Meir Margalit: ‘Israel se ha convertido en un país extremadamente derechista, fundamentalista y religioso’

Foto: el autor y activista Meir Margalit, ganador del premio Catarata con un ensayo dedicado a Jerusalén. EFE

02 de mayo de 2018

Por Cristina Armunia Berges

El ensayista y pacifista israelí acaba de publicar ‘Jerusalén, la ciudad imposible’, libro en el que repasa las claves de la ocupación israelí. “Esta es una de las pruebas más convincentes de que algo malo, muy malo, está pasando al Estado de Israel”, dice sobre el regocijo de los francotiradores israelíes al disparar a palestinos desarmados. “Están los que ponen bombas y los que trasladan embajadas a Jerusalén. Este es el último clavo en el ataúd del proceso de paz”, opina sobre la decisión de Trump de trasladar allí la embajada de EEUU

La lucha contra la ocupación israelí necesita un cambio. Esta es la tesis central de Jerusalén, la ciudad imposible, libro en el que el doctor en Historia Israelí Contemporánea y activista Meir Margalit da las claves para entender a los opresores y a los oprimidos. El libro recibió el Premio Catarata de Ensayo.

¿Cómo es ser un disidente en Israel?

Esta es una pregunta que me han hecho más de una vez, pero cada vez me cuesta más definirlo porque cada vez es más difícil. Este país se ha convertido en un país extremadamente derechista, fundamentalista, religioso. Me da vergüenza decirlo, pero es un país fascista en gran medida. Por lo tanto, ser un disidente de izquierdas es cada vez más difícil y más peligroso. En particular, cuando tú vives en una ciudad como Jerusalén que es el epicentro de la derecha israelí. Es mucho más sencillo ser izquierdista en Haifa o Tel Aviv.

Cada vez es más complicado. Hay mucha gente joven que conozco que me dice ‘nosotros te apoyamos y estamos contigo, pero por favor no nos pidas que nos identifiquemos abiertamente porque esto nos puede costar muy caro’. Podemos tener problemas en el trabajo y en el barrio. La gente nos mira con mala cara.

Todo esto influye en la gente joven. Gente más madura dice, bueno sigo adelante porque no tenemos de qué temer. Pero, efectivamente, no es un buen momento para la gente pacifista de izquierda.

¿Cree que pronto llegará el momento en el que no pueda seguir expresándose libremente?

Si lo que tú me estás preguntando es si yo hoy puedo expresarme libremente como lo hacía años atrás, la respuesta es no. A día de hoy, ya me tengo que cuidar muchísimo de lo que digo. Yo tengo un trabajo académico y, si había épocas en las que todavía podía decir todo lo que pensaba, ahora tengo que medir mis palabras.

La respuesta es que si esto sigue por este camino, llegaremos al día en el que tendremos que sopesar varias veces nuestras palabras antes de abrir la boca.

¿En qué momento decide que quiere formar parte del movimiento pacifista?

A mí me gustaría decir que soy pacifista desde el momento en el que salí del vientre de mi madre, desde que empecé a mamar. Creo que las raíces están en mi infancia. Pero si tuviera que marcar un momento concreto diría que fue después de haber sido herido en la guerra de Yom Kipur, en octubre de 1973. Fue después de estar internado un par de meses y ver cosas sumamente dramáticas: padres que pierden a sus hijos, hijos que pierden a sus padres, mujeres que pierden a sus maridos…

A partir de ese momento, empecé a entender que cada ideología tiene su precio. El precio del Gran Israel, el precio que estamos pagando por mantener territorios conquistados, es demasiado alto, y creo que a partir de ese momento empecé de forma gradual a hacer este cambio que me llevó de las posiciones de la derecha israelí a las izquierdas pacifistas.

Al comienzo del libro cuenta que concibe esta obra como una herramienta para mejorar las estrategias de lucha. ¿Cuál es la estrategia de los pacifistas?

Libro de Meir Margalit.

No tengo la fórmula exacta de lo que habría que hacer, pero lo que tengo claro es que no todos son conscientes de que después de 50 años de ocupación esto ha calado muy profundamente dentro de la misma sociedad palestina.

Los palestinos, en particular cuando comparan su situación con lo que está pasando en los países limítrofes, sobre todo los jerosolimitanos (habitantes de Jerusalén Este) que tienen un nivel económico mejor que el que tienen sus hermanos en la Cisjordania, hoy se están planteando en qué medida prefieren ser libres bajo la Autoridad Palestina o seguir viviendo bajo la ocupación israelí. En otras palabras, los palestinos se preguntan bajo qué régimen van a tener mejores condiciones de vida, bajo qué condiciones pueden asegurarles a sus hijos un plato de comida cada noche.

Esto puede sonar mal. Pero dada la dramática situación en la que vive el mundo árabe en esta zona, el hecho de que la gente ya se da cuenta de que pasaron 50 años y parece que esto seguirá por lo menos otros 50 años más, sumando también que el presidente americano haya trasladado la Embajada a Jerusalén y que los europeos están más impotentes que nunca… los palestinos normales dicen ‘señores hay que resignarse con lo que tenemos y dar gracias de que podamos alimentar a nuestros hijos cada día’.

Esto significa que nosotros, las izquierdas que luchamos por la paz y contra la ocupación, tenemos que hacernos alguna reflexión. Parte de mis amigos siguen luchando con las mismas estrategias que han utilizado en los últimos 50 años y creo que esto es ya un poco anacrónico.

¿A qué se refiere?

