Mariam Touma: Fecunda semilla palestina

05 de mayo de 2018

Por Julio César Roca

La tía de Sofía Abuhayar hizo una lista de nombres de siete jóvenes de Jerusalén, para que su sobrina escogiera al hombre con el que se desposaría. Se los leyeron. A seis dijo “no”. Cuando pronunciaron el nombre de Miguel Touma, calló. Era la señal de aprobación. El padre de Sofía, Jacobo, la dejó que decidiera. Salib por su parte, padre de él, estaba conforme. No quería que se case en Guayaquil, adonde lo reclamaba un tío de Miguel para que lo ayude en el negocio de telas. Así, en 1926 contrajeron matrimonio quienes solían saludarse cada vez que él pasaba debajo de su balcón en Jerusalén camino a su trabajo. Los Touma vivían en Beit Jala, una de las ciudades más antiguas de Palestina, con olivos de la época de Jesús. La mayoría de los palestinos que emigraron a América Latina proviene de ahí. Entonces, los hijos de Salib y Mariam y Jacobo y Katbe viajaron a Guayaquil en 1927. Sus primeros tres hijos fueron Mariam, Salvador y Magdalena. Él fundó la primera fábrica de guayaberas de la ciudad y ella laboraba en su confección.

La primera desgracia los azotó y su hijo Touffic, de apenas cinco meses de nacido, falleció. El dolor de su madre la aferraba al cementerio. Miguel debía llevársela para siempre a Palestina, vendió todo lo que tenía fruto del trabajo de ambos y con sus hijos marcharon a su tierra natal en 1941. La encontraron llena de violencia, producto de la inmigración judía -perseguidos por doquier- propiciada por la Declaración Balfour de Gran Bretaña de 1917 y el mandato que graciosamente le fue concedido por la Liga de Naciones, antecesora de la ONU. Así, la gran potencia dispuso y administró tierra ajena, donde vivían los palestinos y ocasionó, después de la ola migratoria palestina provocada por la dominación otomana, la segunda salida. La tercera fue por la constitución del Estado de Israel, que llevó a la diáspora hebrea a esa tierra.

Los judíos violentos amenazaron a Miguel con secuestrar a su hijo varón, si se quedaba ahí, según cuenta Katbe, su última hija. Se había ido para no volver, el tiempo en que Jacobo y su familia, cristianos ortodoxos como los Touma, daban de comer a sus vecinos judíos y musulmanes los días en que según su religión no hacían nada. El sueño de vivir en el suelo de sus ancestros se truncó y retornaron a Ecuador.

Ya de vuelta, Sofía y Miguel procrearon a Herlinda, Juliet y Katbe, quienes sobreviven. A Miguel no le agradaba que sus hijas estuvieran en la calle, así que en casa les impartieron la educación primaria y luego recibieron un curso de secretariado. Mariam, la primogénita, relataba que los medios de comunicación del país daban poca información sobre el conflicto palestino. Recibían las noticias de sus familiares árabes del exterior que llegaban a su casa en Guayaquil y luego partían a otras ciudades de Ecuador, y del semanario “Mundo árabe” de Chile.

Narra Katbe que, a los 15 años, Mariam se horrorizó de las imágenes de sangre y mutilación en ese periódico, de la matanza de Deir Yassin en 1948, perpetrada por milicianos terroristas hebreos, contra 107 a 120 civiles palestinos, la mayoría ancianos, mujeres y niños. La aldea tenía apenas 750 habitantes. Los israelís no dejaron que los cuerpos fueran enterrados, negaron la masacre e impidieron el acceso a la Cruz Roja. Manchando su causa, palestinos violentos tomaron represalias y atacaron a un convoy de médicos y enfermeras judíos, que llevaban suministros y ayuda médica a un hospital asediado. Hubo 79 víctimas mortales.

Acicateada por el horror, Mariam fundó el Comité Ecuatoriano de Solidaridad con Palestina, que cumplió una importante tarea en la defensa y difusión de los derechos palestinos. En 1984 asistió en Brasil al primer Congreso de descendientes de palestinos, presidiendo la delegación ecuatoriana. A su regreso constituyeron la Oficina Palestina del Ecuador, como se hizo en otros países. Fue corresponsal de “Mundo árabe” en Ecuador y secretaria de la fundación que construye en Guayaquil un templo ortodoxo. Enseñó el idioma y la cocina árabe.

Su madre, antes de fallecer en 1989, acariciando su cabello le encargó cuidar de su padre y sus hermanos. Entendió la confianza que tenía en ella. Recibió la invitación de Yasser Arafat para representar al país en una cumbre en Túnez, pero sus lágrimas no se habían secado aún y se excusó. “Mariam, en nuestra tierra las mujeres entierran a sus muertos y siguen en pie de lucha”, le dijo el embajador palestino en Perú. Mariam concurrió, con otros 42 delegados. Le manifestó a Arafat: “Me siento orgullosa de pertenecer a una raza que ha dado hombres como usted”.

Y así, entre su causa, su familia y su trabajo estuvo encendida su llama, que el 3 de diciembre de 2017 se apagó. Una llama de aquellas que iluminan no solo a los suyos sino a quienes comparten sus ideales.

Mariam murió con la tierra de sus ancestros ocupada, víctima de padecimientos indecibles en manos de gobiernos que no honran la memoria de los judíos asesinados y perseguidos, porque donde antes había paz ahora hay guerra, donde antes se podían abrazar las familias, ahora las separa un muro. Su hermana Katbe hoy enarbola con toda dignidad la bandera palestina.

Fuente: https://www.eluniverso.com/opinion/2018/05/05/nota/6745199/mariam-touma-fecunda-semilla-palestina

 

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