¡Yallah! ¡Yallah!: El otro fútbol, la otra cárcel, por José Luis Visconti

30 de mayo de 2018

Fuente: www.hacerselacritica.com

Mientras veía Yallah! Yallah! no podía dejar de pensar en El otro fútbol, el documental que hace unos años dirigió Federico Peretti. En ambos, el fútbol aparece alejado del superprofesionalismo que consumimos habitualmente. Correrse de aquello que ilumina la televisión, esa sucesión de grandes y pequeñas estrellas, invita a sumergirse en otro territorio.

Es la pasión lo que permite entender, en uno y en otro, que haya quienes juegan en situaciones completamente desfavorables –canchas sin pasto, o sintéticas para evitar las consecuencias de la nieve, o del desierto-, quienes alientan a sus equipos en lugares desconocidos o casi inhóspitos. No hay grandes diferencias, por lo que se ve, entre una cancha de Mar Chiquita y otra de Ramallah: basta con ver las actitudes de jugadores, técnicos e hinchas, para comprender que en los dos lugares se habla el mismo idioma deportivo y se juega por el juego en sí mismo.

1. Una de las primeras escenas de Yallah! Yallah! muestra el entrenamiento de los jugadores de un club de fútbol. Nada demasiado diferente de lo que solemos ver: la llegada de los jugadores, el vestuario, la charla técnica, los movimientos en la cancha. En un momento, la cámara cambia de posición y se sitúa al nivel del campo de juego y hace más amplio el plano: delante vemos al director técnico rezando a un costado de la cancha, y al fondo, dominando la montaña que se recorta detrás de la tribuna, El Muro. Ese muro que define la separación de territorios, pero sobre todo la ocupación territorial de Israel. El gran mérito del documental es hacer de ese elemento una omniprescencia nunca subrayada. El Muro está siempre ahí confirmando la existencia del encarcelamiento. Lo que aparece entonces es una naturalización del encierro, una presencia ineludible en la vida de Ramallah. Cuando no aparece el Muro en sí mismo, su representación asume otras formas que lo diversifican y multiplican. Rejas, checkpoints, torres de vigilancia, soldados patrullando las calles, son el escenario de la habitualidad en el territorio palestino. Y es que a fin de cuentas, la práctica del deporte está marcada por la situación política, por la determinación del gobierno israelí sobre el territorio ajeno: clubes clausurados una y otra vez por el solo hecho de ser islámicos; jugadores detenidos y condenados por llevar puesta la campera de la Selección de Palestina; jugadores y técnicos a los que se les impide el ingreso a Ramallah para jugar al fútbol, por ser considerados “peligrosos”.

El documental no solo consigue retratar con sutileza a la vida diaria como parte de un encarcelamiento continuo, a una sociedad vigilada porque se la considera peligrosa, sino que habilita preguntas inquietantes: ¿cuán distinta es la cárcel en la que Sameh, el jugador estrella, pasa 60 días, a la ciudad de Ramallah? ¿cuán distinto puede haber sido su entrenamiento en la cárcel con el que hace en su propio club?. En esa dificultad para diferenciar –y que el documental acierta en doble manera: no mostrando imágenes de una cárcel en particular y haciendo contar su historia a Sameh al lado del Muro- está la clave: solo hay diferencias entre un adentro, del que no se sale, y un afuera que no se muestra y es ajeno, reforzando la sensación de asfixia y encierro. Esa instancia se registra con particular crudeza en el momento en que la hija del director técnico le pregunta a su padre si esos lugares que le muestra en sus fotos de juventud, tomadas en Gaza y Hebrón, realmente existen. Lugares prohibidos: lo que no se puede ver, se transforma rápidamente en duda sobre su existencia real.

2. La prohibición, la consideración de “potencialmente peligrosos” respecto de algunos jugadores de fútbol –de los palestinos que deben salir a jugar, de los jordanos que van a disputar un partido en territorio ocupado-, se liga con una visión del deporte en general, y del fútbol en particular, que se explicita en boca del hermano de Sameh: “Hoy en día el deporte es considerado terrorismo por ellos”. Ellos son los israelíes. El deporte es portador de banderas, disemina por el mundo la existencia. Visibiliza aquello que se pretende negar. Allí parece residir la necesidad de prohibir, de restringir la práctica deportiva palestina. No en aquel lugar común que cita y recita que “el fútbol es la representación de la guerra por otros medios”, porque allí hay sublimación, reemplazo. Aquí el fútbol es parte de esa guerra, y como tal aparece instalado como un punto de rebeldía. Que no esté estrictamente prohibido no debe quitar de la vista que su práctica, aún puertas adentro del encierro, es una expresión y una afirmación de la pertenencia. Una seña de identidad que se expresa en los colores de la camiseta y en los cantos de la tribuna, como en cualquier otro país. Esa pertenencia es un punto de partida común, que sirve para entender la lógica de lo que pasa en una escena aparentemente intrascendente. Esa en la que vemos a una tanqueta alejarse en su rutina de vigilancia en una calle de Ramallah, y de pronto, aparece un niño que, con una naturalidad apabullante, le tira una patada al pasar. Una señal inequívoca de lo que ocurre y de la reacción de quienes son sometidos.

3. El problema que Yallah Yallah no logra superar no es el de la descripción del régimen concentracionario ni el de la representación del fútbol como forma de vislumbrar desde la parte a un todo complejo. En todo caso, su pecado es el del sobreentendido. El de dirigirse a un espectador que tiene que saber de qué se trata el conflicto entre Israel y Palestina. Y es que en ese punto, el que no tiene un conocimiento mínimo se pierde en una marea de imágenes que no se explican. Una breve mención a algún aspecto podría desentrañar el concepto de Intifada, por ejemplo. Una explicación no demasiado extensa podría permitir situar visualmente la geografía que involucra a Ramallah y a Jerusalén. Una semblanza mínima podría ayudarnos a comprender qué es la Nakba, por qué los palestinos marchan y son reprimidos brutalmente por las fuerzas de ocupación. Y, de la misma manera, y tratándose de un trabajo coproducido por la Federación Palestina de Fútbol, se pierde la oportunidad de entender cómo surgió la práctica y qué significa el fútbol para el pueblo palestino, cómo y por qué fue creada y cómo fue reconocida su selección. En esa ausencia de explicaciones, se resiente un tanto la potencialidad del documental, que confía en la fuerza de sus imágenes, pero que al omitir esas referencias dejan al espectador sin un elemento esencial para una comprensión mayor de la totalidad del conflicto.

¡Yallah! ¡Yallah! (Argentina, 2017). Dirección: Fernando Romanazzo, Cristian Pirovano. Guion: Fernando Romanazzo, Cristian Pirovano. Fotografía: Rodo Sayagues. Edición: Brent White. Duración: 74 minutos.

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