Si esto sucediera en Alabama habría un alboroto, en Israel es la norma

Foto de archivo de la ciudad de Vradim

05 de abril de 2018

Por Jonathan Cook

La ciudad de Kfar Vradim congela un nuevo proyecto de viviendas para detener la entrada de ciudadanos palestinos. Pero el alcalde insiste en que no es racista.

¿Cómo describirías una ciudad blanca en un estado sureño de los Estados Unidos que congela la licitación por parcelas en un nuevo vecindario porque correría el riesgo de permitir que los negros se mudaran? ¿Racista?

 ¿Qué pensarías del alcalde de la ciudad por afirmar que la decisión fue tomada con el interés de preservar el “carácter blanco” de su comunidad? ¿Que es un fanático?

 ¿Y cómo calificarías la política del Estado en el que se encontrase esta ciudad si impusiera una segregación casi total entre blancos y negros, formando un gueto para la población negra? ¿Apartheid o tal vez leyes Jim Crow?

 Seguimos, sustituye la palabra “blanco” por “judío” y así se describe lo que acaba de ocurrir en Kfar Vradim, un pequeño pueblo de 6.000 residentes en la Galilea, en el norte de Israel. Aún más inquietante, la política de Kfar Vradim no se puede juzgar aisladamente. Es un reflejo de como se ha estructurado la sociedad israelí intencionalmente durante décadas.

 La segregación como norma

 La segregación residencial entre ciudadanos judíos y no judíos es la norma en Israel. En realidad es un hecho de la vida tan establecido que apenas se comenta. Hay muchos cientos de comunidades rurales que controlan casi todas las tierras de Israel que son exclusivamente judías y lo han sido desde que Israel fue creado hace 70 años.

 Así que uno podría casi compadecerse del alcalde de Kfar Vradim, Sivan Yechiel, cuando provocó la condena la semana pasada por su decisión de congelar la construcción de un nuevo vecindario de más de 2.000 casas, con la intención de duplicar el tamaño de su ciudad. Se descubrió que en la primera ronda de licitaciones más de la mitad de las ofertas más altas para parcelas fueron hechas por ciudadanos palestinos, no por judíos.

 La minoría palestina de Israel, un quinto de su población, es el resto del pueblo palestino que fue expulsado de su patria -en su mayoría en 1948- durante lo que los palestinos llaman Nakba, la palabra árabe que significa “catástrofe”.

 Según Israel y sus partidarios, los ciudadanos palestinos disfrutan de derechos plenos e iguales con los ciudadanos judíos, a diferencia de los palestinos en los territorios ocupados, que viven bajo el gobierno militar. Pero la realidad, que se oculta cuidadosamente a los extraños, es muy diferente.

 La decisión de Kfar Vradim ilumina brevemente la fea realidad de lo que significa el Estado judío. Proporciona el contexto para entender el Land Day -Día de la Tierra (N. de T.)- cuyo aniversario es esta semana y señala el día de 1976 cuando las fuerzas de seguridad israelíes mataron a seis ciudadanos palestinos desarmados mientras la minoría realizaba una huelga general para protestar contra la continua confiscación de sus tierras.

 Kfar Vradim y docenas de comunidades judías más se crearon en respuesta al Día de la Tierra, explícitamente para “judaizar Galilea”. La tradición del racismo que inspiró el establecimiento de Kfar Vradim es simplemente honrada y preservada hoy por Yechiel.

 Es por eso que Adalah, un grupo jurídico para la minoría palestina de Israel, acusó al alcalde de estar “motivado por el racismo”. Y por lo que Jamal Zahalka, un miembro palestino del Parlamento de Israel, lamentó la política de “apartheid” de Kfar Vradim.

 Liberal y “racista”

 Dicho esto, Kfar Vradim está lejos de la comunidad intolerante y autoritaria que uno podría imaginar a partir de estas críticas. Tres cuartas partes de sus residentes votaron por los partidos de izquierda y centro izquierda en las últimas elecciones de Israel. Han resistido decisivamente a la tendencia ultranacionalista que ha mantenido a Benjamin Netanyahu y la extrema derecha en el poder durante casi una década.

 No obstante, en un debate en Facebook entre los residentes de Kfar Vradim sobre la licitación, muchos expresaron su preocupación. Un intermediario inmobiliario local, Nati Sheinfeld, advirtió de que era hora de “despertar” ante la amenaza de que los palestinos se hicieran con la comunidad.

