Por qué Natalie Portman sí y Messi no

06 de junio de 2018

Por Ignacio Pato

Messi podría haber provocado el terremoto del año. Pero hay una cosa que le resulta mucho más difícil que a Natalie Portman… Uno de los partidos del año se disputa justo antes del Mundial. Al menos geopolíticamente hablando, claro. Argentina se enfrenta a Israel en Jerusalén el 9 de junio próximo.

La ministra de Cultura y Deporte Miri Regev ha dicho que “Messi vendrá a besar el Muro de las Lamentaciones. ¿Qué mejor Hasbará hay que esa?”, se ha preguntado de manera retórica.

En efecto, pocas. Hasbará significa “explicación” en hebreo, y es el término usado en el país para referirse a las ideas y actos dirigidos a explicar, o aclarar, las políticas del estado de Israel. Los dos rasgos más importantes de la Hasbará es que es tiene proyección internacional y que su foco está en el seno mismo de las autoridades israelíes. Mientras, la ministra Miri Regev despeja los rumores sobre que Messi no querrá dar la mano al presidente Netanyahu. “Jerusalén está en el mapa, en esta época de BDS -en referencia a la plataforma Boicot, Desinversión y Sanciones a Israel-, nada es más importante. Esperamos a Messi y ya veremos quién estrecha la mano de quién”.

Que Messi y sus compañeros vayan a jugar a Israel sería un partido de fútbol en cualquier sitio menos en Israel. Allí no puede separarse de una campaña política del estado.

Diplomacia, soft power, propaganda, según lo alertados que queramos ponernos.

Pero política.

El partido tiene lugar en el estadio Teddy, el utilizado por el club ultraortodoxo -y con varios episodios sionistas en su haber- Beitar Jerusalén, que acaba de renombrarse a Beitar Trump Jerusalén en agradecimiento al presidente estadounidense por haber trasladado su embajada de Tel Aviv a la Ciudad Santa, rompiendo todo consenso internacional sobre la ocupación de esta. El Israel-Argentina es parte de la conmemoración del 70º aniversario de la fundación del estado de Israel. Su cara b fue la Nakba, la catástrofe palestina. Y se celebra entre dos países cuyos gobiernos estrecharon lazos con la visita oficial de Netanyahu a Argentina en septiembre pasado, y en la que se firmó una batería de acuerdos bilaterales.

No es habitual que una federación de fútbol se oponga a un partido de su propio deporte. Esta vez lo ha hecho la palestina. Jibril Rajoub, su presidente, se ha dirigido directamente al 10: “No vengas, Messi, no encubras el rostro del racismo”.

También un grupo de 70 niños palestinos, según Efe, han escrito una carta dirigida al mediapunta argentino. En ella, dicen “somos hijos de refugiados palestinos de los campos de refugiados de Qalandia, al Amari, Yalazón y Aida. Nuestras familias son originarias de Al Malha. No sabemos si has escuchado hablar de ella, pero estamos seguros de que escucharás, porque según se nos ha dicho, vienes a jugar con tus amigos a Al Malha, en un estadio construido sobre nuestra aldea destruida”. La muerte de la enfermera Razan al-Najar este fin de semana por disparos del ejército israelí cuando atendía heridos en la franja de Gaza es la última mala noticia del desigual conflicto.

Diversos comités de solidaridad con el pueblo palestino se han sumado a las críticas al partido y al lema “No vayas, Argentina”. Esta vez el llamado no ha tenido éxito. En honor a la verdad, es mucho más difícil, por no decir imposible que uno o varios jugadores detengan la maquinaria de toda una selección de fútbol. ¿Está al alcance de la mano de Messi -o de otra estrella de la albiceleste- abordar a Chiqui Tapia, presidente de la AFA, o al DT Sampaoli, o al mismísimo Macri y decirles a la cara “no, no deberíamos ir a jugar a Jerusalén bajo estas condiciones”?. ¿Está a su alcance negarse a título individual con un ‘yo no voy’?.

¿Nos imaginamos a Mascherano, Banega y Messi armando una asamblea en los campos de entrenamiento de la selección en Ezeiza de la que salga un voto mayoritario a no viajar a Israel?

Quizá es el precio a pagar por el carácter colectivo de este juego, en el que hay también tanto dinero en juego. La autonomía de las estrellas millonarias del fútbol se ve lastrada por los equipos y selecciones en las que militan. También por los contratos publicitarios cuyas marcas necesitan nadar siempre en la paz social. La inercia, para los futbolistas, juega a favor del conservadurismo y las políticas de estado.

En ese sentido, existe una diferencia -de momento- abismal entre futbolistas y otros héroes y heroínas millonarias de la cultura popular. Solo este último medio año hemos visto cómo la cantante Lorde canceló un concierto en Tel Aviv tras una campaña del BDS. La neozelandesa reconoció haber estado pensando sobre ello tras la avalancha de notificaciones que recibió y agradeció “haber sido educada” por los activistas. “Espero que un día podamos bailar todos”, se despedía desde la distancia de su audiencia israelí.

El caso de Lorde no fue el primero -con anterioridad Roger Waters, Elvis Costello, Lauryn Hill o Gorillaz se negaron a tocar en Israel- ni el último dentro de la escena musical. Recientemente, el brasileño Gilberto Gil también canceló una actuación prevista para este verano.

En abril, la actriz Natalie Portman, de origen judío y nacida en Jerusalén, rechazó ir a la entrega de los premios Génesis para que su presencia no pudiera ser instrumentalizada por Netanyahu y porque no se siente “cómoda participando en cualquier evento público en Israel”.

Fuente: Ignacio Pato, Playground Magazine

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