normal que en Argelia se acoja con los brazos abiertos a empresas presentes en las colonias. No es normal que países que no condenan la colonización de Cisjordania y las matanzas de Gaza sean tratados como si tal cosa no ocurriera por Argelia y su diplomacia. Enarbolar banderas palestinas durante las manifestaciones de los viernes está bien, en la medida en que eso disgusta a Arabia Saudí, a Bahrein, a los Emiratos Árabes Unidos y a su clientela argelina. Pero actuar en el plano económico, el único que ofrece márgenes de maniobra, es bastante mejor. Y es incluso urgente.

Fuente: https://www.huffpostmaghreb.com/entry/palestine-que-faire_mg_5d15ce0ae4b07f6ca57b5345?utm_hp_ref=mg-algerie

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