 Yechiel defendió la decisión de congelar el nuevo vecindario sobre la base de que se le encomendó mantener Kfar Vradim “sionista y judío”. En una aclaración adicional dijo que presionaría al Gobierno para que brinde a su comunidad soluciones de vivienda que no perturben sus “balances demográficos” actuales, en otras palabras, soluciones que excluyan a los ciudadanos palestinos.

 No a vecinos árabes

 De hecho la respuesta del alcalde de Kfar Vradim fue completamente típica. Ha habido una avalancha de historias similares en los últimos años. Ciudades cercanas en Galilea como Nazareth Ilit, Karmiel, Afula, Nofit, Tzfat y Nahariya han estado batallando para prohibir la entrada de ciudadanos palestinos con diversos grados de éxito.

 En encuestas recientes la mitad de los judíos israelíes confiesa que no quieren que los “árabes” sean sus vecinos. La realidad, como ilustra Kfar Vradim, es que en la práctica muchos más concuerdan con esta manera de pensar. Como observó el comentarista de Haaretz David Rosenberg, casi con seguridad muchos encuestados “estaban demasiado avergonzados para decir al encuestador lo que realmente piensan”.

 La oposición a tener palestinos como vecinos no se basa en cuestiones de seguridad o económicas. Los ciudadanos palestinos han demostrado ser una minoría en gran parte pacífica, aunque muy marginada. Y aquellos que pueden permitirse mudarse a las comunidades judías, especialmente Kfar Vradim, una de las más ricas del país, son los más exitosos entre la minoría palestina. Son personas de negocios y profesionales como doctores, abogados, ingenieros y arquitectos.

 Arraigado en el sionismo

 Entonces, ¿por qué Kfar Vradim está decidido a muerte a no permitirles entrar? La respuesta requiere un análisis histórico de cómo Israel se ha estructurado y organizado como un Estado judío. De hecho la política de Kfar Vradim está profundamente enraizada en una ideología, el sionismo, cuyos valores no son cuestionados por casi ninguno de los judíos israelíes.

 Los fundadores de Israel, hombres como David Ben Gurion, eran europeos del este que se veían a sí mismos como comunistas o socialistas. Antes de la creación de Israel, bajo el patrocinio británico, establecieron colectivos agrícolas pioneros como el kibbutz y el moshav.

 Pero en el espíritu del sionismo se aseguraron de que estas comunidades fueran todas exclusivamente judías. Estuvieron allí para “judaizar” la tierra a través del “trabajo hebreo”. Los líderes del sionismo creían firmemente que, mediante el trabajo físico, los judíos podían transformar tanto la tierra -haciendo que el desierto floreciera- como a sí mismos, convirtiéndose en un volk o pueblo fuerte y autosuficiente.

 Pero hubo un corolario importante. La judaización despojaría al pueblo palestino de la tierra de la que dependía como granjero, mientras que la mano de obra hebrea les negaría un empleo alternativo en lo que se convertiría en una economía exclusivamente judía. Era una forma de colonialismo agresivo.

 Tierra nacionalizada para judíos

 Después de la Nakba y la expulsión de la mayoría de la población palestina, el nuevo Estado de Israel no abandonó estas políticas y adoptó una noción cívica inclusiva de ciudadanía, la base de la democracia liberal, pero amplió e intensificó el proyecto de judaización.

 A menudo los observadores extranjeros se mostraban encantados con la idea del kibbutz socialista y el tipo de política progresista y transformadora que supuestamente encarnaba. Pasaron por alto el hecho de que todo esto se estaba construyendo sobre la exclusión racista de los palestinos nativos.

 Las tierras de los refugiados palestinos fueron expropiadas -al igual que la mayoría de las tierras pertenecientes a la minoría de palestinos que lograron permanecer en Israel y que finalmente recibieron la ciudadanía- y ha sido el disparador de los eventos del Día de la Tierra que se conmemoran esta semana.

 Más tarde Israel “nacionalizó” casi la totalidad de su territorio, el 93 por ciento, manteniéndolo colectivamente en fideicomiso para el pueblo judío de todo el mundo, no para los ciudadanos israelíes.

 Como resultado, los ciudadanos palestinos fueron acorralados en unas 120 comunidades palestinas, en poco más del 2 por ciento del territorio israelí. Estas comunidades palestinas languidecen en los estratos socioeconómicos más bajos de Israel.