Yo precisamente estoy ahora trabajando mucho con materiales de Paulo Freire, el pedagogo brasileño que escribió la brillante teoría sobre la pedagogía de los oprimidos. Hay que trabajar más el tema de la concienciación, en particular en la generación joven. En estos momentos, tenemos que basarnos en teorías postcolonizadoras y también en esta pedagogía.

¿Cómo recibieron los pacifistas los dos últimos movimientos de Donald Trump, trasladar la embajada a Jerusalén y congelar fondos para la UNRWA?

Los palestinos de Jerusalén se preguntan cuál es el cambio, se preguntan qué podría cambiar en su situación cotidiana. Ellos entienden que esto no va a influir para mal en su situación cotidiana por lo tanto les da lo mismo. Los palestinos de Cisjordania junto con nosotros, los pacifistas israelíes, vemos en esta acción algo así como un acto de terrorismo, un acto de terrorismo estratégico. Están los que ponen bombas y los que trasladan embajadas a Jerusalén. Este es el último clavo en el ataúd del proceso de paz.

Van a pasar muchos años hasta que se pueda volver a hablar de paz. Por eso son tan importantes las estrategias. ¿Tiene sentido seguir luchando por la paz cuando ya es un objetivo quijotesco, cuando está claro que todo está perdido? Por eso tenemos que hacer esta reflexión y pensar en algo distinto. Con Trump en EEUU, con Netanyahu aquí, con la Autoridad Palestina tan fragmentada, con Europa impotente y con la falta de una oposición izquierdista dentro de Israel que pueda ser una alternativa a la derecha… entonces hay que empezar a pensar de otra manera.

Foto: un palestino tira de su burro mientras camina por el Monte del los Olivos, en Jerusalén Este EFE

Durante las protestas con motivo de las Marchas del Retorno ha habido varias decenas de palestinos muertos. ¿Puede ser el comienzo de algo mucho peor?

No, esto empezó hace un mes con 100.000 personas, después 50.000, después 30.000 y la semana pasada hubo 5.000. Esto no va a ser peor a nivel cuantitativo, pero esto marca un antes y un después dentro de la sociedad israelí. Si antes intentaban no disparar alevosamente a manifestantes desarmados, a partir de ahora se cruzó esta línea roja. Ahora impúdica y alevosamente, Israel mata a manifestantes que no amenazan abiertamente la seguridad de Israel. Hemos cruzado una línea roja y esto es un punto clave dentro del proceso de degeneración nacional que está viviendo el Estado de Israel por culpa de la ocupación.

En internet, circulan varios vídeos de francotiradores israelíes celebrando disparos certeros contra palestinos. ¿Cómo podemos entender esto?

Degeneración o, si te parece mejor, prostitución nacional. Este es uno de los mejores ejemplos de que la ocupación afecta a los ocupados y a los ocupadores de la misma manera. Tal vez no en la misma intensidad, pero también los ocupadores pierden la sensatez. Esta es una de las pruebas más convincentes de que algo malo, muy malo, está pasando al Estado de Israel.

Todos aquellos en el mundo occidental que apoyan a Israel, si realmente le tienen afecto y simpatía, que por favor hagan algo para que acabe la ocupación, si no, este país va a colapsar.

En el libro, habla de diferentes formas de control. La primera se hace por ejemplo desde las escuelas. ¿Cómo afecta este control a la vida diaria de los palestinos?

Tienes que pensar diez veces antes de abrir la boca. Existe una red muy densa de colaboracionistas que están diseminados en cualquier lugar y que, en el momento en el que abres la boca o te pones a criticar, inmediatamente hay una llamada a los servicios de seguridad para contar lo que se ha dicho.

Esto tiene que ver con un sistema de vigilancia y control. Hay mucha gente que necesita permisos para traer una esposa de Jordania, para tener una licencia de conducir o un permiso de obra. Entonces el Gobierno te dice que si quieres traer a tu mujer de Jordania o si necesitas un servicio, te lo damos pero tú tendrás, de tanto en tanto, que contarnos lo que está pasando en tus alrededores. Así es como lograron crear una gran red de colaboracionistas, con la cual han logrado meter este miedo en la gente. Los palestinos no cuentan a sus vecinos lo que piensan de lo que pasa alrededor y, como no hay comunicación, tampoco pueden organizarse.

¿Cuando una persona llega a Jerusalén Oriental con qué se encuentra?

Es como pasar del primer mundo al tercero en una misma ciudad, bajo un mismo alcalde, bajo un mismo régimen. Son dos planetas distintos. Es un lugar donde ni siquiera hay agua corriente en muchos sitios o electricidad. No es eso lo que más preocupa al palestino. Lo que le preocupa es que tiene tierra propia, pero intenta construir y no puede porque no tiene permiso de construcción. Necesita cosas básicas a nivel de derechos humanos e Israel no se lo permite con la esperanza de que esta gente abandone la ciudad y se vaya a vivir a Ramala o a Belén. Todo esto para poder cuidar del equilibrio demográfico.

Entonces, todo el mundo tiene miedo.

Todos tenemos miedo. Vivimos todos con miedo. Y esto es algo que los turistas cuando vienen no lo ven. Pero si mirasen a los ojos de los israelíes y de los palestinos verían algo que solo se puede llamar miedo. Porque no sabemos qué es lo que va a pasar mañana y ninguno de nosotros es capaz de planificar bien su futuro porque no sabes qué es lo que te depara el mañana.

Fuente: Cristina Armunia Berges, El Diario – España

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