 Atrapados en guetos

 En las últimas décadas las comunidades palestinas han llegado a un hacinamiento masivo porque Israel se niega a liberar tierras para su expansión sin crear una nueva comunidad palestina desde 1948.

 Como resultado, miles de familias palestinas se han visto obligadas a construir viviendas ilegalmente y ahora viven con la amenaza permanente de la demolición colgando sobre sus cabezas.

 Esto no es solo por negligencia. Los funcionarios israelíes tienen una metodología y un objetivo en mente poco diferentes de los que se aplican cerca, en los territorios ocupados.

 El objetivo era hacer que la minoría palestina fuera pobre e internamente dividida: como los niños que juegan a las sillas tendrían que pelear por los recursos cada vez más escasos.

 En la desesperación algunos optan por colaborar o convertirse en informantes a cambio de un alivio parcial de su angustia. Una sociedad débil y dependiente como esta sería incapaz de reclamar sus derechos. Y en última instancia los funcionarios israelíes esperaban que creciera la desesperación de los ciudadanos palestinos y decidieran emigrar.

 Comités de investigación

 Pero también existía el peligro de que los palestinos más ricos y exitosos pudieran huir de sus guetos no dejando Israel sino buscando hogares en comunidades judías e intentando integrarse. Eso violaba los impulsos más profundos de un Estado judío sionista.

 No fue difícil cerrar la puerta de la mayoría de las comunidades. Los cientos de aldeas rurales que controlan la mayoría de las “tierras nacionales” de Israel establecieron comités de admisión. Su trabajo consistía en investigar a los solicitantes y excluir a los ciudadanos palestinos. Eso fue parte integral de su misión de “judaización”.

 Hasta el día de hoy cientos de comunidades colectivas impiden el acceso, argumentando que los ciudadanos palestinos son “socialmente inadecuados”. La endeble lógica -a la que ha recurrido ahora el alcalde de Kfar Vradim- ha sido que es vital para estas comunidades preservar un carácter judío y sionista.

 Pero fue más complicado usar esa argucia legal para excluir a los ciudadanos palestinos de los pueblos y ciudades.

 Algunas ciudades en Israel se denominan engañosamente “mixtas”, donde un pequeño número de familias palestinas sobrevivió a la limpieza étnica de 1948. Por lo general viven en barrios separados, marginados de la principal ciudad judía. La segregación en estas áreas ha tomado una forma diferente.

 Pero tanto en ciudades comunes como en las mixtas Israel no podía argumentar fácilmente que los comités de admisión eran necesarios para detener la integración y proteger el carácter especial judío de la vida de la ciudad. Hacerlo se arriesgaba a parecer demasiado obvio, como el apartheid en Sudáfrica.

 Liberación de la escasez de tierras

 Durante la mayor parte de la historia de Israel se mantuvieron la segregación y la exclusión en los pueblos y ciudades, sin embargo la economía de libre mercado y una planificación cuidadosa fueron suficientes para mantener a raya a los palestinos.

 La gran mayoría de los judíos israelíes crecen como ardientes sionistas y sostienen que la “judaización”, que convierte el territorio en judío, es un valor supremo. No había carteles que decían “árabes no”, pero pocos estaban dispuestos a vender sus casas a ciudadanos palestinos, especialmente cuando podían encontrar un comprador judío.

 Y pocos ciudadanos palestinos podían comprar casas en las ciudades judías de todos modos. Además no había escuelas que enseñaran en árabe a sus hijos, los trabajos eran escasos y los prejuicios abundaban. Era una perspectiva que pocos ciudadanos palestinos contemplaban. Hasta hace poco.

 La escasez de tierra en las comunidades palestinas de Israel se ha intensificado -el hacinamiento, la falta de servicios e infraestructura, la ausencia de espacios verdes y la mala calidad de las escuelas gubernamentales para la minoría palestina- desde los eventos del Día de la Tierra.

 Mientras tanto, en un mundo cada vez más globalizado, los ciudadanos palestinos están mucho menos dispuestos a continuar viviendo en sus comunidades segregadas. Tienen aspiraciones a una mejor calidad de vida para sus hijos y están cada vez más “occidentalizados”: valoran la independencia personal por sobre la protección ofrecida por vivir cerca de la familia extendida.

 Todos estos factores se combinaron para impulsar a aquellos con buenos empleos y altos salarios a liberarse de sus guetos palestinos y buscar soluciones de vivienda en las comunidades judías.

 En primera línea

 La primera línea de esta batalla por los derechos a la vivienda es Galilea, donde los ciudadanos palestinos constituyen la mitad de la población. Por esta razón, en los primeros años del Estado, Ben Gurion priorizó una campaña oficial para “judaizar Galilea”, construyendo comunidades judías en tierras confiscadas a los palestinos para contenerlos y privarlos de espacio para una futura expansión.

 El mismo Kfar Vradim se estableció en 1984 en una parte de las tierras de la vecina ciudad palestina de Tarshiha. Como en otras comunidades judías, muchos de sus residentes creen, de acuerdo con la filosofía de Ben Gurion, que son el principal baluarte contra la “toma de posesión árabe” de Galilea.

 Pero Kfar Vradim se ha encontrado indefenso frente a una primera ola de profesionales palestinos que esperan vivir el sueño que ven vivir a sus vecinos judíos disfrutando a sus expensas. Ya un puñado de familias palestinas ha logrado mudarse. Yechiel y otros residentes están preocupados de que esto pronto se convierta en una inundación en la medida en que busca expandirse.

 Kfar Vradim carece de un comité de admisiones que habría resuelto su problema. Y las recientes sentencias de los tribunales israelíes también han atado sus manos: en la mayoría de los casos los pueblos y ciudades deben incluir a todos los ciudadanos en el proceso de licitación para nuevos proyectos de vivienda.

 Detener una afluencia árabe

 Por el momento el número de familias palestinas que pueden pagar y quieren mudarse a las ciudades judías es pequeño. Pero está creciendo, e incluso estos pequeños números son demasiados para la mayoría de las comunidades judías.

 Yechiel puede negarse a las soluciones adoptadas por algunas ciudades judías vecinas.

 Por ejemplo Nazaret Ilit, que se construyó en las tierras de Nazaret, la ciudad palestina más grande de Israel, ha intentado detener la afluencia de palestinos planificando un gran barrio judío ultraortodoxo.

 Los tribunales han hecho una excepción que permite licitaciones restrictivas en el caso de judíos religiosos para que puedan vivir en comunidades autónomas. Los líderes de Nazaret Ilit parecen estar esperando que una fuerte presencia ultraortodoxa, con altas tasas de natalidad y actitudes intolerantes, pueda disuadir a más palestinos de mudarse.

 Pero es probable que este enfoque sea considerado un paso demasiado extremo para los residentes muy laicos y ricos de Kfar Vradim.

 En cambio Yechiel puede esperar contar con un remedio legal. En 2016 un tribunal de distrito falló a favor del municipio de Afula después de que bloqueó a 48 familias palestinas que habían ganado licitaciones de vivienda. Los legisladores palestinos calificaron la decisión del tribunal de “vergonzosa” y “racista”.

 Búsqueda de soluciones permanentes

 Pero el alcalde de Kfar Vradim también está apelando al Gobierno para que ayude a diseñar una solución más permanente. No le pueden decepcionar.

 La Organización Sionista Mundial, una organización internacional que goza de estatus cuasi gubernamental en Israel, anunció el verano pasado que estaba reviviendo la campaña de judaización de Ben Gurion. Se está preparando para establecer varias comunidades nuevas, exclusivamente judías.

 Y este mes un comité parlamentario israelí aprobó el borrador final de una nueva legislación: la Ley Básica: Israel como Estado-nación del pueblo judío. Dará respaldo constitucional a la creación de comunidades “compuestas por personas de la misma fe o nacionalidad para mantener una comunidad exclusiva”. En la práctica, esta medida está diseñada solo para ayudar a la fe y nacionalidad judías.

 Estos movimientos se producen mientras Israel se prepara para demoler el próximo mes Umm al-Hiran, un pueblo beduino en el Negev, que será reemplazado por una comunidad exclusivamente judía, Hiran. Los estatutos de Hiran le dan derecho a admitir como residentes solo a aquellos “que observan la Torá y los mandamientos según los valores judíos ortodoxos”.

 Los residentes ricos y liberales de Kfar Vradim no son una aberración por querer mantener a raya a sus conciudadanos palestinos. Son los auténticos herederos de una tradición sionista que ha arraigado un sistema de gobierno de apartheid en Israel durante más de 70 años.

 Ben Gurion y los fundadores de Israel estarían orgullosos de Kfar Vradim.

 Fuente: https://www.jonathan-cook.net/2018-03-29/alabama-israel-apartheid/

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